Cuando la sangre. (6)

Marie se sobrepuso al estupor y se revolvió en la cama tratando de deshacerse de aquellos brazos que la tenían atrapada. Su cerebro se negaba a recibir las palabras «cálmese», «cálmese, por favor», «no le quiero hacer daño» que le llegaban entrecortadas, entre susurros. El pánico le impedía pensar siquiera; solo quería librarse y escapar, pedir ayuda, buscar una salida, alejarse de aquellos ojos hundidos de mirada penetrante.

Durante el forcejeo la cara del hombre quedó por un momento expuesta a la luz de las velas, y entonces Marie pudo reconocer aquellos ojos: Era el padre Paul, quien insistía sin cesar en su francés con acento horrible para que ella calmara. Pero no podía, no quería calmarse por más que aquel personaje siniestro tratara de persuadirla. Apoyó los codos en la cama y reuniendo todas sus fuerzas consiguió librarse de la mordaza para dejar escapar un grito ahogado. El padre la miró entonces horrorizado.

─¡Cálmese, madame! ¡Yo solo quiero ayudarla! ¡Eric! ¡Yo estuve con Eric!

La comprensión llegaba poco a poco a la mente de Marie. ¿Quién era aquel hombre en realidad? ¿Por qué había entrado así en su dormitorio y trataba de evitar a toda costa que gritara?

─¡Tiene que calmarse! ¡Montparnasse! ¡Eric! ¡Recuerde Montparnasse! ¡Baudelaire!

Marie se quedó paralizada mirando fijamente al padre Paul mientras el eco de esas palabras resonaba en su interior. No era posible. ¿Cómo podía saber él…?

En ese preciso instante llegaron ruidos desde el exterior del dormitorio. Pasos apresurados que se acercaban a la puerta. El ruido del pomo al girar. El padre la soltó, la miró un instante con desesperación y corrió a ocultarse. Kristine entró en la habitación.

─¿Qué le ocurre, señora? He oído un grito. ¿Se encuentra usted bien?

Marie solo tenía que decir una palabra o hacer un gesto para delatar a la figura siniestra que se adivinaba tras las espesas cortinas. Pero aquel hombre extraño había citado Montparnasse y la tumba de Baudelaire en el viejo cementerio, el insólito lugar donde Eric le había pedido matrimonio y que desde entonces era su lugar más íntimo, un recuerdo que nadie más podía conocer.

─Si. Estoy bien. Solo ha sido una pesadilla. No se preocupe.

Kristine no quedó muy convencida, ante el panorama de su rostro demudado y pálido, y el desorden reinante en sus ropas, su pelo y la cama.

─¿Desea que le prepare una infusión? Le ayudará a dormir.

─No, gracias Kristine. Puede retirarse.

Marie tuvo que insistir algo más para que la criada se fuera de la habitación. Cuando ésta cerró la puerta, miró de nuevo al padre Paul. Él le hizo un gesto para que permaneciera en silencio y se quedó inmóvil en su escondite un par de minutos más, hasta asegurarse de que la criada no volvía.

Marie, algo más calmada, le pidió entonces una explicación.

─Tiene que disculparme. Sé que se habrá llevado un tremendo susto, pero era necesario. Está usted en peligro, madame.

─¿En peligro?

─Traté de convencerla después de la reunión. Tenía que verla, tenía que contarle, pero no, no allí. Y usted no comprendía. No he tenido más remedio que venir. Tiene que creerme. Solo quiero ayudarla. Tiene que salir de aquí.

Marie tenía muchas preguntas que hacerle, pero en realidad solo importaba una.

─Dígame, ¿Qué sabe usted de Eric?

─El estuvo aquí. Conmigo. Estuvo en mi iglesia. El quería investigar, quería saber más, y más. Le avisé. No debía indagar en asuntos que es mejor no remover. El Señor nos previene contra el ansia de saber. Le avisé. Pero ahora no puedo explicarle, no aquí. No hay tiempo. Tiene que venir.

─Espere, por favor. Necesito saber que ha sido de él. !Tiene que ayudarme a encontrarle!

─No hay tiempo. La observan. Todo el tiempo. Pronto vendrán y no deben descubrirme aquí. Eso no sería bueno para mí, ni para usted. Tiene que venir. Dígaselo al conde. Dígale que necesita confesarse y solo así la dejará venir a mi iglesia. Allí podremos hablar.

─No debo mentirle, me está tratando muy bien y, en cambio, usted estaba en la reunión… ¿Por qué no dijo entonces nada de todo esto? No sé si creerle.

─Tiene que hacerlo. Eric me habló de usted. De Montparnasse, de la tumba del poeta que tanto significa para ustedes. Es cierto. ¡Tiene que creerme! Usted está aquí atrapada. La observan continuamente. La vigilan. No confíe, madame. No quisiera que usted terminara como ella.

