Cuando la sangre (9)

El conde no pudo más que ceder a la determinación reflejada en los ojos de Marie. De nada sirvieron sus excusas, como el estado precario del camino, lo avanzado de la hora o la necesidad de preparar un carruaje. Los silencios de Marie pudieron con sus ruegos. Mientras preparaban la intendencia, Marie le pidió hacer una parada en la iglesia para ofrecer una plegaria por su marido con la intención velada de ver de nuevo al padre.

—Eso nos retrasaría aún más, Marie. No es aconsejable transitar por esos caminos de noche, aparte de que el tiempo es cambiante en esta estación.

—Creáme que lo necesito, conde.

—¿Se trata tan solo de dedicar una oración? Puede hacerlo aquí, Marie, mientras preparan los caballos.

—Sus salones son una maravilla, Piotr, pero lo cierto es que no invitan al recogimiento.

—No me refería a este lugar. Tenemos una pequeña capilla. Por favor, acompáñeme si es tan amable.

Tras una puerta doble presidida por la cruz ortodoxa se hallaba un pequeño recinto escasamente iluminado por la luz que se filtraba por unas estrechas vidrieras bizantinas. Los criados se apresuraban retirando las sábanas que cubrían los escasos bancos de madera, los iconos, las imágenes de santos para ella desconocidos y el alto retablo dorado sobre el que caían haces de luz poblados de mínimas luciernagas de polvo despertado de un reposo de decenios. Marie se arrodilló ante una imagen de la Virgen María y simuló todo el recogimiento de que era capaz, pese a su agitación interna. Esperó unos minutos hasta que el conde dió orden de que todos abandonaran la capilla y salió el último, cerrando la puerta por respeto a la devoción de su huésped.

Marie aprovechó entonces para levantar la vista y contemplar aquel lugar abandonado, testigo singular de las interminables horas de sufrimiento de la condesa y de sus confesiones amargas con el padre Paul. Resonaban aún los ecos de una conciencia atormentada, de una irremediable prisión en vida. Cada imagen, cada icono y cada cuadro podrían hablar de lágrimas, de impotencia y de frustración. Reparó entonces en algunos muebles que estaban todavía cubiertos con sábanas blancas y, saliendo de su ensimismamiento, no pudo resistirse el impulso de descubrirlos.

Entre nuevas nubes de polvo encontró viejos reclinatorios, misales, estatuas y al final, en un rincón, un grupo de cuadros apilados en el suelo que atrajeron su atención. Los fue mirando uno por uno hasta que de pronto descubrió con sorpresa un retrato de la condesa. Eran espejo, en realidad, porque se vio a sí misma, sin duda posible. Ella había llevado ese mismo traje la noche anterior, y el mismo collar. Tal fue su perplejidad que dejó escapar un grito ahogado al comprobar el extraordinario parecido.

Tapó los cuadros de forma apresurada y volvió corriendo a arrodillarse ante la Virgen. Justo a tiempo, pues el conde entraba ya por la puerta para anunciarle que los caballos estaban listos.

En las caballerizas comprobó que en pocos minutos se había preparado una verdadera expedición: varios sirvientes montaban ya a caballo, otros habían enganchado el tiro a un carruaje cubierto y el propio conde la esperaba sujetando por la brida a una yegua blanca, alta de cruz, ancha de pecho y de porte majestuoso a la que habían ensillado con una lujosa montura de amazona con guarnición de cuero recamado.

—Conde, si no le supone una molestia, preferiría otra silla.

—Pensé que esta sería la más apropiada. Discúlpeme, debo estar algo anticuado, no podía suponer que una dama quisiera montar a horcajadas.

—Me crié en el campo, entre caballos. Con esa silla no podría dominar bien a esta presiosa yegua.

Iniciaron la marcha al mediodía por caminos embarrados que amortiguaban el sonido de los cascos de los caballos. El conde y Marie encabezaban la marcha, seguidos por el carruaje y los sirvientes. Uno de los criados se adelantaba para reconocer el camino y volvía cada cierto tiempo a informar al conde de cualquier incidencia o dificultad. El conde le explicaba a cada paso las curiosidades y anécdotas de los hitos más destacables que les iba ofreciendo el recorrido, y así le habló de la vieja choza donde solían tomar un refrigerio cuando salían de caza, del puente de madera reconstruido tras las inundaciones del setenta y seis, de la cascada del río donde abundaban las truchas y de otros lugares señalados. En cierto momento, Marie se decidió a arriesgar preguntas que la consumían.

