Tú, mi luz (8)

Ya habían pasado tres días desde la llegada del Marqués Defoix y no parecía que tuviese intención de marcharse: su imponente navío seguía amarrado en el puerto y la tripulación había echado anclas en los burdeles y tabernas de los alrededores. Y yo seguía sin tener ninguna novedad al respecto de nuestras relaciones con el Marqués. Tampoco había vuelto a ver a mi adorable Marinet, echo que perturbaba mis noches.

Justo estaba en esos pensamientos cuando un muchacho de unos diez años entró corriendo en mi local y preguntó por mí entre resuellos:

—Señor, el capitán Fox quiere verle. —Observé sus mejillas coloradas debido a la carrera que suponía, se había dado. No recordaba haberle visto entre el servicio del capitán, pero aún así no tenía más remedio que confiar en que su mensaje fuese cierto.

—¿Y cuando me espera, muchacho?

—Ya mismo, señor. El capitán está de camino. Me ha ordenado que me adelantase y le avisase de su llegada y la de sus amigos franceses.

—Entendido —asentí—, puedes irte.

El joven mensajero salió como un vendaval. Noté un incipiente nerviosismo en mis manos que no dejaban de repiquetear de forma inconsciente sobre el mostrador. No tuve tiempo de preparar un discurso, los invitados cruzaron el umbral de mi establecimiento a los pocos minutos y, si en un principio me asustaba la inminente conversación con el Marqués, cuando vi entrar a Marinet no pude evitar bajar mis defensas y olvidar la verdadera razón de aquella visita. Estaba preciosa con la melena recogida a un lado de la cabeza.

Después de dedicarle más del tiempo debido a contemplar a la mujer que me había robado el alma, puse toda mi atención en nuestro aliado francés  y sus acompañantes:  su mujer y el capitán Fox, el cual me saludó con un teatral gesto mientras Defoix observaba con minuciosidad y una pizca de desconfianza el local. Quizá después del ataque en el muelle había sido consciente del peligro que corría en aquella ciudad donde cualquier indicio de cambio se consideraba maquiavélico.

—Tenías razón, querida Marinet —dijo la marquesa rompiendo el silencio—, estos zapatos son verdaderas obras de arte. Y usted debe de ser el maestro ¿no? ¿El señor Cirtell?

Me acerqué a ella y besé el dorso de su mano:

—Así es señora…

—Biselli —respondió el Marqués adelantándose a su mujer—. Y yo, caballero, soy el Marqués Defoix, me han hablado muy bien de usted —dijo tendiéndome la mano.

—Lo mismo digo. Estaré encantado de ayudarle a lo que necesite.

El capitán Fox, hasta el momento callado, hizo un aspaviento con la mano y entró en escena:

—Querido amigo, de momento la señorita Biselli necesita unos zapatos, ¿podría echar un vistazo al material que tiene de muestra? Seguro que Marinet estará encantada de ayudarla y aconsejarla sobre tejidos y colores.

—Por supuesto, querido —dijo Biselli —, ¿por qué no aprovecháis para tomar un té mientras? Nosotras estaremos bien aquí. ¿Verdad, Marinet? Venga, dejad a las mujeres solas para que parloteen. —insistió mientras hacía como que nos echaba.

Aquella mujer era más inteligente de lo que pensaba. Estaba claro que no era una simple acompañante, debía de estar al corriente sobre todos los temas del movimiento y había venido con el guión aprendido.

—Sea pues, querida. Este extranjero está deseando tomar un buen té inglés. ¿Podemos ir a un lugar un poco más cómodo, señor Cirtell?

—Por supuesto, caballeros. Subamos a mi casa y veamos si el té inglés hace honor a su fama.

 

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