Linda

Cuando entró la primera vez por la puerta de aquella oficina, los ojos de todos los compañeros se volvieron hacia ella; pero fueron las miradas de ellas, las que realmente le dolieron.

Linda era una chica de veinticinco años, morena, ojos negros, de complexión gruesa, o mejor dicho, más bien gorda. A ella eso no le importaba. Llevaba ya mucho tiempo mirándose al espejo como para no saber que su aspecto físico no era el más deseable para el sexo opuesto.

Sus nuevas compañeras la estaban juzgando sin conocerla, solo por su aspecto. Pero le importaba una mierda lo que aquellas creídas pensaran ahora; es el tiempo el que pone las cosas en su lugar y ella las iba a por a ellas en el suyo.

Linda puso su mejor sonrisa, pasó ante todos/as. ¡Vaya casualidad que la hayan puesto en la última mesa y tenga que atravesar toda la oficina para llegar hasta ella.

Cuando se sentó en su mesa, su compañera se presentó.

  • Yo soy Rebeca.
  • Hola Rebeca, yo soy Linda, pero solo de nombre —dijo ella, con una sonrisa en la cara.
  • Bienvenida Linda solo de nombre —le contestó la compañera—. Tranquila, no te preocupes por esas hienas, ya te irán conociendo.
  • Eso espero porque si no, lo llevo claro, con las caras que me han mirado. Parece que veo a un grupo de tiburones detrás de una ballena herida.
  • Déjalos, son así de simpáticos.
  • Sí, ya veo, tienen de simpáticos lo que yo de esbelta —dijo Linda resignada.
  • Creo que tú y yo nos vamos a llevar bien —le dijo Rebeca.
  • ¿No serás lesbiana? —le dijo muy seria.
  • ¿Yo? No, ¡qué va! Soy hetero —le contestó.
  • Lástima, podríamos haber hecho un trío con ese —dijo señalando a un rubio despampanante que había unas mesas más allá de ellas.
  • Cuidado con ese, se llama Tomas y es el novio de aquella rubia tan guapa —le dijo señalando a la que la había mirado con cara de hiena cuando pasó a su lado. Esa es Lola, pero ten cuidado con ella que se gasta malas pulgas y más cuando alguna se acerca a su chico.
  • Pues nada, hija, le regalaremos un tratamiento de desparasitación para su cumpleaños —le dijo guiñándole un ojo.
  • Eso ha estado bien.
  • Bueno, pongámonos a trabajar, que están todos los ojos puestos en mí.

 

Así comenzó su vida laboral en la empresa de Linda. Poco a poco fue conociendo a sus compañeros de trabajo; algunas de ellas eran muy simpáticas, otras correctas y otras como Lola eran unas siesas. Pero estas últimas se mantenían alejadas de ella, no sabía si por miedo o porque eran estúpidas; quizás esto último era lo más acertado.

El año fue corriendo y las fiestas de Navidad se acercaban. En la oficina ya se empezaba a hablar de la cena de todos los años y la noche de copa y bailes que venían después. Linda, que ya estaba adaptada totalmente a la forma de vida de la empresa, escuchaba con atención a sus amigas y les dijo muy seria.

  • Chicas, ¿qué os apostáis que antes de la cena me he acostado con Tomas?
  • Anda ya, Linda, no digas chorradas —le dijo Sara.
  • Bueno, apuéstate algo Sarita —le dijo Linda socarrona.
  • ¿Y cómo sabremos que es cierto?¿Qué no nos la colocas?
  • El que me la va a colocar, va a ser Tomas; pero lo que lleva entre las piernas, ya lo veras —les dijo riendo— . Además va a ser él, el que lo reconozca en la cena.

Rebeca que ya conocía a su amiga y compañera dijo.

  • Venga, yo apuesto a que sí se lo tira.
  • De acuerdo —dijo Sara— yo digo que no.
  • Yo también digo que no —dijo Andrea— . Como se entere la Lola te saca los ojos. ¡Jajaja! Solo de pensarlo me meo en la tanga.

Todas rompieron a reír como crías ante una travesura.

  • Cuando acabe con él, no se va a arrimar a ella, ni para olerle el perfume.
  • No serás capaz.
  • ¿Que si soy capaz? Lo voy a dejar más escocido que si hubiera llevado dos tallas menos de calzoncillos. ¡Jajaja! Os lo prometo.

El tiempo transcurría y de aquella conversación nada más se supo. Llegó el mes de diciembre y como todos esperaban con deseo, la cena de navidad fue programada como en años anteriores. La dirección de la empresa buscó un local acorde a las necesidades del evento; fue contratado para ellos solos, por lo que la fiesta estaba más que asegurada. Buena comida, bebida sin límite y música a todo volumen.

