Cuando la sangre (5)

Tras la comida el conde invitó a Marie a realizar una visita por la casa. Recorrieron juntos las múltiples habitaciones y estancias que, como buen anfitrión, le fue presentando y explicando en detalle. La enorme casa no tenía nada que envidiar a cualquiera de las mansiones de Le Marais o el Trocadero y, sin embargo, todo en ella tenía la belleza ajada de un traje de novia que languidece en el armario condenado a ser el recuerdo de un día feliz, pues no la animaba más vida que la que habían inmortalizado en todos aquellos cuadros y bustos de mármol. El conde le explicaba con exquisita cortesía la historia de cualquier objeto que pudiera despertar su curiosidad pero Marie, por encima de la ostentación de los salones, de los largos pasillos más propios de un museo por la profusión de retratos o pedestales con cerámicas, de la rica ornamentación o del lujoso mobiliario, quedó impresionada por el exquisito cuidado y la escrupulosa limpieza del lugar. No vio ningún candelabro con restos de cera, ni una mota de polvo en ningún mueble, ni un cuadro torcido, ni un objeto fuera de lugar, ni siquiera un visillo que no estuviera recogido con gracia para desplegar el vuelo de la tela. Esta pulcritud llevada a la perfección delataba la exquisita dedicación del servicio, y en consecuencia el carácter y el verdadero poder del patrón.

-Marie, es la hora del té. Ya deberían estar aquí nuestros invitados.

Entraron juntos a uno de los salones más grandes de la planta baja. Los invitados esperaban sentados, pero se pusieron de pié de inmediato y el conde les fue presentado uno por uno. Estaba el doctor, al que ya conocía, el comisario Mureanu, el alcalde, el padre Paul de la iglesia ortodoxa local y algunas otras autoridades y personalidades de los pueblos vecinos.

Tras los saludos de rigor el conde expuso la situación sin preámbulos, traduciendo un resumen al francés para que Marie pudiera seguir la conversación. Habló de forma directa y sin ambages, pero limitándose a exponer hechos y sugerir acciones. En todo momento hablaba con cortesía, opinaba, intercalaba comentarios, y los invitados respondían con frases breves y asertivas. Pese a no entender el idioma, Marie percibió como las sugerencias del conde se interpretaban por todos como órdenes ejecutivas. Le rodeaba un halo de autoridad, el aura de quienes ostentan la verdadera autoridad, por encima de cargos, uniformes y prebendas. El breve coloquio fue una demostración aún más notable del poder del conde que la propia visita a su lujosa mansión.

Mediada la charla irrumpió el mayordomo en el salón para susurrarle unas palabras al oído a su señor. Este asintió con la cabeza, y el mayordomo salió presuroso para volver a entrar acompañado de un hombre de indumentaria sencilla, tez pálida y ademán nervioso que arrugaba su gorra entre las manos cuando le hicieron colocarse ante el conde. Allí hizo una breve declaración y respondió con brevedad a las preguntas del conde, antes de que este le dijera que podía retirarse.

-Marie, este hombre afirma que vio a Eric el día en que dejo la pensión; según el montaba a caballo y partió en dirección Norte para unirse a un reducido grupo de comerciantes que, según hemos sabido, se dirigía a Transilvania.

Los invitados empezaron a comentar entre ellos en voz baja. El conde les pidió silencio y continuó explicándole a Marie.

-Parece una hipótesis razonable. En ciertos circulos se cree que el principe Vlad residió en el castillo de Bran, en Transilvania, y no es descabellado pensar que su marido quisiera ir allí para buscar más información. Sin embargo esas afirmaciones no tienen veracidad: Vlad nunca estuvo allí; no sería lógico, además, cuando las guerras contra los otomanos en las que tanto destacó se libraban precisamente aquí, en Valaquia.

-Eric jamás me habló de ese lugar –contestó Marie-. El citaba a menudo Poenari y además  era bastante meticuloso en sus investigaciones: consultaba documentos, comprobaba referencias y contrastaba fuentes; yo dudo mucho que se dejara llevar por un mero rumor. No sé, conde, no creo estar en condiciones de descartar ninguna posibilidad, pero creo que si Eric realmente hubiera emprendido ese viaje me lo habría anunciado por carta, como tenía por costumbre.

