Cuando la sangre. (7)

—En este lugar no pueden oírnos. Podemos hablar con tranquilidad.

—¿No bajarán a buscarnos? —contestó Marie en voz baja.

—Mire a su alrededor. Aquí descansa gran parte del árbol genealógico de Vlad Tepes. No bajarán.

—¿Tepes? ¿No debería ser Vlad Deac, como el conde? Si él es su último descendiente… nunca me ha hablado de ese apellido.

—No me extraña, aunque imagino que sí le habrá hablado sobre su antepasado, y sobre la historia de su familia.

—Así es, padre, y aunque yo no soy Eric, créame que me interesa. Pero imagino que podremos estar muy poco tiempo aquí, y mi única preocupación es saber algo sobre mi marido.

—En eso esta usted equivocada, madame. En estos momentos, su mayor preocupación debería ser usted misma. Su propia seguridad. Su vida. Como le he dicho, está en grave peligro. Es necesario que lo comprenda, y para ello es imperativo que me escuche con atención. Pero antes debo hacerle una pregunta: ¿es usted una persona creyente?

—En realidad no soy muy devota pero, ¿qué importa eso ahora?

—Déjeme juzgar lo que es importante y lo que no lo es. Le pido que confíe en mí. Me da igual su confesión, ya sea usted católica, protestante u ortodoxa, pero respóndame con sinceridad: ¿Cree usted en Dios Padre?

—Desde luego.

—Bien, hija, para mí es suficiente, y creo que también lo será para el Señor. Porque vamos a necesitar de toda su fe. Y ahora permítame que le cuente una historia.

El padre Paul se acercó a uno de los sepulcros que había en tierra, una pesada losa de piedra tallada con inscripciones y algunas filigranas, sacudió el polvo con el faldón de su hábito en una zona y dio dos suaves palmadas en ese mismo lugar para indicarle a Marie donde podía sentarse. Se colocó en pie frente a ella, justo donde la tenue luz de la vela le podía iluminar el rostro, e inició su relato con voz tranquila

«Allá por el siglo XIII el principado de Valaquia estaba amenazado por el imperio Otomano. Las guerras se sucedían. Los turcos querían hacerse con estas tierras y trataron de conquistarlas por las armas en múltiples ocasiones. El príncipe Vlad unió a su pueblo y les presentó a los turcos una fiera resistencia. Consiguió impedir la invasión a costa de tremendos sacrificios. Se perdieron muchas vidas. Hubo hambre y sobrevinieron enfermedades y epidemias.

«Vlad fue un hábil estratega y un valeroso caudillo, pero tenía un carácter firme e implacable. Tal vez no podía ser de otra forma: Estaba obligado a mantener unido a su propio pueblo y empujarlo a luchar para contener a los otomanos. Comprenda que eran otros tiempos, y que las guerras hacen aflorar lo más bajo de la condición humana. Las guerras no solo se libran en los campos de batalla. Hubo traiciones, sobornos, espías… Muchas veces el enemigo se encontraba en el interior.

«Pero además hay que considerar que el imperio no se andaba con remilgos; sus hordas eran temidas por su crueldad y falta de escrúpulos. Se creían invencibles y, amparados por su gran número, no conocían el temor. Parte de su fuerza era la consciencia de su propia superioridad. Era necesario por tanto infundir en ellos el miedo. Un temor irracional y demoledor, un temor que debilitara sus filas y les hiciera más débiles.

«Se cuenta que Vlad rodeó su fortaleza con los cuerpos empalados en vida de los enemigos que capturaba y de aquellos que le espiaban o traicionaban. Vlad Tepes le llamaron, Vlad el empalador. Su nombre y su fama de hombre poderoso y cruel fueron el peor azote de los invasores. Para la historia es un malvado, para nuestra gente es un héroe, y los héroes no son más que personas que actúan obligadas por las circunstancias. Es Dios Padre, y no nosotros, quien debe juzgar sus actos.

«Supongo que esta historia, hasta el momento, difiere en mucho de la que pueda haberle contado el conde.

—En gran medida, padre. Tan solo me habló del valor de su antepasado y de su fiera resistencia contra los invasores.

—Es natural; como todos en la región, ha idealizado a su antepasado, pasando por encima de su leyenda negra. Pero la historia no termina con Vlad Tepes.

El padre se acercó a Marie y se sentó a su lado, cual si procurara inspirarle mayor confianza con su cercanía, y prosiguió con el relato.

«Tras la muerte del príncipe Vlad el riesgo de invasión seguía latente. El principado no podía caer en manos de un príncipe débil, alguien que no se opusiera con valor y determinación a los invasores. En aquella corte feudal cundió la inquietud y la incertidumbre entre los señores mientras sus hijos pugnaban entre ellos para hacerse con el principado, con artes de dudosa honorabilidad en ocasiones.

«Mas uno de ellos, curiosamente el menor, se impuso sobre los demás. Pese a su corta edad logró someter a sus hermanos que, subyugados por su fortaleza de carácter y su crueldad, renunciaron a sus pretensiones. Muchos vieron en él a un nuevo Vlad Tepes. Y de hecho la empalizada de Poenari volvió a estar rodeada de cuerpos empalados. Entre ellos, dos de sus propios hermanos.

«A su muerte volvió a ocurrir algo similar entre sus descendientes, y este hecho se repite generación tras generación: siempre hay un heredero valeroso y cruel que se impone a los demás, por encima de la línea de sucesión.

«Durante la ocupación otomana se pierde el rastro a la dinastía, que pervive bajo la sombra de los invasores, oculta y latente, despojada de todo poder, de sus sin tierras y propiedades, y sin embargo no se extingue. Mire a su alrededor. Cuando llegué a esta iglesia hace ya bastantes décadas me sorprendió que la cripta no albergara hombres santos, ni mártires, sino a los distintos cabezas de la dinastía Tepes. ¿Por qué razón descansan en suelo sagrado cuando no se distinguieron precisamente por su fe o su bondad?

