La habitación de los horrores

Este relato es el resultado de una curiosa petición que nos hizo el compañero Torpeyvago. Espero que tenga todos los ingredientes que querías. 😉😉

A pesar de que el pasillo es ancho y está bien iluminado con luces alógenas cada pocos metros, no puedo evitar sentir un estremecimiento que me comprime la boca del estómago. No me gusta, ese sitio no me gusta.

Intento parecer sereno, pero mis dedos temblorosos abrochando los botones de mi bata delatan mi nerviosismo. Doy unos pasos y la hilera de puertas a ambos lados del pasillo comienzan a aparecer ante mí. Intento no escuchar los susurros amortiguados que se cuelan por las rendijas, siempre me ponen los pelos de punta.

Uno de los tubos del techo parpadea. Mi cerebro se esfuerza por procesar el hecho como una simple coincidencia, pero no lo consigue: sabe que la luz siempre tilila cuando me acerco a la puerta 765.

Sé lo que va a pasar, mi cuerpo reconoce la situación y la adrenalina comienza a recorrer cada centímetro de mi ser. Ahora es cuando me paralizo, cuando abro el pequeño rectángulo de la pesada puerta por donde pasan las bandejas de comida a la paciente.

No puedo evitar correr la trampilla y echar un vistazo. Ahí está, en penumbras, al fondo de la habitación, cantando una tenebrosa canción de cuna, mientras contonea su esquelético cuerpo moviendo el hula-hula como si tuviese cinco años.

Noto cómo sus pequeños ojos blanquecinos se clavan en los míos. Sabe que estoy ahí, lo presiente a pesar de su escasa vista. Suelta una fuerte risotada que retumba en las acolchadas paredes y provoca la caída del aro. Se parece tanto a mi suegra que es como si la misma bruja hubiese poseído el cuerpo de la demente mujer y se burlase de mí desde el infierno.

Sé lo que va a suceder pero no muevo ni un músculo. Puedo sentir cómo el miedo aprieta mis pulmones hasta casi la asfixia.

De repente tengo la huesuda cara de la mujer enfrente, me escupe a través de la mirilla y con un rápido movimiento clava sus dedos en mis ojos y los observa tras arrancarlos de mis cuencas. Siento la cálida sangre correr por mis mejillas y de mi garganta sale un grito agonizante.

—¡Manuel!, ¡Manuel! Por dios, ya estás soñando otra vez. Pareces un niño. Es la última vez que te dejo ver The Walking Dead.

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