Cuando la Sangre. (8)

En el camino de regreso Marie tuvo que soportar las miradas acusadoras, o acaso suplicantes, de Kristine y los otros sirvientes, quienes con seguridad tendrían que afrontar una severa reprimenda. Pero el relato del padre Paul la tenía todavía absorta. A pesar de que había revelado hechos trascendentales, y Marie tendía a creerle, el padre no había despejado muchas incógnitas; si cabe, había añadido otras nuevas.

Marie no estaba muy satisfecha con algunas de sus explicaciones. Si el padre había estado en realidad con Eric aquellos días, entonces ¿Por qué no había dicho nada en la reunión de la tarde anterior, cuando se planeó la búsqueda? ¿Por qué no había desmentido a aquel testigo que afirmaba que Eric había tomado otro camino acompañado de una joven? ¿Acaso le había mentido? Pero el padre Paul no podría conocer todos aquellos detalles tan íntimos, ni desde luego Montparnasse, de no ser por boca de Eric. ¿Sería cierto, entonces, que solo trataba de protegerla del conde?, ¿Era verdad que se encontraba en peligro, y que habían tejido una red de mentiras a su alrededor para ocultar la desaparición de su marido? Pero, de ser así, ¿Por qué? ¿Qué resorte habría podido tocar Eric para que todo el pueblo, excepto el cura, se hubiera confabulado para borrar su rastro?

Por otra parte estaba la difunta esposa del conde, de la que nadie hablaba a excepción del padre. ¿Debía creerle? Según él, la dama se había casado por amor. Había llegado joven y lozana a aquel pueblo de la mano del conde, para después languidecer durante años encerrada entre los muros de aquella casa, incapaz de darle un hijo y, tal vez por ello, consumiéndose entre complejos y amargos reproches, enfermando de tristeza y muriendo entre los brazos de un amante y entregado esposo al que dejó de amar a las dos o tres primaveras, pero al que nunca, jamás, dejó de temer. ¿Que pesares, que sentimientos, que culpas no le habría podido confesar ella al padre, su aliado, su único amigo en aquel lugar donde era ley no escrita reverenciar a su esposo, para que el padre, pese a sus labios sellados, no dudara ahora en avisarla de graves peligros? Una historia que no debería repetirse, le había dicho. Un parecido asombroso, nombró. Y no podía negar que el conde, viudo aunque todavía joven, la colmaba de atenciones.

Y en el fondo, presente en todo momento desde que llegó a aquel pueblo, aparecía siempre la antigua figura del príncipe Vlad, Vlad Tepes, Vlad el empalador, y su fortaleza maldita de Poenari, la ruina que un día estuvo rodeada de almas horriblemente sacrificadas, el lugar que las gentes no se atrevían ni tan siquiera a nombrar, el foco que había atraído a Eric tal vez para su perdición -que horrible pensamiento-, la sima más profunda del misterio que dominaba aquella región.

No podía eludir los impulsos de su propia intuición. Sabía que tenía que ir a ese lugar. Sabía que tenia que seguir los pasos de Eric hasta allí, y tal vez encarar la peor de las circunstancias.

Pero había algo más. Un detalle al que no había concedido importancia. Una pregunta apresurada del padre mientras se disponían ya a salir de la cripta, cuya respuesta había quedado en el aire y ahora pugnaba por salir a flote. Porque, no, en todo el tiempo que llevaba en Curtea de Arges, Marie no recordaba haber visto ni un solo niño.

El landó llegó al patio de la casa, y Marie se encontró al propio conde esperándola a la puerta.

—¡Marie! ¡Cuánto ha tardado usted! Pero al fín está aquí. Pase. Pase, por favor. Tenemos novedades sobre Eric. Acompáñeme, Marie, nos están esperando.

—¿De qué se trata, Piotr? ¿Le han encontrado? ¿Hay indicios de su paradero?

—Es mejor que lo oiga usted misma. Ya conoce al comisario Mureanu, y este oficial es uno de los que envió a buscar el rastro de Eric.

El hombre con el uniforme gris manchado de barro se mantenía en posición de firmes, pese a su evidente estado de agotamiento. Mureanu le dijo algunas palabras en húngaro, ordenándole que volviera a contar lo que sabía. El oficial miró a la extranjera, con ese matiz en la mirada que otorga el deber cumplido, e inició un breve relato con frases cortas y concisas, casi sin entonación, cuyas palabras fue traduciendo el conde.

