Deseo concedido.

Y dicho esto, el genio se volvió a su lámpara, de donde quizás nunca debería haber salido. Un instante después se materializó ante Judith el formidable bombero de calendario, semi desnudo, posando ante ella para que contemplara en todo su esplendor su trabajada y escultural anatomía. Judith se dijo que, como poco, ese adonis le proporcionaría unos cuantos meses de entretenimiento contándole todos los músculos.

No formaba mal conjunto junto al ferrari rosa descapotable -¡ay si don Enzo levantara la cabeza!- y las bolsas que contenían los cuarenta millones de euros en billetes pequeños y de numeración no consecutiva que había pedido al genio en sus dos anteriores deseos.

La joven sonrió satisfecha y se dispuso a iniciar la nueva vida que le brindaban esos tres sueños satisfechos, sus tres deseos concedidos. En primer lugar tenía que volver a su casa y disfrutar a pleno confort del dulce sabor de la envidia de las vecinas. Nada más fácil: tenía ante ella su coche, un conductor bien mazao, y dinero para gasolina como para darle cientos de vueltas a la Tierra. Tan sólo era cuestión de organizarse.

 

Por alguna extraña confluencia de circunstancias hoy me he encontrado con unos minutos libres para poder escribir. Ante la ausencia de ideas, he acudido a Historias a Medida en busca de peticiones y, al ver que estaban todas atendidas, he decidido no complicarme mucho -los minutos eran escasos- y optar por escoger un par de palabras al azar de entre todos esos mensajes con peticiones. Como quiera que esta búsqueda también amenazaba con devorar mi tiempo, me he limitado a tomar las dos últimas palabras, “deseo concedido”, que forman el último comentario en esa lista, una frase que escribió Sadire en respuesta a Lídia Castro. Ese es el motivo de que haya empezado este “deseo concedido” para dedicárselo a ambas chicas, ellas que tanto han significado para mí en esta andadura y a las que estimo sobremanera.

Pero los hados del destino se han vuelto de nuevo en mi contra y, como habréis comprobado, a mitad de la historia he tenido que interrumpir el proceso creativo, quedándome solo tiempo para escribir estas palabras. Otros asuntos de gran enjundia me impiden continuar con el proceso creativo -ya voy, ya voy, tú ve cogiendo la lista del frigorífico- y tal y como se presenta mi destino a corto plazo, dudo que pueda llegar a estar en condiciones de culminarlo alguna vez -que sí, que voy, ah, ¡y apunta una de ron y una caja de botellines!-.

Es una verdadera lástima que esto acabe así, a medias, con lo que mucho prometía el planteamiento. ¡Perdóname, Aristóteles, que deje este escrito sin nudo y sin desenlace! ¡Cielos! ¿Cómo no lo había pensado antes? ¿No habrá nadie por ahí que los escriba? ¿Acaso algún alma caritativa no querrá continuar lo que empecé, eso sí, tratándome bien al personaje del bombero, que es sabido que son especie en riesgo de extinción? -que sí, que ya voy, leches-.

Por favor, considerad mi petición, podría argumentarla mejor, suplicar si es necesario, pero no se si me queda tiempo porque en cualquier momen

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