Cuando la sangre. (11)

Lo primero que vieron sus ojos fue un techo medio derrumbado hecho de madera y cañas. Se incorporó estremecida y pudo ver al conde avivando una hoguera junto a la entrada, donde había unos palos con ropa tendida para secarse. Toda su ropa. Sintió una repentina desazón, pero se tranquilizó de inmediato al comprobar que estaba cubierta por unas viejas mantas roídas que la mantenían caliente sobre el improvisado lecho de heno.

Aún así fue consciente de que estaba completamente desnuda bajo esas mantas. Un arrebato de pudor hizo que se ruborizara. No recordaba haberse quitado la ropa; en realidad no recordaba nada, aparte de la sensación de estar ahogándose y sentir que el agua la invadía y la asfixiaba. Ese angustioso recuerdo hizo que se agitara y el conde se volvió al oír su respiración entrecortada.

—Marie, ¡al fin despierta! Tranquilícese, ya ha pasado todo.

—Conde, ¿dónde estamos? ¿qué ha pasado? Solo recuerdo que el agua me arrastraba y yo me hundía más y más sin poder hacer nada. Pensé que iba a morir. ¡Ha sido horrible!

El conde se acercó, se agachó junto a ella y la arropó con delicadeza. Estaba envuelto en otra de esas mantas, que le cubría hasta la cintura. La miró con dulzura y se dispuso a contarle lo sucedido.

«Salté al río detrás de usted; traté de alcanzarla pero la corriente me lo impedía. De pronto vi como su yegua se hundía y la arrastraba. Salté de mi caballo y traté de nadar hacia usted, pero ya no la veía. La suerte o la casualidad hizo que pudiera agarrarla por el pelo y tirar para sacarla. Se había desvanecida. La corriente nos arrastró varios centenares de metros, pero conseguí mantener su cabeza por encima del agua, hasta que llegamos a un pequeño remanso y pude agarrarme a un tocón.

«La arrastré a la ribera. Entonces me di cuenta de que no respiraba, así que trate de sacar el agua de su cuerpo moviéndole los brazos y haciendo una fuerte presión en el estómago. Espero no haberle causado ningún daño, pero me vi en la necesidad de hacerlo. Era su vida lo que estaba en juego. Tras unos instantes usted empezó a toser y a expulsar el agua que había tragado. Pero estaba helada, y seguía medio inconsciente.

«Entonces miré a mi alrededor y reconocí el lugar; recordé esta vieja cabaña de leñadores, y pensé que encontraría leña seca y me las podría ingeniar para hacer fuego y lograr que entrara en calor. Cargué con usted y la traje a este lugar, donde lleva descansando un par de horas.

Marie fue consciente de que, de algún modo, sentía el vago recuerdo de algunos de estos hechos. Pero aún conservaba una duda.

—Entonces le debo la vida, Piotr.

—Usted no me debe nada, Marie.

—En cuanto a mi ropa, supongo…

—Fue necesario, Marie. Estaba usted empapada y helada. Tenía que hacerla entrar en calor, y no tuve más remedio. Pero tiene usted mi palabra de honor de que me he portado como un caballero; ha sido complicado, pero logré librarme de botones y corchetes con los ojos cerrados. Eso sí, no le puedo prometer que no se haya roto alguno.

Marie buscó en sus ojos la confirmación de sus palabras. Y aquellos ojos no la esquivaron. Vio también su pelo, todavía húmedo, peinado hacia atrás, y la fuerte complexión de sus hombros y brazos desnudos, sin el menor rastro de vello. Era un cuerpo joven que hasta ese momento habían disimulado los trajes sobrios y oscuros que le daban dignidad a su porte, a la par que lo avejentaban. Por sobre todas las cosas le llamó la atención la larga cicatriz que lucía en toda la extensión del esternón, una línea blanca vertical como recuerdo imborrable de alguna vieja herida. Marie se dio cuenta entonces de lo indiscreto de su mirada y bajo la cabeza, ruborizada.

—No esperaba otra cosa de usted, Piotr, y se lo agradezco de nuevo. Pero debe estar agotado y seguro que tendrá frío con esa manta.

—No se preocupe, la hoguera lleva bastante rato encendida y esta manta es más que suficiente. Espero que no la incomode verme en este estado.

Descubrió, para su pesar, que no solo no la incomodaba, sino que era una visión demasiado agradable, un paisaje inesperado de músculos firmes y gruesas venas marcadas que despertaba su deseo. Marie luchó contra esa sensación abominable. Trató de combatirla llenando su pensamiento con el nombre de Eric, con sus recuerdos, con sus besos, con sus caricias, con la delicada pasión con que le hacía el amor, y al hacerlo solo consiguió excitarse y aumentar todavía más su ardor. Notó la reacción de su propio cuerpo y renegó de ella. Se maldijo a si misma por dejarse llevar de esta manera por sus instintos, por ser tan débil como para traicionar el amor que la unía a su marido.

Mientras tanto aquellos ojos azules la miraban con intensidad, cual si fueran capaces de traspasar las viejas mantas y extasiarse, quien sabe si por segunda vez, con la contemplación de sus formas. La miraban inquietos, como si asistieran a su lucha interior y tuvieran que refrenar el impulso de intervenir en ella para forzar el fin de la batalla. La miraban ansiosos, pues del fondo de sus pupilas manaba un hálito voluptuoso y cálido, un caudal intenso que era fiel reflejo del deseo que a duras penas lograba contener aquel hombre, agachado y tenso como un felino dispuesto a saltar sobre su presa.