—Hay testigos que afirman que un hombre cuya descripción encaja con la de su marido llegó hace unas cuatro semanas a una fonda de Vâlcea, a unos veinte kilómetros al Este. Al parecer pasó allí la noche y a la mañana siguiente tomó el camino de Sibiu, en dirección Norte. Desde luego si pretendía desplazarse a Transilvania es la mejor elección para atravesar las montañas.

El comisario, tras esperar a que el conde tradujera, le insistió a su oficial para que prosiguiera con su relato. Esta vez el conde no tradujo de inmediato. Espero a que terminara y les dijo en su idioma que podían retirarse.

—Marie, tiene usted que ser fuerte. No es agradable lo que ha dicho ese hombre.

—Conde, estoy preparada para lo que tenga que decirme, pero no lo prolongue más, se lo ruego.

—Según dice este hombre, su marido viajaba acompañado por una mujer joven. Se registró con nombre falso. Durmieron en la misma habitación.

—¡Eso es imposible! ¡Eric sería incapaz de… de eso! No, ese hombre miente. ¡Miente!

—Marie, se que esto es difícil para usted. Se cuanto debe usted amar a su marido, tanto como para hacer este arriesgado viaje más allá de toda prudencia. Ha demostrado usted una fortaleza impensable en una mujer. Por esa misma razón, por todo lo que ha hecho, por todo lo que ha arriesgado, por esa determinación y ese arrojo, ahora tiene usted que ser capaz de afrontar la verdad. Dos testigos confirman el hecho. Marie, tiene usted que considerar la posibilidad de que su marido, dadas las circunstancias, haya desaparecido solo porque quería desaparecer.

—¡Jamás! ¿Me oye? ¡Jamás!

—Marie, tranquilícese, por favor. No se enfurezca conmigo. Solo quiero ayudarla. Yo no le ofrezco consuelo, sino la verdad. Debe usted pensar y analizar los hechos con serenidad. Un hombre como Eric no pasa desapercibido. Es posible que pronto aparezcan más testigos. Es posible que, dentro de un tiempo, demos con él. Y es posible que se confirmen nuestras peores sospechas y su marido esté en brazos de otra mujer.

Marie, vencida por la pesada carga de los acontecimientos, cerrada a la razón y aferrada únicamente al convencimiento de que el amor que se juraron ante la tumba de Baudelaire perduraría más allá de cualquier afán, enterró la cara entre sus manos para contener la ira, y las lágrimas.

—Marie, aún no es un hecho, es solo una posibilidad, pero una mujer tan íntegra y honesta como usted, una mujer capaz de un amor sin límites, no merece en absoluto un final tan amargo para su búsqueda. Solo le pido que considere esa posibilidad, y que así le pueda dar tiempo a su alma para protegerse de la más horrible de las decepciones.

El conde se acercó a Marie y agarró con extrema delicadeza una de sus muñecas. Tiró de ella con suavidad, pero con firmeza, y puso sobre su mano su pañuelo de seda con sus iniciales bordadas. Ella lo apretó unos instantes, lo abrió con las dos manos y comenzó a acercárselo a sus ojos, pero detuvo el movimiento, alzó la barbilla y, mirando al conde, le dijo:

-Poenari. Tengo que ir a Poenari.

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5 Comments

  1. Este se va a cagar cuando Marie saque las garras, lo estoy viendo, ya pueden revolotear a su alrededor los murciélagos que no se va a achantar.
    PD: “era de todo punto imposible que aquel cura hubiera sabido tanto sobre Eric”
    No me suena bien la frase, no sé si es por la expresión -no era de todo punto- o por la construcción en sí.
    Cuando te molesten mis PD, solo tienes que decirlo.
    Besacos, Israel!!!!!

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    1. Prepárate, que se avecina escena tórrida.
      Es cierto lo de esa frase, rechina un poco la verdad. Y la puse después, al corregir… volveré a cambiarla!
      Y tú, ¡critica a pleno confort, que es de gran ayuda! Cada una de esas PD valen su peso en oro.
      Abrazos sin Medida!!

      Le gusta a 1 persona

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