─¿Qué termine como… quien? Pero, si me vigilan como dice, ¿Cómo ha podido usted llegar aquí?

─Yo conozco muy bien esta casa. Es vieja, muy vieja, y esconde mucho más de lo que se ve a primera vista. Sí, he pasado muchos años aquí, con ella. Es increíble como se parece a usted. No, madame, no debe permanecer aquí.

─¿Ella? ¿Quién es ella?

El padre Paul estaba cada vez más agitado y nervioso. Se acercó a la puerta para escuchar y volvió de nuevo a los pies de la cama.

─La condesa. Yo era su confesor, el único que podía ayudarla y… Eso no debe volver a ocurrir. Tiene que prometerme que mañana vendrá a mi iglesia. Pídaselo al conde. Tiene que convencerle para que la deje ir sola. Ordenará que la acompañen, pero en el confesionario tienen que dejarla sola, sí. Recuérdelo. Tengo que irme. Pronto vendrá otra vez. No tendría usted que haber gritado.

─¡No se vaya, por favor! Necesito hablar con usted. Necesito encontrar a mi marido y usted puede ayudarme. ¡Dígame al menos si sigue vivo!

─¡Calle, por favor! ¡No hable tan alto! ¡Hará que vengan! Mañana hablaremos. Recuerde lo que le he dicho. Ahora debo irme.

El padre se movió con sigilo por la habitación y se encaminó decidido a la puerta. Pegó el oído a la madera para poder oír y, tras asegurarse, empezó a girar el pomo.

Madame, mañana hablaremos. Y sobre todo, ¡no vaya usted a Poenari!

Se santiguó y desapareció entre las sombras.

Marie tardó mucho en volver a dormirse. De pronto habían surgido nuevos interrogantes que no lograban calmar su inquietud por Eric sino, más al contrario, la acrecentaban. Ella no se sentía encerrada en aquella casa, pero lo cierto es que no había tratado de salir. Hasta el momento solo se había dejado llevar. Tampoco se sabía vigilada, pero solo había estado sola durante la noche. Siempre había habido alguien más con ella: el propio conde, Kristine, el servicio… y acababa de comprobar que al más mínimo ruido había aparecido alguien de inmediato en su habitación.

Entonces, ¿cuál era el peligro de que hablaba el cura? ¿Qué habría sido de la condesa? ¿Por qué no había ningún retrato de ella en toda la casa, cuando había tantos de toda la familia? ¿O tal vez si que lo había…? Recordó entonces la señal del cuadro cambiado en la pared del salón. Quizás habían retirado un retrato de la condesa y de ser así solo podría ser para que ella no lo viera. El cura había afirmado algo sobre un parecido increíble. Ese recuerdo la condujo a un laberinto de sueños tortuosos y febriles.

La mañana se presentó luminosa tras los cristales, y esta vez Marie reparó en las rejas que tenían todas las ventanas en el exterior. ¿Encerrada? Tardaría muy poco en comprobarlo.

Era temprano aún. Decidió quedarse un buen rato despierta en la cama para poder ordenar sus ideas. Pero Kristine entró al instante, portando la bandeja con el desayuno.

¿Vigilada? Ahora no tenía ninguna duda. Ya se explicaba por qué aquella criada parecía anticiparse a sus deseos, y sin embargo no habían descubierto al padre Paul la noche anterior. Tal vez no la espiaban en el dormitorio, y solo estaban al acecho del menor ruido.

Pero el viejo cura también había afirmado que estaba en peligro, y no alcanzaba a imaginar de qué manera, o por parte de quien, aunque cada vez tenía más sospechas. En cualquier caso, había tomado la firme decisión de ir a la iglesia ortodoxa a hablar con él. Y en vista de la situación, consciente de que comportaba riesgos, decidió plantearlo de forma creíble.

-Buenos días, Marie. ¿Cómo se encuentra usted esta mañana? Me ha dicho Kristine que ha pasado mala noche.

El conde había entrado tras anunciarse, con su atuendo impecable y una sonrisa amable en su cara.

─Buenos días. He tenido pesadillas, pero al final he conseguido descansar.

─Eso está bien. Parece que el mal tiempo nos está dando una tregua. Los caminos estarán todavía embarrados, pero si la lluvia nos respeta por un tiempo puede que se vuelvan de nuevo practicables y podamos ir a Poenari como le prometí.

─Ojalá sea así, conde. Dios le oiga.

─Mientras tanto continuamos con la búsqueda. Estamos a la espera de los mensajeros que hemos enviado a los puestos de posta, y nuestros amigos están tratando de averiguar cuanto puedan en el pueblo y los alrededores. Creo que lo mejor sería permanecer aquí a la espera de acontecimientos.

─Le agradezco mucho todo lo que están haciendo, y creo que tiene toda la razón. Pero, si a usted no le importa, me gustaría ir a la iglesia. El padre se mostró muy insistente ayer, y lo cierto es que no he podido asistir a los oficios desde que salí de París.

