Cuando la sangre (13).

Cuando Marie entró en el recinto descubrió que esos viejos muros que desde el exterior parecían ruinosos, con piedras desprendidas y cubiertos en algunos tramos de matas y arbustos, ocultaban en su interior robustas edificaciones de piedra, enlazadas por un laberinto de estrechas escaleras y caminos en los que no crecía la hierba. Poenari seguía siendo una fortaleza, un lugar creado para la guerra que podría albergar a un pequeño ejército.

Los soldados la llevaron a toda prisa por aquel entramado hasta un pequeño recinto sin ventanas donde había un par de catres de madera. Tal vez era un cuarto para descanso de la guardia, puede que un espartano dormitorio para la tropa. La dejaron sentada y le dieron un jergón para que se protegiera del frío. Estaba aterida y exhausta. Tenía que quitarse la ropa empapada y, sobre todo, descansar. Al cabo de unos minutos apareció el conde con expresión preocupada.

—Aquí estará segura. Estos hombres la protegerán. Haré que le traigan algo para cambiarse de ropa.

Marie le miró con extrañeza. Una vez más se había dejado llevar. En realidad desde que arribó a aquellas tierras no había hecho otra cosa que dejarse llevar. La habían arrastrado de un lugar a otro, en apariencia para ayudarla, pero nada habían averiguado y ahora se sentía manipulada, engañada y traicionada. Y una vez más estaba cargada de preguntas sin respuesta. Tal vez era el momento de buscar respuestas.

—Conde, déjeme decirle que todo esto me parece, cuanto menos, extraño. Pensaba que Poenari no era más que un conjunto de ruinas y, sin embargo, es evidente que este lugar no ha estado abandonado durante siglos. Veo que hay por aquí muchos soldados con armas extrañas y uniformes antiguos. No sé por qué nos persigue toda esa gente del pueblo, ni que se propone en realidad. Y todo esto no hace más que acrecentar mi desconfianza. Tal vez mi marido llegara un día hasta aquí, y estos soldados deberían saber algo de él; sin embargo usted nunca ha querido traerme a este lugar y, pese a mi insistencia, solo lo ha hecho cuando se ha visto obligado por las circunstancias.

—Marie, le prometí que vendríamos. Le dije que no era seguro. Y aquí estamos, atrapados, en peligro, cuando su marido ha sido visto muy lejos de aquí. Yo solo he tratado de ayudarla…

Marie se levantó del catre, enfurecida.

—¡Sandeces! Estos hombres le obedecen, conde, le tratan a usted como a su señor, como a su caudillo en realidad. ¿Por qué no me habló entonces nunca de ellos, ni del verdadero estado de esta fortaleza que desde luego es algo más que unas viejas ruinas? ¿Por qué, señor conde? Empiezo a estar cansada de sus silencios y de sus mentiras. No creo una sola palabra de esos que se han presentado diciendo que le han visto. Conozco bien a mi marido, señor, nunca haría eso. Y sobre todas estas cosas pienso que usted podría haber hecho más, mucho más, para ayudarme. De hecho, creo que su única intención ha sido entorpecer mi búsqueda. Le exijo una explicación, conde, y la quiero ya. Me urge encontrar a mi marido. Tal vez podría estar en peligro, como nosotros. Sepa que no voy a parar hasta encontrarle, y que estoy dispuesta a pasar por encima de todo y de todos. ¡Incluso de usted!

La ira desencadenada de Marie sorprendió al conde quien sostuvo su mirada hiriente por unos segundos y respondió con frialdad.

—Hace tan solo unas horas, en la vieja cabaña, hubiera sido incapaz de creer que pensaba usted eso de mí.

Marie respondió a la bajeza de estas palabras con una sonora bofetada. Los soldados se interpusieron y llevaron sus manos a la empuñadura de sus espadas, pero el conde les detuvo con un gesto.

—Eso no será necesario —les dijo, y les dio una serie de órdenes apresuradas que ella no pudo entender.

