La Jeni, discipula de Murphy

Jenifer era una chica de las de armas tomar, no porque fuera agresiva, si no porque nada se le ponía por delante y si algo se ponía se lo comía y punto. Así estaba ella que pesaba más que una vaca en brazos

—¿Qué cuanto pesa una vaca?— Pues muy sencillo, la coges en peso y lo averiguas tú, que a mi me da la risa.

A lo que íbamos, Jenifer tenía un “don” sí, como lo oyes, o más bien como lo lees. Tenía un don. —Sí lo se, se que hablo en pasado, tenía—  pero si me interrumpes cada dos por tres no vamos a acabar, y así no voy a poder dar a luz esta historia —que por que digo dar a luz— porque lo que haces es como un coito interruptus, o sea una marcha atrás en la historia y así no hay forma de concentrarse y acabar con un ritmo adecuado—

Bien, como decía, Jeni —como todos la llamaban— tenía el don de ser discípula de Murphy —¿Cómo que quién es Murphy? Que pasa que no sabes nada, pues haber estudiaó, haber si te lo voy a tener que enseñar yo todo, y por enseñar cobro, aunque hoy este haciendo una excepción— ¿Bueno por donde iba? ¡Ah, si! Por el principio, porque no me dejas que avance ni una linea.

Jeni era una chica muy trabajadora, trabajaba en la sección de perfumería de un gran almacén, en el departamento de perfumes y colonias por litros —¿que ese departamento no existe? Querrás decir que no existía, hasta que empezó la Jeni a trabajar en perfumería, al cabo de dos días olía todo el establecimiento a Chanel, Tito Bluni, a O´la Cuas o como se diga— El primer pedido que paso por sus manos, también paso por el suelo, más de trescientos euros en perdidas por roturas de frascos, —si, fue accidental, pero fue— Una de las primeras mañanas se le acerco un cliente, éste buscaba un perfume para él y le vendió uno que se llamaba buscando a Jacks. Le dijo que era muy bueno, que ella había visto el anuncio en televisión y que atraería a las chicas guapas en motos Harley. El cliente lo compro satisfecho y se fue muy contento. Hasta que una semana más tarde el mismo cliente volvió a buscar otro bote de perfuma más varonil, ya que el anterior no le iba mucho, se le habían propuesto ocho moteros, eso si en que iban en Harleys tenía razón, pero desde que se echaba a Jacks encima se sentía como mas femenino, hasta se había acostumbrado a llevar un tanga con liguero.

Cuando la Jeni le dijo que eso era bueno, el cliente le dijo, que su mujer no pensaba igual, que desde entonces la nevera esta llena de carne, pescado y frutas y el no ha visto un solo tiket de ninguno de esos establecimientos, que algo le olía mal. La Jeni muy avispada ella, las cogía al vuelo le dijo.

  • Debería usted limpiar la nevera, hay algo que se le esta echando a perder.

El cliente con cara de circunstancias le dijo.

  • Si lo se, creo que es, el conejo de mi mujer.

Cuando por fin convenció a la Jeni para que le vendiera otro frasco de perfume, ella le ofreció Baron Dandi, la misma colonia que se echaba su padre, después de afeitarse.

  • Se iba a trabajar a la fábrica, sabe usted, trabajaba en una fundición. Bueno pues volvía a casa después de doce horas de duro trabajo y todavía olía a la colonía.
  • El hombre no estaba convencido, pero al final se la llevo.

El cliente volvió, vaya si volvió.

La Jeni al verle venir, puso su mejor sonrisa, la de la mula Francis y le espero como un matador de toros delante de la puerta de toriles, sin miedo, sabiendo que iba a darle dos capotazos, tres manoletinas y saldría por la puerta grande. —Sí, es un simil, Jeni estaba de buen ver, tanto que había que mirarla tres veces para abarcarla entera, pero no tanto como para que tuviera que salir por la puerta de los camiones, que exagerada eres mujer, en cuanto veis un espejo os entra la paranoia—. Como te iba diciendo, aquel hombre iba un poco, digamos acalorado —que porque lo sé, por que una nube de vapor avanzaba a la misma vez que él—. Fue hasta la Jeni y le dijo de todo menos guapa, algo normal no era guapa, era de buen ver, ¡Pero guapa! no precisamente. Ella trato de calmarle, le agarro del brazo, con tanto tino que le rompió la manga de la chaqueta por la costura. Aún así consiguió que se calmara un poco y le pregunto que porque estaba así de alterado, —¿Qué si estaba mucho? Tanto que tuvo que atarlo a la silla para que se estuviera quieto en el mismo sitió—.

El cliente le dijo que se había empezado a echar la colonia esa que le vendió la última vez y que se fue a trabajar a la oficina como siempre, a los tres días llamaron a los del centro de enfermedades contagiosas porque se creyeron que había un agente contaminante en los conductos del aire.

  • Pero eso no es lo peor —dijo abatido.
  • ¿Qué es lo peor, según usted?
  • Mi mujer, mi mujer que me ha dejado.
  • ¿Se ha ido con otro?
  • Que va, se ha ido con otra, por que no soporta el olor a hombre, y eso no es lo que me duele, lo que me duele de verdad es que desde que se fue, tengo la nevera vacía.

 

Rompió a llorar el hombre desconsolado.

Nota de Autor: Esta historia es a petición de María del Mar de Ladoncelladelaola. Por no leer antetamente su petición inicial a traves de Sadire, creé una historia a medias, en cuanto al concepto de lo que pedía, así que me he creído en la obligación de crear otra, con la segunda parte de su petición.

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