Tú, mi luz (5)

Sherom había sido atacado brutalmente por la espalda, un acto horrible motivado por, según los agentes de la ley, unas deudas que tenía con gente de baja calaña. No me lo creí y tampoco el resto de mis compañeros de tertulia. Aún así intentamos autoconvencernos de que no tenía nada que ver con nuestras reuniones, pero convenimos que lo mejor sería aparcar nuestras ideas revolucionarias durante un tiempo, al menos hasta que el capitán Fox recibiese a sus invitados y consiguiese algún aliado para nuestra causa, alguien que pudiese apoyarnos y sirviese como escudo protector ante aquellos que nos vigilaban.

Mi relación con Marinet fue cada vez más estrecha desde el día en que vino a recoger los zapatos de su señora.

—¡Cuánto agradecen mis ojos volver a verte, Marinet! —saludé al verla entrar en mi tienda provocando que sus mejillas se sonrojasen.

—Mañana es la recepción del marqués de Popureu y la señorita quiere tenerlo todo preparado.

—Claro, claro, no te preocupes, Marinet, aquí mismo los tengo.

Saqué de debajo del mostrador un paquete envuelto con fina tela blanca y atado con un lazo de raso verde y se lo tendí a la joven. Ella se apresuró a decir que su señor efectuaría el pago por mi trabajo personalmente y se tomó la licencia de guiñarme un ojo como muestra de complicidad. Yo me limité a sonreir al captar el mensaje: esa sería una excusa para reunirme con el capitán y que me pusiese al día sobre la reunión con el marqués.

Marinet tomó el paquete y se encaminó hacia la puerta, pero justo cuando iba a salir me armé de valor:

—Marinet, espera. No quiero que te vayas sin antes darte esto.

Me incliné de nuevo y saqué otro paquete del mostrador, este estaba envuelto por una suave tela de raso azul intenso y un lazo hecho con pasamanería blanca. Logré captar la atención de la muchacha que, intrigada, retrocedió y se colocó frente a mi.

—Son para tí. Abrélo, venga.

Marinet miró el paquete desconfiada y lo abrió con delicadeza. Su cara al ver los zapatos era una mezla entre miedo y estupor.

—No…—empezó a decir apartando el paquete —. No puedo aceptarlo…no podría pagarlos ni en un millón de vidas…

—Son tuyos, Marinet. Si te agradan, claro —Ella seguía negando con la cabeza—. Es un regalo. Me disgustaría mucho si no lo aceptas.

Marinet volvió a mirar el par de zapatos de ante rojo y dijo:

—Está bien, señor Cirtell…

—Jaime, mi nombre es Jaime —le corté.

—Los acepto, Jaime, pero con una condición. —Me miró esperando mi aceptación y le indiqué que continuase—. Me dejarás que cocine para tí esta noche.

Solté una risotada y exclamé:

—¡Eso no es una condición, mi dulce Marinet, es todo un placer!

 

Y continuamos con esta historia de amor…

 

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