─Si a usted no le importa seguirlos por el rito ortodoxo…

─Al fin y al cabo son las mismas escrituras, ¿no es así? Y no sé cuando podré volver a encontrar ayuda espiritual en mi propio idioma, aunque ese hombre tenga un acento tan extraño.

─Es un tipo bastante peculiar, sí. Mucho más capaz de lo que aparenta. Destacó en el seminario, y hubiera llegado alto en la curia de no ser porque abrazó ideas bastante, digamos, radicales.

─Me asusta usted, conde.

─Nada de importancia, Marie. Bebió con exceso de los Voltaire y Montesquieu y eso le produjo cierta indigestión intelectual. Creo que puso tanto empeño en ello que incluso aprendió francés con un diccionario en la mano para poder leerlos. De ahí su extraño acento: se hizo con las palabras pero nunca aprendió a pronunciarlas. Pero es un hombre brillante, pese a todo. Sin embargo sus ideas le desterraron a esta región apartada, donde no podía incomodar a las altas jerarquias.

─¿Un cura ortodoxo, y revolucionario?

─Algo así. Pero los años le han vuelto mucho más pragmático. De todas formas, ándese usted con mucho cuidado con él. En ese hombre hay mucho más de lo que parece.

─Así lo haré. En realidad, solo necesito un poco de consuelo espiritual, no creo que…

─Marie –la interrumpió con un ademán-, este es un pueblo pequeño donde no existen secretos. Ni siquiera sobre lo que se pueda contar en un confesionario. Pero si hacerlo es su deseo, yo no puedo más que respetarlo. Haré que la acompañen a la iglesia; yo tengo que atender otros asuntos esta mañana.

─Se lo agradezco mucho.

La pequeña iglesia ortodoxa no se diferenciaba mucho de las ermitas que había visitado en algunos pueblos de su país. Una pequeña nave abovedada con iconos de colores vivos en los laterales y un delicado retablo de madera en el fondo. Echó de menos el altar, aunque había dos atrios en los laterales desde los que seguramente el padre daba la homilía. El padre Paul salió a recibirla y la acompañó hasta el confesionario, un delicado trabajo de madera tallada. Kristine se sentó en unos de los bancos cercanos y los demás criados que la acompañaban se apostaron en distintos lugares del templo.

Una vez sentados, el padre hizo la señal de la cruz y mientras recitaba con parsimonia «Pater noster qui es in caelis: santificeur nomen totum…» improvisó en su regazo una nota en un pequeño papel donde Marie pudo leer, en perfecto francés, «La criada nos está escuchando. Haga una confesión intrascendente. Déjese llevar».

Tras terminar su breve e insulsa confesión, el padre la dejó sentada en el reclinatorio y, saliendo de repente, les dedicó unas frases airadas en húngaro a los criados que, de inmediato, ocuparon los bancos y se pusieron a rezar cargados de miedo y fervor.

-Ahora puede acompañarme, madame. Mientras ellos expían sus culpas quiero a enseñarle nuestra pequeña iglesia.

Marie le siguió por una puerta, tras el retablo, hacía el atrio de la iglesia donde se abría otra puerta lateral mucho más pequeña. El padre cogió una vela, abrió la puerta y bajó con decisión por una estrecha escalera de caracol cuyos peldaños de piedra estaban grabados con extraños petroglifos. Marie siguió sus pasos en la penumbra, aferrándose a las paredes con sus manos hasta descender a la cripta de la iglesia, un recinto lóbrego de techo bajo y paredes rectangulares cargadas de viejas lápidas con inscripciones borradas ya por el polvo y los siglos.

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7 Comments

  1. Diez mil palabras ya, y de lo que tengo en mente saldrían otras tantas.
    Balance.
    ¿Que falta? ¡Acción!
    La protagonista está todavía sin definir, en lo físico. Tengo que resolverlo.
    No hay mucha intriga, ¿debería haber introducido más variables? Bueno, no es problema, la incertidumbre no está tanto en él quien (que parece evidente), sino en el qué, y también el cómo y el porqué. Y esto está al caer: las palabras del cura serán muy reveladoras.
    Escenarios, bueno, para esta historia son más que un accesorio, debería cuidarlos más, no hay muchos.
    Y… todo lo que me queráis decir. De momento, a seguirla y darle un buen final (lo tengo, pero no tengo claro como llegar)

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  2. A qué te refieres con acción? Ha pasado mucho sin necesidad de luchas, muertes o dramas. Has captado nuestro interés con el cura, has hecho creíble su aparición en la alcoba, has captado nuestra atención con la difunta condesa y los motivos de su muerte…
    ¿Aspecto de Marie? Sí, podrías ir dando pinceladas, pero no se echa en falta: el personaje poco a poco va cogiendo forma con sus discursos y sus actos.
    Sigue así.
    Besacos!

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