Cómo fui abducido (y todo lo que ocurrió después)

Aun hoy, décadas más tarde, temo enfrentarme al relato de cuanto aconteció en la primavera del ochenta y cuatro. Durante todos estos años he vivido bajo el yugo de la incertidumbre, atenazado por una multitud de preguntas sin respuesta; he tratado de mil maneras de saber, de analizar, de encontrarle algún sentido, pero la razón se sigue resistiendo a aceptar hechos de una naturaleza más allá de toda comprensión.

No renuncio a perseguir la paz del conocimiento para poder aprender a vivir con el recuerdo de aquellos acontecimientos ajenos a cualquier explicación lógica o plausible, tan enigmáticos y oscuros que contradicen la ciencia conocida y no encuentran encaje en esa confusa porción del conocimiento que denominamos sentido común.

Hasta ahora mi búsqueda ha sido íntima y oscura. Jamás revelé mi historia porque temía que me tomaran por loco, o por pretencioso, o tal vez por idiota. Frente a esos temores se impone en este momento aciago la necesidad irrefrenable que siento de descargar de una vez mi memoria y mi conciencia del peso insoportable con que han cargado todos estos años; he de hacerlo, sí, tengo que desvelar mi más profundo secreto incluso al precio de destruir la imagen que hasta ahora pudierais tener de mi.

Puede que emprender este relato sea una liberación, tal vez al rememorar todo lo sucedido para ponerlo por escrito aparezca una luz, surja el entendimiento, y entonces yo pueda al fin encontrar la paz que tanto ansío. Quizás se esfume la incertidumbre, pues yo mismo dudo a veces de la veracidad de los recuerdos y vivencias que me he decidido a presentaros. No pido por tanto que me creáis; tan solo que tratéis de ayudarme a encontrar una explicación que le de sentido a todo. Leed con detalle, adentraos en este oscuro relato y tratad de ver lo que yo, en todos estos años, he sido incapaz de descubrir.

Todo comenzó en una fría noche de marzo. Yo por entonces estaba en la universidad, donde cursaba estudios de ingeniería. No era un mal estudiante, aunque sí un pésimo alumno. Las mañanas se iban en perseguir faldas por el campus, las tardes en partidas de mus y las noches en vaciar botellines en cualquiera de esos tugurios de bebida barata y ambiente radical que surgen como las setas allá donde hay abundancia de estudiantes. Yo volvía de madrugada desde uno de esos garitos caminando en dirección al piso que compartía con otros estudiantes, midiendo cada paso con los bordillos de la acera para compensar la escora y perdido en pensamientos absurdos sobre la morena que me había rechazado aquella noche, como tantas otras noches, como tantas otras morenas.

La calle era amplia, con hileras de naranjos a cada lado y farolas sobresaliendo sobre sus copas cada pocos metros; sus luces parpadeantes proyectaban sobre las aceras una intrincada trama de penumbras y sombras, formando un juego de siluetas solapadas que de pronto empezaron a difuminarse a medida que se adueñaba de la calle una claridad nívea y gélida, cada vez más potente, una luz que no procedía de ningún punto sino que más bien parecía emanar de los propios árboles, del asfalto, de las vallas y de todos los objetos, inundando el aire con su naturaleza prístina y casi corpórea. Algo me detuvo de forma abrupta, como si chocara con una barrera invisible en la nada, y mi cuerpo, vencido por aquel empuje irresistible, quedó tendido boca arriba sobre la acera. Venciendo todos mis temores alcé la vista al cielo.

