Tú, mi luz (7)

Aunque sabía que el capitán Fox me pondría al día sobre la visita del Marqués Defoix no pude evitar que me picase la curiosidad y sintiese la necesidad de ver con mis propios ojos al hombre del que tanto habíamos escuchado. Deseaba ponerle cara al que muchos considerábamos ya nuestro protector además de nuestro inspirador.

Mientras me afeitaba y me aseaba me descubrí observando la calle y el trasiego diario de mis vecinos con una sonrisa. Sin duda Marinet había hecho mella en mi cuerpo y mi mente. Estaba eufórico y animado como hacía semanas que no lo estaba. Me eché agua en la cara y obligué a mi pelo a formar hacia atrás. Quería causar buena impresión al Marqués en el caso de que nuestras miradas se cruzasen.

Salí de casa envuelto en mi particular nube de euforia y saludé a Crhon, mi discípulo más madrugador, antes de abandonar mi establecimiento. Me dirigí al puerto, el barco del Marqués estaría a punto de arribar. Pronto los voceríos de los marineros y los vendedores de pescado llenaron el ambiente y la turba me engulló convirtiéndome en uno más de esos señores, criadas, mendigos y señoras de paseo con sus sombrillas adornadas con puntillas ocres.

La embarcación del Marques era reconocible desde lejos, era majestuosa y nada discreta. Un ancla enorme de tonos verdes decoraba uno de los laterales y la popa lucía rematada por una dama con rostro lánguido y triste. Decidí quedarme donde estaba, desde mi posición podía ver con claridad como desembarcaban los pasajeros y la tripulación. La rampa de madera ya estaba echada y los primeros marineros comenzaron a bajar fardos y baúles.

Pocos minutos después una pareja de soldados uniformados con casacas azules llenas de condecoraciones se abrieron paso entre los marineros y haciendo una leve indicación con las manos invitaron a bajar a dos de los tripulantes: no había duda, se trataba del Marqués y su esposa.

Tomaron tierra cogidos del brazo mientras charlaban y se prodigaban carantoñas. El Marqués no resultó ser como yo imaginaba: era menudo y lucía un poblado bigote pelirrojo como el poco pelo que le quedaba en su despoblada cabeza. Una incipiente barriga tensaba los botones de su pulcra camisa gris. Resultaban una pareja rara, demasiado diferente pues su mujer era esbelta y alta, de hecho le pasaba una cabeza a su esposo. Una larga y espesa melena negra cubría su amplio escote y también su espalda. Era una mujer bella, demasiado bella para el Marqués.

Los forasteros comenzaron a pasear por el puerto custodiados por sus dos soldados. Ella curioseaba cada puestecillo mientras el marqués asentía o comentaba sobre lo que ella le mostraba. Estuvieron un buen rato en el puesto de Mercer, la viuda que se ganaba la vida intentando vender collares, pulseras y pendientes hechos con conchas, piedras y algas. Fue en ese momento cuando un vendedor menudo de almejas frescas se acercó a ellos, era uno de esos mercaderes ambulantes que sólo contaban con un carrito donde guardaban lo que habían conseguido comprar al menor precio, uno de esos pequeños huérfanos que intentaban poner rumbo a sus vidas sin caer en la tentación de los asuntos turbios. Iba cubierto con una raída capa de algodón pardusco. Llevaba la cabeza cubierta con la capucha y el torso encorvado por lo que verle la cara era bastante dificultoso.

En un principio los soldados le cortaron el paso, dejando una distancia prudencial entre sus superiores y el muchacho. La Marquesa susurró algo al oído de su marido y este ordenó a su escolta que le dejasen acercarse. Una pequeña mano apareció de entre las anchas mangas de la capa y ofreció una las almejas. Los acontecimientos se precipitaron con una velocidad pasmosa. El muchacho sacó un afilado cuchillo con la intención de abrir la almeja pero en vez de ello se precipitó sobre el Marqués, que sorprendido cayó hacia atrás derribando la mesa de Mercer y todas sus alhajas cayeron al suelo. El Marqués consiguió propinar un rodillazo en las costillas al muchacho que se encogió de dolor y soltó el cuchillo.

Los soldados acudieron rápidamente a ayudar al Marqués y proteger a su mujer, pero el extraño muchacho ya había conseguido salir corriendo y mezclarse con la muchedumbre. Intenté seguirlo con la mirada con la esperanza de reconocer algo en él que me posibilitara reconocerlo, pero me resultó imposible con la algarabía que se había montado alrededor del Marqués y entre la muchedumbre que se acercaba para curiosear.

Tenía que averiguar quién era ese joven. Era la única forma de descubrir quienes les acechaban y así poder combatirlos.

Un poquito de acción para sazonar tanto amor. ¿Qué os parece? ¿Continúo?, ¿resulta interesante?

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