-Como ha dicho, no debemos descartar ninguna posibilidad. Seguiremos con nuestras pesquisas según lo planeado, pero además pediremos información en los puestos de posta y las fondas del camino, por si se le hubiera visto en esos lugares. Ahora, si me lo permite, vamos a despedirnos de nuestros invitados. Usted debe descansar.

Todos ellos presentaron de nuevo sus respetos, con una deferencia que nada tenía que ver con el trato que había recibido en el pueblo a su llegada. Algunos incluso intentaron algunas palabras en francés para ella, rozando el ridículo en unos casos e incluso la pesadez, cuando el padre le insistió en que fuera a su iglesia para ofrecerle consuelo espiritual.

Terminada la reunión, el conde le aconsejó que subiera a su habitación a descansar, y le pidió que le acompañara de nuevo a cenar dos horas más tarde.

Marie aprovechó para revisar los documentos que la habían acompañado en su viaje, en especial las cartas de Eric, en busca de alguna referencia sobre Transilvania o el castillo de Bran, pero no encontró nada.

Algo más tarde la criada la interrumpió con delicadeza para sugerirle que se cambiara para la cena, para lo que portaba un magnífico traje de noche azul marino con amplio escote. Marie comprobó de nuevo ante el espejo que le encajaba a la perfección, y Kristine le mostró entonces un estuche de terciopelo diciéndole que su señor le rogaba que le complaciera luciendo su contenido durante la cena.

Ella nunca había visto un collar de brillantes de tan exquisita factura. No podía aceptarlo, ni aún tratándose de un préstamo para adornarse en aquella cena. Cerró el estuche y se lo tendió de nuevo a la criada. Pero la mirada cargada de temor de Kristine le hizo intuir que sufriría alguna represalia si no lograba convencerla. Turbada, abrió el estuche de nuevo y se lo puso con delicadeza a Marie sobre su cuello blanco. El efecto era espectacular. A pesar de la reciente enfermedad que le había robado algo de lozanía a su rostro, Marie se vio bella en el espejo. Bella como jamás se había sentido. Y, pese a su natural modestia, nada podía contra argumentos como el espejo o la mirada de Kristine.

La cena tuvo lugar en un salón mucho más pequeño; la mesa era esta vez más reducida, con la tapa de nácar y las patas de madera torneada cubiertas de pan de oro. En ese espacio tan cálido y recogido la decoración era también más sencilla. Albergaba sobre todo recuerdos familiares y objetos más sencillos, pero tal vez con mayor valor sentimental para el conde. Marie comprendió que estaba en su pequeño refugio, el espacio más personal para él de aquella enorme casa.

El conde la miró impresionado y complacido. Tardó en hablarle, perdido en sus pensamientos, pero reaccionó con una sonrisa. Estaba radiante. Le regaló toda suerte de anécdotas sobre aquellos objetos, y Marie los fue contemplando a medida que los describía; en su escrutinio descubrió una anomalía, normal en cualquier casa pero insólita en aquella: la señal de un cuadro en la pared mal disimulada al haberlo cambiado por otro más pequeño. No le pareció educado comentarlo, ni le concedió más importancia en ese momento.

Durante la cena, exquisita pero algo frugal, el conde quiso eludir el tema de la búsqueda de Marie y se interesó mucho más por ella. Su vida, su familia, sus estudios. Sus gustos y aficiones. Sus ideas. Marie se sentía halagada, pero en cada oportunidad trataba de volver a Eric, a la visita prometida a Poenari y a las averiguaciones que podrían seguir haciendo. El conde sonrió de nuevo y tuvo que conceder.

-Marie, le prometo que mañana mismo, si mejora el tiempo, iremos a Poenari.

-¡No sabe cómo se lo agradezco! De no ser por usted, no habría sabido qué hacer.

-Pero debo serle sincero. Mi mayordomo estuvo hablando previamente con aquel testigo y le pidió que no lo contara todo, no delante de toda aquella gente. Hay algo más en su declaración. Marie, debo preguntarle algo.

-Por favor.

-¿Ha considerado usted la posibilidad de que su marido en realidad deseara desaparecer, al menos por un tiempo?

-No entiendo porqué Eric querría… No, nunca lo he pensado, conde, por supuesto. ¿Por qué me lo pregunta?

-No sé cómo decírselo. Marie, según ese hombre, Eric no salió de Curtea de Arges solo: Cabalgaba junto a una mujer joven.