—Marie, usted va a permanecer aquí, lo quiera o no. No es momento este de explicaciones: esa escoria amenaza nuestras vidas y he de hacerme cargo de la defensa de la fortaleza. Mis hombres le procurarán cuanto necesite pero en ningún caso le permitirán abandonar este lugar. ¿Ha comprendido?

—Entonces, ahora soy su prisionera.

—Es por su propia seguridad, Marie.

El conde salió de la estancia sin darle posibilidad a protestar. Los soldados cerraron la reja de hierro, pues ahora podía comprobar se trataba de una celda, y se apostaron a ambos lados de la entrada.

Algunos de los hombres del pueblo pagaron con su vida los intentos de atravesar el foso y escalar los muros. Una horda desordenada como aquella nada podía hacer contra un bastión que podía defenderse con muy pocos efectivos del más fiero asedio. Los asaltantes estaban desanimados. Ira furor brevis est, pensó Paul recordando las palabras de Horacio. Pronto terminaría aquella locura y los hombres huirían para eludir las represalias del conde. Si se podía hacer algo tenía que ser en aquel momento. No habría otra oportunidad.

Pero por más que pensaba no hallaba solución. De poco servían las escasas armas de fuego que habían robado, incapaces en aquellas manos inexpertas de colar alguna bala mortal por entre las estrechas troneras. La lluvia torrencial volvía la piedra resbaladiza y traicionera. La famélica tropa no estaba equipada ni entrenada para el combate, y su general jamás había empuñado un arma. En esas concisiones, solo Dios podía ayudarlos.

Mas ¿cómo pedirle violencia a Él, que es solo amor? ¿Cómo rogarle una victoria cuando Él solo otorga perdón? ¿Cómo esperar sangre de quien es fuente de piedad? Paul se hincó de rodillas y solo pudo pedir una cosa: perdón.

Un súbito estruendo lo sacó de su ensimismamiento. Ante su mirada, parte de la ladera oeste del monte se había convertido en un frenesí de piedras rodando y arboles arrancados. Una densa corriente de lodo se precipitaba sin remedio sobre el rio. La fuerza desbocada del Arges contra la escarpada ribera, debilitada por las continuas lluvias, había provocado un corrimiento de tierras. Las rocas, al perder su asiento, rodaban y arrastraban todo a su paso; cuantas más piedras se desprendían, más profunda era la herida de la montaña, dejando una cicatriz que crecía sin parar hasta que alcanzó el foso de la fortaleza. El agua se derramó entonces con violencia por la abertura, debilitando aún mas la tierra a su paso.

Los hombres contemplaban inmóviles y horrorizados la aplastante fuerza de la naturaleza. Ante su estupor, el corrimiento alcanzó los cimientos de las murallas exteriores que pronto se cubrieron de grietas y empezaron a deshacerse y caer, rendidas a una fuerza que el más poderoso de los ejércitos nunca habría podido reunir.

Cuando todo cesó y la lluvia se impuso sobre el polvo, el padre Paul ordenó a sus compañeros que atravesaran la enorme brecha que se había abierto en las murallas. Apenas tuvo tiempo de levantar la vista en agradecimiento antes de poner los pies, por primera vez en su vida, en la fortaleza de Poenari. Los escasos guerreros que se habían aprestado tras la abertura para detenerles sucumbieron con rapidez a la fuerza imparable de su empuje.

Marie escuchó el estruendo horrorizada. El suelo temblaba cual si se tratara de un horrible seísmo. El ruido atronador se prolongó por segundos eternos. Sus dos guardianes se miraron aterrorizados y empezaron a gritarse entre ellos. De alguna forma Marie comprendió que temían que el techo cayera sobre sus cabezas y dudaban entre salvar sus vidas o cumplir su deber. Pero el instinto se sobrepuso y salieron corriendo escaleras arriba, dejándola encerrada. Ella se aferró a las rejas, tratando en vano de forzarlas, gritando hasta que cayó de rodillas. Sintiendo su muerte cercana mientras todo temblaba a su alrededor, solo pudo pensar en el perdón que nunca podría pedirle a Eric. Por traicionarle. Por no encontrarle. Por no vivir más para poder seguirle amando.