Las mesas estaban corridas, de tal forma que todos se veían desde cualquier punto del comedor. Alguien levantó la copa para brindar. Creo que fue Alberto, el director.

  • Brindemos por todos nosotros, porque esta empresa siga adelante y que sus trabajadores —o sea nosotros— sigamos en total armonía, como hasta ahora. ¡Salud!

Todos se pusieron de pie y brindaron

  • ¡Salud! —gritaron todos a una.
  • Sí, sí  —dijo Teresa la secretaría— ¡Cómo se nota que no sales de tu despacho!

¡Jajaja! Se rieron los que tenía más cerca y la habían oído.

Linda se puso de pie y levantó su copa.

  • Sé que soy de las últimas en entrar en la empresa —comenzó diciendo.
  • No eres de las últimas, eres la última —dijo Bernardo.

Todos rieron la gracia.

  • Bueno, es cierto Bernar, soy la última, pero me he ganado mi hueco en ella ¿O no? —le dijo.
  • Sííí —le contestaron Rebeca, Teresa, Sarita y otros compañeros, incluido Tomas.

Este último recibió un codazo de Lola que estaba a su lado. Él la miró con cara de mala leche.

  • ¿Qué haces? ¿Por qué me has dado? —le preguntó.
  • ¿Por qué tienes que seguirle el juego? —le dijo ella a su vez.
  • Porque tiene razón.
  • ¿Razón? Esa gorda tiene razón —escupió con mala hostia.
  • Dejémoslo estar —le dijo él.
  • ¿Qué quieres decir? ¿Hay algo que yo no sepa? —dijo ella alterada.

Los compañeros que estaban cerca, se dieron cuenta de lo que ocurría y no perdían detalle, sabían que las discusiones de los dos acababan a voces casi, por no decir siempre.

  • Va chicos, dejadlo ya, hoy no es día para discusiones tontas —les dijo el jefe. Todos sabían que sentía predilección por Tomas.
  • Tranquilo Albert, que no vamos a dar aquí el espectáculo —le dijo Tomas.
  • Vaya, la Lola está de morros ¿o es botox? —dijo con ironía Rebeca.
  • ¿Tú que tienes que decir sosa? —le saltó Lola— . A ver si esta noche echas un polvo, que estás muy necesitada —le dijo con sorna.
  • Eso te lo podría decir yo a ti, creo que tu novio ha estado muy ocupado en otro lado.
  • ¿Qué quiere decir esta zorra Tomas? —soltó Lola como una loba.
  • Tengamos la fiesta en paz —se defendió él.
  • Quizás Linda pueda aclararte algo Lola —le dijo Rebeca con sorna.
  • Te estás pasando Rebeca —le dijo Tomas.
  • ¿Qué pasa Tomas, no te atreves a aceptar que te has acostado con Linda? —le dijo la chica.
  • ¡Cómo! ¿Qué estás diciendo golfa? —le dijo Lola—. Tomas, dime que no es cierto lo que está diciendo esa.
  • Verás…Yo…Umm…

El pobre Tomas no sabía dónde meterse. Lola estaba que se subía por las paredes y era capaz de morder.

  • Si quieres te lo digo yo —le dijo Lidia.
  • ¡Tú, tú! ¿Qué vas a decir? —le dijo Lola—. Ya te gustaría a ti poder acostarte con un tío como Tomas.
  • ¿Tú crees? No sé por qué, pero era al revés. El que quería acostarse con alguien como yo, era él. Y te puedo asegurar que le gusto y mucho, porque repitió y no una vez, sino varias, de hecho anoche fue la última vez que nos acostamos.

Lola no sabía qué decir, estaba roja, echaba humo por las orejas, fuego por los ojos y en cuanto hablara, echaría pestes por la boca.

  • Linda, por favor, no sigas, ya lo habíamos hablado —le dijo Tomas.
  • Es cierto, pero habrá que bajarle esos humos a la princesa —le dijo Linda—. Que se entera que la foca le ha salido rana y su príncipe azul, prefiere a cenicienta en la cama, que a la princesa del brazo.

Lola se levantó en un mar de lágrimas y salió del salón y de la empresa. Los demás se recompusieron de lo que habían oído y siguieron con la fiesta. Rebeca cobró la apuesta y se guardó trescientos euros. Linda siguió su relación con Tomas, al cabo de un año se casaron.

Una noche se encontraron con Lola que iba del brazo de un chico bajo y feo, comparado con Tomas.

Esta historia es a petición de María del Mar de Ladoncelladelaola. Espero que le guste y si no es así que haga otro reto y veremos qué pasa.

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