—Eso no es tan extraño, padre, en algunas grandes catedrales de Europa descansan reyes, personajes relevantes y autoridades de renombre.

—Nuestra iglesia no es tan, si usted me lo permite, hipócrita. Esta cripta debería estar en Poenari, o en la mansión del conde, o en alguna otra de sus muchas propiedades, pero desde luego no aquí, no en la casa de Dios. Pero volvamos a la historia. Le pido ahora que observe algunos de estos nichos. No va a comprender las inscripciones, pero nos interesan los símbolos. Quiero que repare en esta forma, que como puede ver se repite en algunas de las lápidas, y que puede que usted haya visto en otro lugar en nuestra pequeña iglesia.

—No sabría decirle, padre… Creo haber visto algo parecido tallado en los escalones, al bajar aquí, pero no había luz apenas.

—Así es, y hay otro dibujo similar justo encima de la puerta por la que hemos entrado a este lugar. Pero, ¿qué diría usted que representa ese dibujo?

—Creo que se trata de una copa.

—Un cáliz, madame. Un cáliz muy especial: Es el cáliz de Vlad. ¿No le sugiere eso nada a usted?

—Sangre de Cristo. ¡Sangre!

—¡Muy lúcida! Su marido llegó a la misma conclusión, aunque el ya conocía algunas partes de este relato.

—Entonces, ¿Eric estuvo aquí? ¿Estuvo con usted?

—Si. Estuvo algún tiempo. Llegó al pueblo hace unas ¿seis semanas?

—Siete, según sus cartas.

—Siete, entonces. Apareció una mañana por mi iglesia, mirando cada icono, estudiando cada pequeño detalle. Llamó de inmediato mi atención. Me habló de su interés por la historia, de sus estudios sobre el periodo pre-otomano, las guerras de conquista y sobre todo por el príncipe Vlad. Estaba empeñado en visitar Poenari, pero yo le convencí de que aquí, en el pueblo, y sobre todo en mi iglesia, podría descubrir mucho más sobre Vlad Tepes que en aquel puñado de piedras semiderruidas.

—Cuénteme que fue de él, padre, se lo suplico.

—Le voy a contar todo lo que sé, pero no se impaciente, madame, deje que siga un orden.

—Discúlpeme.

«No se preocupe. Como le decía, aquí en mi iglesia hay mucho más de lo que parece. Pero ahora debo hablarle sobre mí. En mi juventud, cuando me estaba formando para servir al señor, descubrí las grandes ideas que revolucionaron su país hace casi un siglo. Leí a sus filósofos, sus pensadores, sus políticos. Y comprendí que había un lugar especial en aquellas ideas, un lugar en el que se fundían con el mensaje de nuestro señor Jesucristo. La igualdad no se halla muy lejos de la misericordia, ni la libertad del hombre es una idea muy distinta a la de un padre benefactor que nos crea libres, ni tampoco la fraternidad es diferente a un mundo de hermanos que se aman los unos a los otros. Perdone, madame, que reduzca años de dudas y temores a una sola frase desafortunada. Pero aquellas ideas me convertían en una boca a callar, y no había mejor destino para ello que una pequeña iglesia perdida en un condado regido con mano de hierro.

«Me costó renunciar a llevar razón. Me sentí frustrado, perdido e inútil. Casi un descreído. Pero a la larga, con la ayuda del señor, todo aquello me hizo más modesto, y también menos mundano. Perdone que le hable con tanta naturalidad, tal vez me inspira usted la confianza que llegué a tener con su marido.

«Resentido, impotente, y con mucho tiempo para pensar, volqué de alguna manera todo mi interés en el lugar que me había acogido. Esta pequeña iglesia está cargada de historia. Aquí esta presente el rastro de una estirpe, de todo un pueblo, que dejó su impronta en esta cripta, en documentos, en imágenes, en iconos, y sobre todo en un conjunto de misterios y leyendas seculares que están tan arraigados en la gente que basta nombrar ciertos hechos para que esos sirvientes estén ahí arriba, postrados, rezando con toda devoción, hasta que imponga mis manos sobre ellos y les de mí bendición.

«Su marido fue un eco para mis ideas. No solo venía de la nación de la que yo había bebido todas aquellas ideas revolucionarias, sino que además tenía el mismo interés que yo por desentrañar un pasado oscuro y liberar a estas gentes del miedo que rige sus vidas desde que nacen hasta que mueren.

«Estuvo bastantes días en mi iglesia. Compartí con el casa y comida. Apenas salíamos de aquí, entre otras cosas porque yo insistía en mantenerle escondido, que no se le viera, que no despertara inquietudes ni levantara sospechas. Su marido era muy reconocible, con su altura, su acento, sus modos tan liberales y su franqueza tan peligrosa.

«Él no quería entender el riesgo. No podía comprenderlo. Fuerzas oscuras actúan en este lugar para que todo permanezca como es. Su poder se basa, precisamente, en pasar desapercibidas. Le avisé. Le insistí. Traté de retenerle, pero no quiso hacerme caso. Y ya no volví a saber nada más de él.

—Pero, al menos sabrá a donde fue.

—Madame, su marido salió de aquí una mañana lluviosa, a caballo, cargando con sus libros, sus escasas pertenencias y mi bendición a pesar de todo, con la firme decisión de explorar las ruinas de Poenari.


Enhorabuena si has llegado hasta aquí leyendo: ¡vaya si tienes aguante! Porque la verdad es que este capítulo me ha salido muy tocho, pero creo que era necesario. Y también, que es mejorable.

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