Cuando la horrible convulsión se hubo calmado permaneció en silencio sobre el suelo por unos minutos, resignada aún a morir envuelta en las viejas ropas de guerrero que le habían dado aquellos malditos soldados. Recordó asqueada como se la comían con los ojos mientras se cambiaba. Oyó un ruido de pasos apresurados. Tal vez eran los soldados que volvían a su puesto después de huir como cobardes. Apenas le importaba ya saber lo que había sucedido. Ni siquiera le preocupaba pensar en que ahora, tal vez, cometerían los actos que antes habían delatado sus miradas depravadas. Ya nada le importaba. Se dejaría llevar una vez más. Quien sabe si sería la última.

Se acercaban. Notó que una de las voces tenía un timbre extraño. Tal vez no eran ellos. Alzó la vista y entonces reconoció entre aquellas personas que no iban de uniforme un rostro sencillo que la miraba intensamente, un rostro apenas conocido en el que destacaban un par de brillantes dientes de oro.


 

A veces hay algo, un detalle, una señal, que hace click y todo encaja. Cuando empecé con esta historia y estuve leyendo un poco por aquí y por allá, encontré ese detalle que me llamó la atención: en 1888 hubo un corrimiento de tierras debido a las lluvias que derribó parte de la estructura del castillo de Poenari, que después fue reconstruida.

Aquello me ayudo a situar el marco temporal del relato (ya había trenes, aunque no llegaran a aquel lugar…), a ambientarlo con aquellas lluvias incesantes y… también decidí guardarme el desprendimiento para el momento adecuado. Cualquier verdad bien utilizada siempre es mejor que la mejor de las mentiras que pueda uno inventar.

Bueno, espero haberla utilizado bien, eso sí. ¿Lo he dramatizado tanto que parece forzado? ¿Da la impresión de que me había metido en un callejón sin salida y recurro al cataclismo para reconducir la historia? Desde luego la intención no era esa, pero, juzgadlo vosotros mismos.

¡Un abrazo!

 

 

 

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6 Comments

  1. A mi no me resulta forzado, además si te fijas, muchos hechos históricos son propiciados por meras coincidencias o actos fortuitos.
    PD: “enlazadas por un laberinto de estrechas escaleras que terminaban en esbeltos arcos y rudas puertas de madera, entrelazadas por caminos en los que no crecía la ” Se repite entrelazadas en poco espacio.
    Un consejo: Es el momento de Marie. Hubiese aprovechado para poner más tensión en su discurso. –Rabia (una bofetada nada más verse a salvo y antes de exigir explicaciones)
    –Pasión reprimida (una intervención del conde intentando calmarla)
    Como siempre, esto son algunos apuntes desde mis gustos o pespectiva, vamos, mi humilde opinión.
    Besacos, Israel!!!!

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    1. Muchas muchas gracias. Desentrelazaré eso, pero sobre todo me quedo con el momento de Marie (aunque le queda otro más adelante). Llevas razón, le falta intensidad. Esa chica tiene que estar a punto de explotar, y la perorata es demasiado larga, impropia de ella quizás; pero no quiero que el conde muestre pasión, es algo mucho más frío y terrible lo que trama.
      Creo que tengo que reescribir toda esa parte, porque además necesito para lo que viene después a una Marie con arrestos y decidida a todo.
      La bofetada me parece que encaja perfecta tras la frase del conde: Marie, en vez de acusar el golpe, tiene que devolverlo.
      Un abrazo!! Un par de comentarios más como este y te promociono a co-autora (que no sería mala idea, no…)🤔🤔

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          1. Oh là la!!!!👏👏👏👏
            Ahora sí, esa es mi Marie!!!!!!
            El diálogo muestra mucho más de los personajes: la frialdad del conde o la determinación de la “no tan ingenua” Marie.
            Bravo, Israel😘

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