Tú, mi luz (4)

Después de la muerte de Thom convenimos que lo mejor era no volver a reunirse en dos o tres semanas porque aunque su muerte se suponía que fue accidental, Sherton estaba bastante afectado y no queríamos que cometiese ninguna estupidez. Yo intenté sin éxito convencerles de que no había motivo alguno para preocuparse, para relacionar su muerte con nuestros particulares sanedrines solo con el objetivo de volver a pisar aquella casa y ver a Marinet.

No fue necesario: ella vino a mi. Volvía de negociar con los curtidores y los mercaderes recién llegados que solían proveerme nuevos tintes y grasas  cuando la encontré hablando con Tween, uno de los aprendices que trabajan en el taller.

—Señorita Marinet, es todo un placer encontrarla en mi negocio —dije tomando su mano y besando sus nudillos. Ella retiró la mano con timidez.

—Buenos días, señor Cirtell. Ya sabe que no es necesario llamarme de usted y mucho menos dedicarme sus reverencias. En todo caso debería ser al revés.

—Tonterías, tonterías —dije moviendo la mano y mientras negaba con la cabeza. —Aunque tienes razón, Marinet. Prefiero tutearla y que tú lo hagas conmigo. Estoy harto de tanta burocracia —me acerqué a su oído y le  susurré —, ¿no es ese uno de los motivos por los que lucho? La igualdad de posibilidades de todo el pueblo…

Ella se apartó incómoda, no se si por lo que acababa de oír o por mi cercanía. Creí que lo mejor era cambiar de tema para que no huyese:

—Dime, Marinet, ¿que te trae a mi humilde negocio?

—La señora Fox quiere unos zapatos nuevos para sus hija menor. Tienen un acto muy importante dentro de dos semanas y quiere que esté espléndida en la recepción.

—Entiendo —dije acariciando mi mentón —¿Me has traído una horma de muestra?

Marinet chasqueó la lengua con disgusto:

—No, la olvidé. Tendré que volver a casa…

Justo entonces pareció recordar algo y sonriendo dijo:

—Aunque… la señorita Fox y yo gastamos el mismo pie… Un día me probé sus zapatos —dijo sonrojándose.

—Tanquila, Marinet, será nuestro secreto —le guiñé un ojo — Y ahora pasa dentro, yo mismo te tomaré medidas.

Más tarde me enteré de que mientras yo tomaba los pies aterciopelados de Marinet entre mis manos y admiraba sus piernas torneadas hasta donde su falda me lo permitía,  Sherton era descubierto muerto en un callejón de la ciudad, apuñalado por la espalda.

 

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