Tú, mi luz (6)

La noche en que Marinet vino a mi casa para “saldar su deuda” -como ella decía-, fue un punto y aparte en nuestra relación. Guisó durante un buen rato una pieza de presa sazonada con especias que encontró en mi despensa y que parecieron encantarle por la sonrisa que enmarcaba su bello rostro cada vez que abría uno de los frascos y los olía.

Mientras ella trasteaba en la cocina descorché una de las botellas de vino francés que escondía en el sótano a la espera de una ocasión especial, no imaginé que esa ocasión tuviese este cariz, pero percibía que esa noche sería especial y marcaría el destino de mi vida.

Me hice oír entre los sonidos de las cacerolas y le ofrecí una copa de vino a mi invitada.

—Brindemos, Marinet.

Ella cogió con suavidad la copa que le ofrecía y observó el brillante caldo.

—A su salud —dijo antes de beberse de un trago el vino.

No pude evitar soltar una carcajada. Ella me miró ofendida, sin comprender a qué se debía tanta risa. Intenté recobrar la compostura.

—Discúlpame, querida. No he podido evitar sorprenderme viendo cómo desaparecía en cuestión de segundos un caldo que cuesta más de cien francos.

Ella alzó una de sus cejas y pareció avergonzarse.

—¡Oh!, lo siento. En mi familia siempre hemos brindado así, pero claro — su tono se volvió irónico —, lo hacemos con cerveza de barril, la que vende Milton en el mercado.

¡Me encantaba aquella mujer! Volví a soltar una risotada ante su frescura y su osadía y ella, más relajada, rió conmigo.

Durante la cena le pregunté sobre su familia y sus anhelos, pero lo cierto es que poca información me desveló y solo conseguí que su rostro se ensombreciese. Intenté cambiar de tema para evitar que se sintiese incómoda:

—Imagino que habrás tenido un día duro hoy en casa de nuestro capitán con todos los preparativos para la recepción de mañana…

—Lo cierto es que sí. El capitán parecía bastante nervioso, supongo que sus invitados son gente importante. Hemos sacado la vajilla de la madre de la señora, solo se ha utilizado dos veces, en la boda de los señores y en el bautizo de su hija.

—Entiendo. Sí, son gente importante. Creemos que “amigos”.

Marinet cogió la copa y con una sonrisa burlona bebió un pequeño trago.

—¿Amigos para sus reuniones? —sugirió.

—Eres muy lista, querida Marinet. Sí, esperamos que sea un amigo de ese tipo. El Marqués Defoix ha sido uno de los pioneros en apostar por la “luz”.

—¿La luz, mi señor? —preguntó la joven sin entender.

—Una nueva forma de ver las cosas, sí. ¿Puedo hacerte una pregunta?

—Claro, mi señor.

—Nada de señor, Jaime, solo Jaime. Quisiera que me respondieses a lo que ya te pregunté en el despacho del capitán Fox: ¿eres feliz?, ¿te gustaría tener otra vida?

Marinet bajó la vista y ladeó la cabeza pensativa. Tras reflexionar unos segundos la respuesta fijó sus ojos en los míos:

—Ponte en mi lugar, Jaime, si puedes. Y entonces dime ¿tú que crees?

Aquella mujer era exquisitamente desafiante y aquello me volvía loco. No pude más que asentir dándome por enterado de lo que quería decirme. Durante los postres seguimos hablando sobre las ideas de la ilustración, los principios del movimiento y los problemas a los que nos enfrentábamos en nuestra lucha. Marinet parecía muy interesada en todo lo que yo le comentaba y me hizo preguntas y razonamientos que pusieron en duda muchas de mis convicciones, lo que todavía me motivó más para seguir hablando, al fin y al cabo toda su desconfianza y recelo era la misma que nos íbamos a encontrar con el pueblo. Si podía convencerla a ella podría convencer a mucha gente para que fuesen más receptivos.

Y aunque no sé si conseguí convencerla, sí conseguí su atención… y sus besos. Aún rememoro aquella cálida noche, recuerdo sus húmedos besos, su tímida forma de desvestirse,su sonrisa al desatar los cordones de sus zapatos nuevos, sus apasionados mordiscos en la nuca, sus pechos firmes y menudos entre mis manos, la dulce fragancia que dejó en mis sábanas y mi alma cuando nos despedimos al amanecer…

Por fin llegó el amor, ¿fueron felices y comieron perdices? No, entonces no sería una historia de amor de las de verdad…

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8 Comments

  1. Solo tenía un par de minutos y me alegro mucho de haberlos dedicado a este texto.

    Rompe un poco, y me encanta, que el momento clave llegue en un entorno tan recogido y sencillo: ¡nada de fastos, salones dotados, lunares postizos que cambian de glúteo o enaguas de diseño volando por la ventana!
    El amor, de existir, tiene más que ver con el regalo y menos con el envoltorio.

    Me dejo el capítulo siguiente para mañana a la hora del tercer café. ¡Así andamos! Ahora, a seguir currando.

    Pero pronto pasará el temporal, y espero que por lo menos queden restos en la playa.😂😂

    (Ah, te sobra una hache en el primer párrafo)

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    1. Ups! La leche con la hache! Si tienes corrector porque lo tienes y si no también. ¿Cómo le explico yo que no es lo mismo haber que abrir?😂😂😂
      Pues oye, me alegro de que te haya gustado, esta historia está dando más de sí de lo que pensaba, no se cansan de hablarme estos tortolitos. Espero que no decaiga el interés.
      PD: se te echa de menos.

      Le gusta a 1 persona

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