Perdices amargas

Quisiera una historia con los siguientes elementos:

-Gotas de lluvia en los cristales.

-Un buen tronco consumiéndose en la chimenea.

-Una lágrima inmerecida.

-Final con degustación de perdices.

Ramona permanecía absorta mirando cómo resbalaban las gotas por el cristal de la ventana. Eran las mismas que horas antes empaparon su pelo y su ropa.

—Decídete, Fortuno —amenazó casi sin fuerzas—. Tienes hasta esta noche.

El tronco que crepitaba en la chimenea estaba a punto de consumirse. Ya eran pasadas las diez de la noche y Fortuno seguía sin aparecer.

Ramona corrió con rabia las cortinas y se sentó a la mesa. Se sirvió un poco de vino y una lágrima resbaló por su mejilla. Miró el plato frente a ella y chasqueó la lengua al recordar el amor con el que había preparado las perdices. Era la receta preferida de Fortuno.

Se esforzó en sonreir, pero lo único que consiguió fue un gesto raro y lleno de amargura. Pinchó un trozo de la tierna carne y, antes de echársela a la boca, dijo con sorna:

—Espero que seáis muy felices, Fortuno y Raquel.

Israel, ¿deseo concedido?

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6 Comments

  1. ¡Deseo satisfecho! Aunque no esperaba que las perdices fueran escabechadas, pero perdices al fin y al cabo.
    Muchas gracias! La historia es inquietante y enternecedora a la vez, tal vez si le hubieras puesto nombres más chic a los protas parecería distinta, pero las Ramonas y los Fortunos del mundo también merecen su minutito de gloria, pardiez!
    A mí me ha encantado, y eso es lo que importa.

    Le gusta a 1 persona

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