Tú, mi luz (3)

Cinco días y cuatro noches atormentado recordando a la joven, pasaron hasta que llegó el momento de una nueva reunión. El capitán Fox nos recibió más serio que en la última ocasión. Entré en la sala y saludé a los dos primeros en llegar: Lock y Mandy, que abandonaron sus butacas de terciopelo rojo y se pusieron en pie para darme la bienvenida y comenzar a ponerme al día con los últimos progresos de la corriente en tierras extranjeras.

A los pocos minutos entró el capitán junto a Serhom y Blat cerrando la puerta tras de sí. Una vez estuvimos todos sentados alrededor de la mesa de cristal y forja, el capitán Fox se levantó con gesto adusto:

—Amigos, comencemos con la tertulia. Lo primero que quiero comunicaros…

—Disculpe, capitán —interrumpió el impaciente Blat —. ¿No deberíamos esperar la llegada de Thom? —preguntó señalando la butaca vacía a su izquierda.

Fox masajeó sus cejas y continuó:

—Ese era el primer punto que iba a tratar: Thom ha muerto.

El silencio inundó la sala e intercambiamos miradas de asombro e inquietud. Serhom, el más prudente y también el más desconfiado comenzó a repiquetear con sus nudillos sobre el cristal.

—Dicen que salió borracho de un burdel y cayó por accidente al río —explicó Fox con la mirada fija en Serhom —. Eso al menos, es lo que cuentan los testigos. Así que como veis no hay de qué preocuparse, nada tiene que ver con nuestras reuniones.

Mandy soltó un bufido y se reclinó en su asiento:

—Mi madre siempre decía que las putas son peligrosas —rió — y la bebida también. Brindemos por Thom y sus aportaciones, señores.

—Sí, brindemos — convino Fox haciendo sonar la campanilla del servicio.

Mis músculos se tensaron al compás del tintineo y mi corazón sabedor de que la frágil sirvienta de mis húmedos sueños iba a aparecer en cualquier momento, latió con tanta fuerza que temí que mis compañeros notasen cómo golpeaba mi pecho. Pero no fue así, los hombres continuaron hablando aún cuando la joven entró de forma sigilosa en la sala y se dirigió al botellero.

La conversación, que oía a lo lejos mientras posaba toda mi atención en ella, versaba sobre la abolición de la esclavitud en Alemania.

—Señorita, —dije interrumpiendo a Blat, que en esos momentos deliberaba sobre la problemática de tal abolición y sus consecuencias — sí, te digo a ti —la señalé sintiendo las miradas de todos los asistentes clavándose en ella —. ¿Cómo te llamas?

La chica, sorprendida, miró al capitán para que le diese permiso para hablar y después de que él asintiese, respondió casi en un susurro:

—Marinet, señor.

Su voz aterciopelada terminó de cautivarme, ya sabía su nombre.

—Marinet, ¿tú que piensas sobre todo esto?

La chica abrió sus ojos sorprendida tanto como el resto de los allí presentes. El capitán Fox extrañado, rompió el silencio:

—No sé a dónde pretende llegar, señor Cirtell, Marinet no es una esclava. Su madre y su abuela sirvieron durante toda su vida a esta casa, al igual que lo hace ella ahora. Pero es una mujer libre, amigo.

—No tengo duda de ello, capitán, pero —posé los ojos de nuevo sobre Marinet — imagino que no se puede hablar de libertad cuando no se tiene elección. Uno no elige su cuna y como bien sabemos todos… ¿qué opciones tienen los que no tienen nada? Si contase con medios para desarrollar sus conocimientos, para provenirse un sustento, para elegir de quién enamorarse, ¿seguiría llenando nuestras copas?

Moví mis manos esperando una respuesta de la frágil Marinet que volvió a pedir permiso a su señor.

—No soy una esclava, mi señor. Y estoy muy agradecida de trabajar en esta casa. El capitán Fox y su familia son muy amables conmigo —dijo incómoda ante aquella situación —Si me disculpan, tengo mucho trabajo en las cocinas.

Fox, satisfecho con la respuesta le dio permiso para salir. Pero yo no estaba satisfecho, yo sabía que bajo esa cofia, ese delantal almidonado y esa dulce voz había mucho más. Yo sí que vi la chispa de fiereza que brotó en sus pupilas al escuchar mi pregunta.

Continúo con este “ejercicio” como diría Israel, intentando sin conseguirlo no salirme del romanticismo, pero ya sabéis suelo salirme del redil así que no todo van a ser mariposas en el estómago, caricias y palabras de amor.

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3 Comments

  1. … y eso es lo que hace que las historias sean interesantes: romper el corsé, transgredir, reinventar. Lo que consideramos clásico seguramente fue vanguardista en su momento. Por ahí ya llevas un aplauso, y te animo a romper más platos.
    Pero además está el despreció por los “clichés”. Absurdo. Las doce notas musicales son un cliché, y combinadas pueden llegar a ser… todo.
    No hay nada que no sea nuevas combinaciones con viejas piezas. Nada. Así que una palabra -pongamos frufru- es o no un cliché no por sí misma, sino por cómo se utiliza. Ergo, segundo aplauso, amputarle ciertos lugares comunes a una historia es privarla de ¡originalidad! Si, tal y como suena.
    Y el tercer aplauso es más personal, porque el gusto es como el sentido común (y como el culo): todos tenemos uno. Y a mi esta historia me esta gustando mucho.
    Abrazos!!!

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