—Conde, discúlpeme si le presento una cuestión que tal vez podría ser incómoda para usted, pero esa pequeña capilla, los trajes que me ha prestado y el maravilloso collar han despertado mi curiosidad sobre su difunta esposa.

El conde detuvo su cabalgadura y por unos instantes doblegó su cabeza, eternamente erguida, mientras acariciaba con suavidad las crines de su corcel.

—Fue una pérdida irreparable, Marie. Aun hoy, después de tantos años, me sigue doliendo hasta su recuerdo. La amé de tal manera que… Quizás sea esa la razón por la que comprendo a la perfección todo su sufrimiento y su zozobra. Solo quien ha amado con tal intensidad puede entender…

—Le ruego que me disculpe, Piotr, Ha sido un atrevimiento por mi parte, no pretendía disgustarle…

—No, por favor, no se sientaculpable. Usted no podía saber… Renata era una mujer excepcional. Cuando la conocí supe que ella era la elegida, la mujer con quien yo quería compartir mi vida. Ella fue lo único auténtico que pude encontrar en la corte, un oasis de verdad entre tanta ostentación e hipocresía. Tenía que sacarla de allí. Nos casamos en nuestra pequeña capilla, sin lujos, sin invitados, sin más testigos que el amor que nos profesábamos. Vivimos unos años felices hasta que ella quedó en cinta. La ilusión de nuestro primer hijo vino como el mejor de los regalos, pero se desvaneció en un parto horrible que casi acabó también con su vida. Y nunca logró reponerse. Hice venir a los médicos más ilustres, le procuré los mejores cuidados, pero fue en vano. Era su alma lo que había enfermado. Por largos años sufrí viendo como se consumía, encerrada en esa misma capilla que se convirtió en una prisión, una jaula de la que ya nunca quiso salir. Por eso no la he vuelto a pisar hasta el día de hoy; ese lugar alberga demasiado dolor, demasiado sufrimiento. Crea que si no la he mandado derribar ha sido solo por respeto a su recuerdo.

—De veras que lo lamento, Piotr. He sido muy desconsiderada al preguntarle sobre ella, cuando podía presentir que no sería muy grato para usted.

—No necesita disculparse. En realidad me hace bien poder hablar de ella. Los recuerdos a veces se enquistan y pueden llegar a amortajar el alma. Pero ahora debemos proseguir, no quisiera que nos sorprendiera la noche en estos andurriales.

El conde cabalgó en silencio durante un largo trecho, hasta que el criado que actuaba de avanzadilla regresó con cara preocupada.

—Marie, me dice mi sirviente que el puente sobre el Arges no está transitable. El río baja muy crecido. Creo que deberíamos regresar.

—¿No existe otro camino, Piotr? Ya que hemos llegado hasta aquí, creo que deberíamos intentar alcanzar nuestro destino. ¿Falta aún mucho para llegar?

—En realidad solo quedan tres o cuatro millas. Pero si no podemos cruzar el puente tendríamos que desviarnos al Oeste a campo través y tratar de cruzar el vado que hay río arriba.

—Entonces, si es posible, ¡hagámoslo, se lo ruego!

—Pero no es seguro, Marie. El vado podría estar intransitable. Además, tendríamos que prescindir del carruaje, y si nos sorprende la lluvia no tendríamos refugio.

—No haga que me humille, por favor. He hecho miles de kilómetros para llegar hasta aquí, y no voy a abandonar mi propósito ahora que estamos tan cerca. ¡Se lo ruego, Piotr, sigamos adelante!

El conde cedió, muy a su pesar, y ordenó que esperaran allí con el carruaje. Mandó a su sirviente que hiciera de nuevo de avanzadilla para adelantarse hasta el vado y comprobar si se podía cruzar a pesar de la crecida.

—Le confieso que me admira su perseverancia, Marie. Mi nobleza me obliga a estar a su altura. ¡Vayamos, pues! Pero la oscuridad empieza a crecer: No podemos ir al paso. ¿Al trote, quizás?

—¡Al galope si es preciso, Piotr!