Y allí, justo encima de mí, se encontraba el sol. O así lo creí en aquel momento, cegado por la visión de aquel majestuoso circulo de luz primigenia y universal que flotaba en el silencio más absoluto a pocos metros sobre mi cabeza. Me tapé los ojos, y entonces noté con horror como una fuerza incomprensible hacía levitar mi cuerpo. Estaba aterrado. Tanto, que incluso solté el vaso de plástico que el portero del bar me había cambiado por mi copa al salir. Poco a poco ascendía, ganaba altura, y al cabo de unos instantes noté que flotaba sobre los arboles y las farolas; el suelo se alejaba de mí, y así lo hacía también el miedo, pues aquella luz celestial transmitía una sensación de paz que me envolvía, una relajación que despejaba mis sentidos y calmaba todos mis temores, pero sin llegar a nublarme el entendimiento. De hecho, cuando ya me aproximaba al círculo de luz, noté que ya no veía doble. Y cuando por fin llegué arriba, entonces, en aquel instante definitivo, la luz me envolvió por completo.

Una luz mucho más desagradable me despertó bastante más tarde. No se si fueron minutos, horas o días lo que estuve inconsciente, pero aquel molesto rayo de luz sobre mis ojos me arrancó dolorosamente de aquel estado de reposo. Al instante sentí unas punzadas agudas en las sienes, y poco después también en la nuca. No podía saber donde estaba, ni cuanto tiempo llevaba allí, pero entonces vino a mí el recuerdo de la niebla blanca, la ascensión, y aquella luz al final, y comencé a hacerme preguntas y más preguntas, cuestiones que años mas tarde todavía no tienen respuesta.

¿Tal vez aquellos dolores punzantes se debían a algún tipo de experimento? ¿Electrodos? ¿Sensores quizás? ¿Me habrían extraído muestras de materia gris? Porque no tenía ninguna duda de que había sido abducido, pero no podía recordar ni el más mínimo detalle. Recuerdo que algo más tarde me miré al espejo y no pude encontrar marcas ni señales en esas zonas. Tal vez los extraterrestres disponían de una tecnología avanzadísima en micropunciones. Nunca lo sabré. Pero no quiero adelantarme a los acontecimientos: acababa de volver de mi estado de inconsciencia y mis sentidos comenzaban poco a poco a despertar.

Los recuerdos volvían poco a poco, cada vez más estremecedores, y cada nueva sensación que experimentaba en mi cuerpo era el presagio de una pesadilla mas. Porque, al poco, sentí una molestia en el bajo vientre. Un dolor que se hacía cada vez más intenso y que se concentraba en la vejiga. Tenía unas ganas irresistibles de orinar. ¿Qué extrañas pócimas me habrían administrado? ¿Me habrían infectado acaso con algún virus letal para que yo lo propagase por todo el planeta extinguiendo nuestra especie? ¿Y si había caído en manos de una raza de alienígenas invasores? ¿Qué intenciones tendrían aquellos seres?

Por cierto, ¿qué seres?, porque, caí en la cuenta en ese momento, desde que me envolvió la luz hasta aquel extraño despertar los recuerdos eran, difusos, erráticos, ¿borrosos tal vez? No, eran ¡inexistentes! Vaya, ¿a que iba a resultar que me habían borrado la memoria? Porque yo, por más que intentaba, no me acordaba de nada de lo acontecido en aquel lapso de tiempo, que a lo mejor habían sido días, o semanas, o… joder, ¡tenía que comprobarlo!

Abrí los ojos con esfuerzo y acerque mi mano a la cara para poder mirar el reloj. Las tres y veinte minutos. Pero no conseguía ver el día del mes en aquel recuadrito tan diminuto. Mientras forzaba la vista el entorno se fue aclarando y poco a poco fui reparando en detalles de mi entorno. Había una pared, una puerta, el techo, una lámpara en el techo, un póster en la pared con la chica del mes, una silla llena de ropa arrugada, otra silla junto a una mesa llena de montones de papeles cubiertos de polvo… ¡Vaya! ¡Esos eran mis apuntes! ¡Estaba en mi habitación!

Pero, ¡eso no era posible! ¿Cómo me habrían llevado los alienígenas hasta allí? Es más, ¿Cómo habrían podido saber que yo vivía allí? Solo cabía una posibilidad ¡Me habían leído el cerebro! ¡Dios mío -pensé- que vergüenza! Me estremecí aterrorizado y salté de la cama, para darme de bruces con el suelo.