Marie trató de eludir aquellos ojos. No pudo. Maldijo su mirada. Maldijo su boca entreabierta y los dos puntos malditos con los que su pecho rompía contra la manta. Miró al techo buscando a Eric, y de pronto el techo se hizo hombre y poso sus labios sobre ella. Y Marie quiso que desapareciera, y también quiso que se quedara. Sus brazos le desobedecieron alrededor de su cuello. Su boca se rebeló en un beso prohibido. Su cuerpo huyó de ella para entregarse en siniestras contorsiones alrededor de un hombre que no se llamaba Eric y, rendida ya sus defensas, Marie se entregó por entero a su fiero empuje. Entonces supo que ya siempre sería otra, y arrastrada por aquella voluntad ciega consumió los restos últimos de su esencia en torrentes de sudor que descendieron por su cuerpo.

El conde quiso despertar a Marie esta vez con un beso, pero el remordimiento le había robado el sueño.

—No quería molestarla de nuevo, pero ahora que está usted despierta tengo que salir a buscar ayuda; no podemos pasar la noche bajo este techo lleno de agujeros, y lo cierto es que no nos queda mucha leña seca. Si se encuentra usted con fuerzas, me atrevería a dejarla sola e ir en busca mis sirvientes.

—No se preocupe por mí, Piotr. Vaya a buscarles, por favor.

—Quédese tranquila, el fuego mantendrá alejadas a las alimañas. Y si necesita algo o se ve en peligro, grite, no estaré lejos.

Marie aprovechó que estaba sola para acercarse a la hoguera y ponerse la ropa. Pero siguiendo un fiero arrebato salió de la cabaña y se expuso desnuda a la lluvia. Las gotas de agua limpia y fría transitaron por su cuerpo acompañando a las lágrimas.

Cuando reapareció el conde a los pocos minutos, con el rostro demudado, Marie ya estaba vestida y seca.

—Marie. Estamos en peligro. Tenemos que irnos de aquí.

—¿Qué sucede?

—No sabría explicarle, pero hay una muchedumbre reunida río arriba, portando armas, y en el río he descubierto el cuerpo de uno de mis sirvientes.

—¡Eso es terrible! Pero, ¿a donde podemos ir?

—No podemos cruzar el río. Y creo que habrán visto ya el humo de nuestra hoguera. Tenemos que irnos ya, y solo podemos ir a Poenari.


 

Nota: Una cosita un poquito tórrida, ¿no? Conste que no es mi estilo, y que me cuesta un disparate escribir ciertas cosas porque me educaron con una montaña de tabúes, pero creo que tenia que hacerlo, y lo he hecho.

Espero no haberme pasado de frenada. No me encuentro cómodo escribiendo ese tipo de cosas. Mis disculpas si es ofensivo o molesto para alguien.

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9 Comments

  1. Israel, chapó.
    Es sencillo, elegante, medido pero apasionado. Vamos, que para no ser tu estilo te has coronado. Está todo en su justa medida: ni te pasas de sosaina, ni es burdo u ofensivo.
    Me ha encantado, y ya sabes que yo no hablo por cumplir, prefiero hacer mutis cuando no me convence.
    Creo que sí, voy a tener que regalarte “Ovulin”, tu lado femenino se ha despertado.
    Besacos!

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    1. Vaya, como siga empatizando con mis personajas me va a costar un disgusto!😂😂
      En serio, me ha costado. Mucho. Ayer salieron dos capítulos de tiron, y este de hoy me ha tenido como un relojero montando las palabras.
      Bueno, a pensar ya en los dos o tres que quedan, hay muchos cabos sueltos y los tengo que ir atando.
      Muchas gracias, compi, que te haya gustado es la mejor satisfacción posible.
      Un abrazo!!!

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  2. Como nota al margen: se bien que las historias por entregas decaen a medida que va creciendo el número que se pone en el título: ¿quien va a leerse un capítulo 33 que se encuentra por casualidad? Solo unos pocos, muy pocos, que seguramente busquen el capítulo 1 para leerlos en orden y enterarse bien del asunto.
    Podría haber puesto un título a cada capítulo, e incluso haber prescindido del número.
    Pero no he querido.
    Esta historia es para Sadire, que la está siguiendo y me está ayudando con sus comentarios, y para los pocos/as como tú que habéis sido fieles a ella. El resto, no importa.
    Aun sabiendo (y procurando) que estos miles de palabras tienen tan poca audiencia, están mereciendo la pena: en cuestión de lectores, me importa la calidad, y me trae al pairo la cantidad.
    Porque además yo creo que ese es el espíritu de Historias a Medida. Historias de alguien y sobre todo para alguien. Esa comunicación entre escritor y lector, por encima de gustar, complacer o ser popular. El acto de escribir es más especial cuando el destinatario tiene nombre, como aquellas cartas de antaño que ya nadie escribe. Es la pureza de la comunicación, de la que además pueden disfrutar otros, pero esos otros también forman parte del invento, piden o crean historias a Medida.
    Si, este es el único sitio que se pasa por el forro audiencias, popularidades y estadísticas: importan las personas, no su número.
    Por eso, decidir ponerles solo un número a las entregas equivale a esconderselas a quienes simplemente se pasean por los sitios, y como mucho dejan un me gusta de cagalástima.
    Hay millones de blogs para eso.
    Solo hay uno para escribirnos unos a otros.
    ¡Viva la diferencia!
    Abrazos!!!

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  3. Me ha gustado mucho el capítulo, sensualidad comedida apenas insinuada, pero que le da un puntito diferente. Para no encontrarte a gusto escribiendo sobre los escarceos amorosos, lo has hecho muy bien, ¡no puedo imaginar cómo lo harías si te gustase! sería ya la bomba…
    Un abrazo.

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