Azuzando a sus cabalgaduras por entre montes y bosques de arbustos, el conde y Marie emprendieron la marcha a tal ritmo que los sirvientes que les seguían a caballo llegaron a temer que sufrieran alguna caída. Una suave llovizna empezó a empaparles, mientras cabalgaban por las laderas en la ribera del río. Pareciera que competían, agarrando con firmeza la brida y espoleando a sus corceles que respondían con nobleza a la menor presión de sus rodillas y al doloroso impacto de sus talones exigiéndoles más brío. Tras largos minutos, el conde descubrió que ya no tenía que refrenar su caballo para no dejar atrás a Marie sino que, para su sorpresa, la increíble amazona le aventajaba y le obligaba a picar espuelas para seguir su paso.

Pronto alcanzaron al sirviente que acababa de llegar al vado y volvía para informarles.

—Marie, el río baja crecido y el vado se ha vuelto muy peligroso. Mi sirviente ha llegado a cruzar casi hasta la mitad del cauce y el agua le cubría ya por las rodillas. No puedo tolerar que usted se arriesgue a morir ahogada. Tenemos que dejarlo aquí. Podremos volver mañana, si mejora el tiempo y el puente está transitable.

Marie vio que todo estaba perdido. Supo de alguna forma que ya no iban a volver. Que al día siguiente llegaría algún otro testimonio falso, o que se cerraría aún más la red de mentiras y al final lograrían hacerla desistir. Pero, sobre todas estas inquietudes, ella tuvo la certeza de que si dejaba pasar esta última oportunidad, entonces iba a flaquear. Supo que su determinación iba a caer, que su esperanza se iba a desvanecer. Supo que si no cruzaba ese río iba a abandonar.

Apretó los dientes, sujetó firme las riendas y clavó sus talones en los ijares de su yegua blanca que saltó como animada por un resorte y se arrojó decidida a la corriente del río.

Marie sintió el agua helada ascender por sus piernas mientras pugnaba contra la corriente que la obligaba río abajo. La yegua respondía con heroicidad a sus ordenes, luchando a cada paso, mientras se hundía más y más en aquel torrente imparable.

El conde saltó tras ella, clavando sus rodillas en los costados del caballo a la par que le gritaba a Marie que se detuviera, rogándole que volviera, insistiéndole en que no podría cruzar.

Pero Marie estaba decidida. No iba a volver. Lucharía contra aquella corriente como había luchado contra todo y contra todos para recuperar a su marido. A cada paso iba sumergiéndose más y más. La otra orilla parecía cada vez más distante, mas imposible de alcanzar, y sin embargo era su única salvación. El agua ya cubría su cintura; sentía la fuerza de su yegua tensada al límite, afirmando los cascos entre las piedras del fondo, aunque apenas si asomaba ya la cabeza sobre la superficie.

El conde no lograba alcanzarla. Maldecía su imprevisión al no haber sabido anticipar la decisión de Marie para, quizás, haber retenido la yegua en la orilla agarrandola por la brida. Veía impotente como Marie avanzaba cada vez más despacio, casi hundida su cabalgadura, y empujada sin remedio por la corriente. Pronto la yegua perdería pie y serían arrastradas sin remisión. Aflojó entonces una rodilla y tiró de la rienda para avanzar en el sentido de la corriente, tratando en un último y desesperado intento de acortar la distancia entre ellos.

Marie experimentó con terror el preciso momento en que su yegua empezó a flotar. Y entonces se supo perdida. Sin apoyo en el fondo, la corriente arrastraría a su yegua a su antojo. Pero ya no pudo razonar más. El agua la envolvió como una manta asesina. Su último grito desesperado solo sirvió para que el agua entrara a borbotones por su boca. Sus músculos, ateridos, apenas respondían. Ya no sentía a la yegua entre sus piernas. Tampoco sentía ya el frío. Ni el dolor. Ni el final de su búsqueda, ni el de su propia existencia. Un único pensamiento trágico llenó su mente, un único deseo, una única, desesperada e imposible aspiración.

Una única palabra. Aire.

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2 Comments

  1. Intenso y del todo creíble. Muy bien descrito, consigue reflejar la tensión del momento. A ver el salvador por donde aparece…

    PD: “Eran espejo, en realidad, porque se vio a sí misma, sin duda posible. Ella había llevado ese mismo traje la noche anterior, y el mismo collar. Tal fue su perplejidad que dejó escapar un grito ahogado al comprobar el extraordinario parecido.”
    Creo que hubiese construido esta frase al revés, no me suena bien “Eran espejo”. Quizá “Tal fue su perplejidad al verse reflejada como si los cuadros fuesen espejos” o “Tal fue su perplejidad al verse reflejada en aquellos cuadros que parecían espejos…”
    Besacos, Israel!

    Le gusta a 1 persona

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