Porque mis piernas no respondían, y el dolor de cabeza se hizo más intenso y agudo. ¡A saber que drogas me habrían suministrado! Pero las ganas de orinar eran demasiado fuertes, así que me arrastré como pude hasta el cuarto de baño, y allí mis urgencias encontraron alivio. Al salir me topé en el pasillo con Juanele, uno de mis compañeros de piso y traté desesperadamente de hablar con él.

Pero no pude. De alguna forma los alienígenas habían anulado mi capacidad de comunicarme, seguramente para que no pudiera hablar de todo lo que me habían hecho. Notaba la boca pastosa, la lengua acartonada, la voz me salía ronca e ininteligible, y como resultado mi habla era un ronquido sordo, grave e incomprensible. Sí, aquellos aliens sabían lo que se hacían, porque Juanele acabó malinterpretando todos mis intentos de explicarle y tergiversando mis incomprensibles peticiones de ayuda.

-¿Cómo? ¿Qué dices? ¡Venga ya! ¡Menudo pedo pillarías anoche, cabrón!

Dejé de intentarlo y me fui al salón a buscar el calendario. Comprobé que estábamos a miércoles once, por lo que solo habían transcurrido algunas horas desde mi abducción. Los extraterrestres habían sido rápidos, al menos eso era de agradecer. Entonces fui a la cocina y me tome una aspirina con dos litros de agua que me bebí de una sentada, lo que algo después me sugirió la hipótesis de que los experimentos alienígenas causan bastante sed. Pero en esos momentos mi preocupación era otra: ¿Habrían abusado sexualmente los alienígenas de mí? Y de ser así, ¿¡Por dónde!?

Estaba horrorizado. Aquello era demasiado. Noté que me fallaban las fuerzas, así que volví a la cama y me senté, y al hacerlo no sentí dolor. Tranquilizador. Aún así, tenía que asegurarme de que no hubieran abusado de mi de alguna otra manera. Me relajé y traté de analizar las sensaciones que me transmitía mi cuerpo para deducir de ellas los experimentos que podrían haber realizado conmigo. Poco después pude confeccionar la siguiente lista:

Punzadas en las sienes y nuca – Han experimentado con mi cerebro.

Malestar general – Experimentos varios.

Vejiga llena – Me han inyectado líquidos. Posible abuso sexual.

Molestias en el bajo vientre – Posible abuso sexual.

Pérdida del habla – Intento de silenciarme. Posible abuso sexual.

Sed intensa – Me han obligado a hacer ejercicio. Posible abuso sexual.

Oídos taponados – Posible abuso sexual.

Paranoia sobre abusos sexuales – Posible abuso sexual.

Una lista que he repasado una y otra vez durante años. Aún hoy, mi sospecha de haber sido violado por los alienígenas se centra en algunos puntos oscuros. Otros, sin embargo, han quedado descartados. Por ejemplo, estuve durante meses controlando mi peso hasta tener la seguridad de no haber quedado embarazado; por absurdo que parezca, tratándose de seres de los que lo desconocemos prácticamente todo, ¿quién se arriesgaría a decir que solo tienen dos sexos? No estaban de más por tanto estas precauciones, pero volvamos de nuevo a la secuencia de los hechos.

En aquel momento, la mera posibilidad de haber sido objeto de una repugnante violación me produjo tal náusea que tuve que meterme de nuevo en la cama. Todo me daba vueltas.

Tumbado en la cama pude comprobar como mis compañeros de piso hacían todo tipo de bromas a costa de mi estado de postración. Y yo no estaba dispuesto a soportar aquello. Una vez recuperada el habla sentí la tentación de contarles la verdad y les dije que el día anterior había tenido un encuentro con seres inteligentes, a lo que me respondió Juanele que se alegraba de que por fin hubiera ido a clase.