Marie se quedó paralizada. No podía creerlo. No en Eric. El jamás había… No, ¡era inconcebible! Pero… Aquello no encajaba. Había algo que se le escapaba. Era aquella casa, la amabilidad del conde, un hombre tan atractivo y a la vez tan… misterioso… No podía pensar con claridad. No podía, hacerlo desde que estaba en aquella casa. Desde que llegó a aquel maldito lugar.

Se disculpó con el conde y subió corriendo a su habitación. No fue muy cortés, pero no podia contener más las lágrimas.

Ya en la cama la asaltaron las dudas, sentía que aquello no podía ser cierto pero, no, no podía pensar con claridad. Estaba inquieta. La marea de sus pensamientos se fue transformando en sueños tortuosos. Volvieron las pesadillas.

Un hombre alto, a caballo, se volvía para mirarla y reía de forma escalofriante, pero ella no alcanzaba a ver su rostro.

Unos ojos ardientes contemplaban como se revolvía agitada en la cama.

Soñó que cabalgaba junto a una montaña de piedras formada por restos de torreones derruidos de entre las que escapaban horribles lamentos. Había dolor en la bruma, y un horror ancestral que flotaba en al aire ladera abajo. Ella quería huir, pero no podía.

Un par de manos se pusieron en movimiento.

De pronto su caballo tropezó y la arrojó al suelo. Sintió que la envolvía la oscuridad. Quiso alzarse. Arañó la tierra con sus manos. El suelo desapareció y empezó a caer sin remedio a una sima oscura y sin fondo.

Entonces despertó sobresaltada, con un súbito estremecimiento. Y en ese preciso instante en que la realidad se impone victoriosa y se despiertan de forma abrupta los sentidos su primera sensación fue el dolor.

Sintió como un brazo fuerte la retenía contra la cama y una mano de hierro le tapaba la boca para que no gritara. Abrió los ojos y contempló sobrecogida ante ella a una figura oscura con la cara oculta por las sombras. Trató entonces de gritar. Quiso morder la mano que la amordazaba. Intentó revolverse, librarse de aquella presa que la retenía sin remedio, pero fue en vano.

Mientras se debatía impotente pudo ver horrorizada su rostro a la pálida luz de las velas, una tez pálida y demacrada con duros rasgos marcados por la determinación que se iban haciendo más y más nítidos mientras se acercaba poco a poco hasta que pudo sentir su aliento helado en la cara.

Anterior


Anuncios

14 Comments

    1. Muchas gracias, estaba corrigiendo. No se que me pasa: es solo cuando publico el texto y lo leo de nuevo que me doy cuenta de los fallos.
      ¡Será cosa de las gafas!😂😂

      No me canso de mandarte abrazos!!

      Le gusta a 1 persona

    2. (Entre tu y yo: el ritmo. En realidad esto proviene de dos capítulos donde ocurrían pocas cosas, y los he condensado en uno para que sea más intenso…
      … y también para terminarlo en el momento justo: el resto queda para el capítulo siguiente)

      Le gusta a 1 persona

      1. (Y trato de usar un truco bastante cinematográfico: frases largas para las descripciones, y cortas para la accion.
        Seguro que existe y tiene un nombre estupendo, yo lo llamo truco y duermo feliz😂😂)

        Me gusta

  1. Bueno, bueno ¡y aquí llega el primer susto! Vas muy bien, Israel.
    Cositas que me han encantado:
    —”todo en ella tenía la belleza ajada de un traje de novia que languidece en el armario condenado a ser el recuerdo de un día feliz,” Esta comparación es brutal.
    —La descripción del hombre cuando explica a los señores lo que ha visto es genial, el detalle de estrujar la gorra, por ejemplo.
    —Detalles de los invitados que ya dejan entrever algo: el cura que es un poco cansino insistiendo en que vaya a la iglesia.

    Sigue así, compañero! Besacos

    Le gusta a 1 persona

    1. Jooo no vale ser tan intuitiva: ¿ya has pillado lo del cura? Mecachis!!
      Y sin embargo [spoiler], los trajes que encajan como un guante, el collar, el cuadro que falta, ¿no te dicen nada? Y mira que no he querido tirar del topicazo de la habitación cerrada a cal y canto…

      Bueno, en estos días me esperan más kilómetros que a Telma y Louise… iremos hilando…

      Abrazo!! Y muchas gracias, me anima y ayuda mucho lo que me vas apuntando!👍👍

      Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s