Cuando la sangre (12).

La lluvia arreció mientras caminaban apresurados por la ribera, río abajo. Tras un recodo, Marie pudo ver entre los árboles las ruinas de la fortaleza, un grupo de altos muros de piedra encaramados en la cima de un monte que el río sorteaba formando un estrecho meandro. A medida que se acercaban aquella atalaya se presentaba cada vez más imponente; las laderas, escarpadas en el istmo que unía el monte con la cordillera, se convertían en acantilados por todo el resto de su perímetro, paredes rocosas excavadas durante milenios por el empuje del río Arges.
—Hemos de apresurarnos, Marie. Haga un esfuerzo. Cuando lleguemos a la fortaleza estaremos a salvo.
—¿A salvo de qué, conde? ¿De quién? ¿Qué está pasando?
—De toda esa gente. Están enloquecidos, y algunos portan armas. No sé qué motivo puede haber para que se hayan soliviantado de esta manera, pero nos han visto y nos siguen. Temo por nosotros, Marie.
El conde cogió a Marie por el codo y la invitó a continuar la huida. La cortina de lluvia era cada vez más densa. Se oyeron algunos truenos en la lejanía. Empezaron a correr. Marie resbaló un par de veces pero el conde estuvo atento para evitar que cayera al suelo. Al cabo de unos minutos agotadores alcanzaron el pie de una vieja escalera de peldaños tallados en la piedra, gastados por el clima y los siglos. Se elevaba muchos metros hacia la cima del monte, en tramos recta y muy empinada, en otros estrecha y sinuosa, formando curvas imposibles para sortear las anfractuosidades del terreno. El conde se detuvo un instante.
—Haremos un descanso ahora. Tiene que tomar aliento. Esta escalera conduce a la fortaleza; de hecho es el único acceso. Va a requerir un gran esfuerzo. Tiene más de mil quinientos escalones. Pero tenemos que subir.
Marie no se detuvo. Se lanzó escaleras arriba sin saber bien de qué huía, si de aquella gente, de la lluvia o tal vez del propio conde. El subió los peldaños de dos en dos hasta alcanzarla y continuar subiendo junto a ella.
En el río, uno de los exploradores se acercó a informar al padre Paul de que creía haber visto al conde en la otra orilla, caminando en dirección a Poenari.
¿Viste si la mujer extranjera iba con él?
La respuesta fue negativa, pero él no tenía duda: si Marie se había salvado seguro que el conde la retendría con él. Reunió a su alrededor a la gente que le había seguido y, tras imponer su entrenada voz sobre el coro de murmullos, consiguió hacerse oír. De alguna forma el padre se había convertido en su líder, en el inspirador y cabecilla de aquella horda enfervorecida. Aquel hombre les había estado susurrando durante años palabras prohibidas. Extrañas palabras sobre libertad, igualdad, derechos, democracia o revolución. Y también les había advertido, tras encontrar fundamento a sus primitivas sospechas, sobre la maldad del conde, sobre sus oscuros manejos y su acendrada perversión. Paul había luchado durante largos años contra un imposible: mostrarles la verdad, levantar el velo de misterio que oscurecía sus vidas, esa pesada red de maldiciones y temores que les oprimía y les impedía incluso pensar. Y solo lo había logrado recurriendo a la más horrible profanación, cuando destrozó la cripta. Como resultado, ahora se enfrentaba a un circulo de rostros cargados de ira y sed de venganza.
Pues solo cuando aquellas gentes vieron los restos de aquellos niños comprendieron la horrible realidad. Allí estaban todos los hijos desaparecidos, y allí se explicaban todas las leyendas oscuras sobre niños robados, los secuestrados o los que nunca llegaron a existir. Todos esos niños que jamás volvieron a ver estaban allí, siempre habían estado allí, enterrados en las fosas de la estirpe de los Vlad. La estirpe del conde. Nadie más podría haberlos metido en los ataúdes que debían ocupar los antepasados del conde. Nadie más podría haberlos secuestrado y matado, quién sabe de qué horrible manera, quién sabe con que maléfica intención. Y al ver sus pequeños huesos la ira de todo un pueblo encontró un objeto, una persona, un nombre. Guiados por la única persona que se había atrevido a despertar sus dudas, le habían secundado en su persecución, sedientos de venganza y dispuestos a todo.
El padre trató con sus palabras de reconducir aquella marea incontenible para evitar, en lo posible, su perdición. El conde era fuerte y poderoso incluso en su hora de mayor debilidad. Tenía que evitar que toda aquella gente enloquecida se dejara llevar por sus más fieros impulsos pero, a la vez, no podía dejar pasar la oportunidad de atrapar al malvado, de mantenerle con vida para hacerle pagar todos sus crímenes y de obligarle a revelar sus más inconfesables secretos. Tenían que perseguirlo a toda costa, y el padre sabía bien hacia dónde se dirigía, a aquel que era su último refugio, el lugar inexpugnable donde podría guarecerse en espera de ayuda de sus aliados de los condados vecinos.
Pero la sola mención de Poenari hizo que muchos hombres bajaran la mirada y que algunos de ellos incluso arrojaran sus armas. Poenari encerraba un misterio mucho más antiguo que el propio conde, una maldición ancestral que despertaba un terror arraigado en lo más profundo de sus conciencias. Porque Poenari era la fortaleza de Vlad Tepes, el lugar por el que vagaban las almas de todos los que allí murieron tras largos suplicios. Un lugar funesto y maldito de muerte y destrucción.
Pese a su arenga, el padre Paul solo consiguió que unos pocos valientes le siguieran en dirección a la fortaleza. Todos les acompañaron sin embargo al puente para ayudarlos a repararlo de alguna manera para que pudieran cruzar, pero la mayoría se volvió después al pueblo para desahogar allí su ira contra las propiedades del conde, entregándose al pillaje y al saqueo.