Aquello era demasiado para mí. Me vestí y salí de allí, arrastrándome, sin rumbo fijo. Comencé a dudar de todo, incluso del recuerdo de aquella noche infausta. Y mis pasos me llevaron de nuevo a la calle donde sucedió todo. Tal vez allí encontrara una explicación. Puede que alguna prueba o algún testigo que corroborara el avistamiento de aquella misteriosa nave. Tal vez si no hubiera vuelto allí todo se habría quedado en una ilusión, un mal recuerdo, como mucho una lejana pesadilla. Pero el destino quiso que volviera y que hubiera de lamentarme por ello toda mi vida.

Sobre la acera estaba aún mi vaso de plástico, que reconocí a la perfección a pesar de que los cubitos de hielo habían desaparecido. Junto a él, una servilleta arrugada donde alguien había apuntado un número de teléfono. ¿La morena? ¡Joder, sí, la morena! Unos pasos más allá estaba mi cartera, vacía como no podía ser de otra forma. Todos estos detalles me ayudaron a identificar el lugar correcto del avistamiento, pero ninguno de ellos demostraba que hubiera tenido lugar.

Seguí buscando con ahínco, revisando el suelo palmo a palmo sin saber en realidad qué era lo que buscaba. Y entonces fue cuando encontré la prueba definitiva, la clave que ponía fin a todas mis dudas para confirmar la más horrible de mis sospechas: junto al bordillo, arrugado, sucio y abandonado, había un preservativo atado con un nudo que contenía un líquido viscoso, espeso y, para mi perdición, verde.

Aún lo conservo. Puede que esa muestra de ADN extraterrestre pudiera servir para recrear en el laboratorio una especie alienígena. Puede que el látex que la envuelve, seguramente desconocido aquí en la tierra, revolucionara la industria de los globos de agua. Puede que yo esté ocultándole a la ciencia una enorme fuente de conocimiento. No lo sé. Pero es la única prueba que tengo de haber tenido sexo con una criatura extraterrestre y eso, amigos míos, eso es algo de lo que no puede presumir ni siguiera el propio Rocco Siffredi.

Nace esta historia a sugerencia de mi amiga Sadire, a quien se la dedico con todo mi cariño y agradecimiento, quien, invadida por mi ausencia (me devora tu impaciencia), llegó a sugerir que yo hubiera sido abducido. Quería pues hacer algo especial, y no sé si lo habré logrado con este relato tan tramposo y tan traidor, en el que hay dos partes bien diferenciadas: el principio, y el final. Como en todos, sin ir mas lejos. Pero da igual, estas letras no son más que una excusa para clamar a los cuatro vientos lo mucho que quiero a mi amiga Sadire y lo mucho que le agradezco que haya seguido tirando de este carro mientras yo estaba… ¿abducido?  

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6 Comments

    1. Solo por un instante, el deber me reclama de nuevo!!
      Pero llegará el día en que pueda volver a mirar el WordPress sin que me de cargo de conciencia dejar de hacer esas cosas tan importantes.
      Un abrazo!!!

      Le gusta a 1 persona

  1. ¡Por fin de vuelta a la tierra! Porque te han soltado ¿verdad? jajjaaaj
    Menuda “botifarra” debía de llevar el chaval para no darse cuenta de que la morena le había dado su número…
    Es curioso cómo siempre que nos abducen nuestro principal miedo es que hagan pruebas sexuales con nuestro cuerpo. Aunque si son razas superiores no creo que les interese eso, solo hay que ver cómo tenemos el mundo… No debería preocuparles nuestra reproducción ya que vamos a provocar nuestra propia extinción, y además, seguro que ellos lo hacen mucho más fácil. ¡Vete tú a saber! Igual mediante ondas electromagnéticas a distancia, que las marcianas son muy inteligentes y así se evitan la depilación…
    En fin, amigo, que muchísimas gracias por tu historia. Tenía muchas ganas de leerte de nuevo y encima me has hecho reír.
    Besacos!!!!

    Le gusta a 2 personas

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