Marie se sentía agotada. Aún no habían llegado a la mitad de las escaleras y sentía que no podría subir ni un solo un escalón más. Había tenido que recorrer algunos de los tramos a gatas, reptando por aquellas condenadas piedras sin una barandilla que los separara del abismo. El conde la urgía a que subiera, pero también estaba jadeando y tenía el rostro enrojecido.
—Suba usted. Sálvese, conde.
—No, Marie, no puedo dejarla aquí.
El conde miró una vez más hacia abajo y vio a unos cuantos hombres que  ascendían a toda prisa por los primeros escalones.
—¡Ya vienen, Marie! Tenemos que seguir. ¡Haga un esfuerzo! ¡Si es preciso la llevaré a rastras!
Marie se puso en pie. Se volvió un momento, solo un instante, el tiempo justo para reconocer al padre Paul a la cabeza del grupo que los perseguía. Recordó entonces sus múltiples avisos para que no fuera a Poenari. El conde le pasó el brazo tras la cintura para obligarla con suavidad a seguir ascendiendo. Se dejó llevar, pero su voluntad se negaba a seguir. De alguna forma fue consciente del peligro que la acechaba en la cima.
El padre la vio en la escalera junto al conde y experimentó una extraña sensación de alivio y urgencia. Tal vez aún estaba a tiempo de evitar otra tragedia. Tenía que alcanzarla antes de que llegaran a Poenari, pues en otro caso estaba perdida. Gritó a los que le acompañaban. Les conminó a seguir, a insistir, a correr escalones arriba para salvar a aquella pobre mujer.
Su grupo, que aún ascendía por los primeros tramos, acortaba poco a poco la distancia con los perseguidos que, agotados, acometían los tramos más dificultosos de la ascensión. Esto estimulaba aún más su fiero ímpetu y, azuzados por el padre, clamaban horribles palabras de odio y venganza contra el conde, en gritos que la pesada lluvia filtraba como una marea feroz.
Marie sintió temor de sus perseguidores. Desconocía cuáles eran sus verdaderas intenciones con respecto a ella, si la considerarían un objeto más donde volcar su rabia o si, por el contrario, estaban tratando de rescatarla. La imagen del padre conduciendo a aquella gente era una señal que podría ser tan engañosa como la pasión irrefrenable que la había arrojado en los brazos del hombre que ahora la arrastraba escaleras arriba. Mientras Marie subía trabajosamente escalón tras escalón, empapada por la lluvia, resbalando a cada paso, viéndose caer por el precipicio hacía el río en más de un recodo, se sabía entre dos fuegos y trataba de tomar una decisión, de escoger el mejor de los caminos que se le presentaban, ya fuera ascender o escapar.
Eric. De pronto ese nombre afloró en la marejada de sus pensamientos. Eric, el motivo de su viaje, de su vida en realidad, el hombre al que amaba y al que acababa de traicionar. Se odiaba por ello. ¡Cómo podía haber caído tan bajo! ¿Qué extraña influencia había ejercido el conde sobre ella para, de un plumazo, tirar por la borda todo lo que era y en lo que creía? Pensó que quizás sería mejor dejarse caer por alguno de aquellos terraplenes asesinos y acabar de una vez con todo, pues ¿qué sería su vida sin amor? ¿qué, si solo le quedarían remordimientos? ¿qué sería de ella sin Eric?
Miró hacia el cielo buscando una señal y solo pudo ver los muros exteriores de Poenari entre la lluvia. Allí, entre aquellas piedras, estaba la última posibilidad de encontrar a Eric. Dejó que su mente se llenara con ese pensamiento y siguió escaleras arriba.
El padre trepaba por los escalones con rabia, temiendo fracasar también en este empeño. La escalera que, desde aquel punto, se proyectaba hacia el cielo, en realidad le conducía al peor de los infiernos. Y conforme ascendía por ella iban quedando más y más atrás su fe, su integridad y su salvación eterna. Eran incontables los preceptos que había transgredido desde que rompió las tumbas de los Vlad. Sacrilegio, violencia, odio, venganza. Su alma se empobrecía, impía y corrupta, mientras triscaba por las piedras labradas en pos de una esperanza última, un acto final de justicia que le diera sentido a su sacrificio librando al mundo de aquella mente perversa y oscura.
Tal vez los relámpagos que tronaban en la distancia eran una manifestación de la ira del Dios de los hebreos que mostraba su furia y su enorme poder. ¡Que le atravesara con ellos si era esa su voluntad! Pero aquel no era su Dios, sino aquel otro, el Verdadero, el Dios del amor, del perdón y la misericordia, ese Dios suyo al que había abandonado con sus actos y traicionado con sus intenciones. Ya se sabía perdido pero, al menos, aún podría salvar a una criatura inocente, esa mujer que subía trabajosamente los peldaños solo unos metros más arriba y que, en aquel preciso momento, desapareció de su vista.
Marie llegó extenuada a la estrecha meseta presidida por la ruinas. El conde alzó su voz y al punto aparecieron dos hombres, dos soldados vestidos con uniforme de otra época: botas altas de montar, casaca hasta las rodillas recogida con un cinturón de cuero, casco de hierro, escudo y espada larga al cinto. Hombres de guerra de tiempos remotos que sin embargo no lucían extraños en aquel recinto amurallado, rodeado de largas estacas firmemente clavadas en el suelo y con un foso rebosante de agua por las lluvias sobre el que había tendido un puente de madera.
Los guerreros, siguiendo las órdenes de su señor, pasaron los brazos de Marie sobre sus hombros y la llevaron entre dos casi a rastras al interior, mientras el conde cruzaba el puente tras ellos y daba nuevas órdenes a algunos otros guerreros que iban acudiendo a su llamada.
El padre y los primeros seguidores llegaron poco después y se encontraron bajado el rastrillo que cortaba el paso al único acceso al recinto. Dos soldados defendían esa entrada apostados en las troneras de las bajas torres almenadas. Era el momento de las armas, y Paul, el que alguna vez fue padre Paul, ya había cruzado su propio Rubicón: tomó el fusil de uno de sus acompañantes y realizó el primer disparo con decisión pero sin puntería, iniciando así el singular asedio.

Siento mucho el retraso, ha sido una semana intensa que no me ha dejado tiempo para casi nada. La idea estaba clara, de hecho tengo claro todo lo que falta por escribir, pero me ha costado trabajo retomar el relato. Y luego pasa lo de siempre: cuando ya estás a gusto escribiendo y las palabras fluyen, vienen más obligaciones y se fastidia todo de nuevo. ¡Así no hay quién pueda!
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3 Comments

  1. A modo de curiosidad, las imágenes que estoy usando son reales, esa es la auténtica fortaleza de Poenari donde vivió Vlad Tepes; he utilizado Google Maps y street view para documentarme un poco, aunque no he sido muy escrupuloso con nombres y distancias, jugando un poco con los datos para adecuarlos a mis ideas.
    La historia de Vlad es (creo) real, no así todo lo que he ido pergueñando (nombres, situaciones, etc)
    Y como habréis comprobado no hay colmillos, tipos de negro que vuelan, balas de plata ni ristras de ajo; os garantizo que todos los personajes son reflejados por los espejos y que ninguno de ellos se alimenta con sangre, entre otras cosas porque da bastante acidez de estómago.
    Me interesaba mucho más la historia que el mito, o tal vez crear un clima de terror distinta, con otros elementos (que ya veréis) y con motivaciones fundadas: la maldad per se no tiene sentido, si me interesara, escribiría sobre política. La maldad precisa de un motivo, una razón que haga que un ser cometa actos horribles.
    Si creyera que la maldad está en los genes no podría creer en el ser humano. El malo no nace, se hace. Y lo interesante es el por qué. Eso vendrá, pronto. Ya falta poco para cerrar el círculo: se desharán sombras, habrá apariciones y desapariciones, se desvelarán motivos y, sobre todo, una identidad que es la clave de toda esta historia. ¡Paciencia!

    ¡Abrazos para todos!

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