Cuando la sangre. (3)

Cuando despertó volvieron a su mente los recuerdos difusos de la noche anterior. El corto viaje al atardecer en un lujoso coche de caballos, el camino empedrado entre hileras de árboles hasta la casa en la colina, los altos techos decorados, las amplias escaleras de mármol por la que la subieron cuatro lacayos sentada en una silla de terciopelo y, vencida ya por el sueño, la sensación cálida y acogedora de una enorme cama con sábanas calientes. La escasa luz matinal le mostró su nueva y espaciosa habitación. La decoración era algo recargada para su gusto, pero desde luego suponía un cambio muy agradable. La cama, cómoda y amplia, estaba vestida con sábanas bordadas y un espeso cobertor de tacto suave y agradable. Los muebles eran amplios y de bella factura, con patas torneadas y pomos dorados. El fuego de la chimenea lograba combatir la melancolía que goteaba sin cesar tras los cristales.

Marie se encontraba ya mucho mejor. Justo después de despertar, como si hubiera estado esperando ese momento, entró una criada de pulcro uniforme portando una bandeja con su desayuno: café, bollos calientes con mantequilla y, por increíble que pudiera parecer, un gran vaso de zumo de naranja. Se incorporó animada y justo entonces notó que llevaba un precioso camisón de seda que, ni era suyo, ni recordaba haberse puesto. Pero desde luego era hermoso.

Muy hermoso. Y entonces, como negándose el derecho a disfrutar de todo aquello, recordó a Eric, su viaje, la búsqueda infructuosa, la fiebre y el verdadero motivo por el que estaba allí. Alguien tocó a la puerta.

-¿Puedo pasar?

Marie se arregló un poco el pelo, se estiró el camisón y dió la venia.

-Tiene usted mucho mejor aspecto esta mañana. ¿Qué tal se encuentra?

-Mucho mejor. Yo no sé cómo agradecerle…

-Y no debe hacerlo. Es un placer para mí mostrarle hasta dónde llega nuestro sentido de la hospitalidad. Pero no quiero incomodarla más con mi presencia, me satisface comprobar que está usted mejor. Más tarde tendremos tiempo de hablar. Ahora debe descansar. Pronto vendrá el doctor a reconocerla de nuevo.

-Quisiera… Le estoy muy agradecida. No quisiera ser una molestia para usted.

-¡En absoluto! Estamos encantados. Pero ahora siga descansando, por favor.

El hombre hizo ademán de retirarse pero, cuando ya estaba casi en la puerta, se volvió.

-Por cierto, si el doctor nos concediera su permiso y usted se encontrara con fuerzas, ¿nos honraría con su presencia en la mesa para almorzar?

-Creo que… desde luego, me encantaría.

-Perfecto, pídale por favor a Kristine todo lo que necesite; la entenderá, ella habla algo de francés.

El médico entró en la habitación minutos más tarde, tras ser anunciado por la criada. La reconoció de nuevo y comprobó su mejoría. Tras recomendarle que reposara unos días más y se guardara del frío, se dispuso a despedirse. Marie sintió que una vez más iba a perder la oportunidad de hablar con una de las dos personas que entendían su idioma.

-Doctor, antes de que usted se vaya desearía hacerle una pregunta.

-Usted dirá.

-Se trata del señor Deac; está siendo muy amable conmigo y yo quisiera saber algo más de él.

-Es natural. El Conde de Arges es muy reservado y modesto, seguro que no le ha hablado nada sobre sí mismo.

-En realidad solo hemos cruzado un par frases en el tiempo que llevo aquí.

-Verá, madame, el conde es el único descendiente de un antiquísimo linaje; como puede juzgar usted misma, disfruta de una magnífica posición, y desde luego es un hombre culto e instruido, educado en el extranjero: Viena, Londres, París… Sus padres insistieron en darle la mejor formación y hacer de él un hombre influyente en la corte. Sin embargo, el conde, después de casarse, decidió alejarse de todo aquello y se retiró a estas tierras a disfrutar de una vida más sencilla y sosegada. Aquí fueron felices por algún tiempo, hasta que la pobre condesa sucumbió a causa de unas fiebres. El barón no ha vuelto a ser el mismo desde entonces. Ni siquiera le quedó el consuelo de algún hijo que alegrara sus días.

-Ahora comprendo la tristeza que hay en su mirada. Pero, doctor, le preguntaba por otra razón. Ahora que sé que el barón es un hombre poderoso e instruido, y en vista de lo amable que ha sido conmigo, ¿usted cree posible que él me pudiera ayudar a encontrar a mi Eric, marido?

-No dude que el barón hará cuanto esté en su mano. Ha tenido usted mucha suerte de que la acogiera de esta forma. Le ha brindado su hospitalidad, y eso la coloca bajo su protección.

-Razón de más para no abusar de su confianza. Pero por otra parte me encuentro desesperada. Tal vez Eric esté en peligro. Puede que necesite ayuda y yo ni tan siquiera sé donde buscarle. Comprenda por favor mis dudas.

-No ha lugar, Marie. El barón la ayudará. Le acabo de decir que ha tenido mucha suerte y creo que aún no es consciente de lo excepcional de su situación. Sepa que desde la muerte de su esposa, con la única excepción de la servidumbre, es usted la primera mujer joven que ha entrado en esta casa en todos estos años. Y ahora, si me disculpa, tengo que dejarla.

Marie se quedó bastante sorprendida. El conde Deac era un hombre maduro, pero bastante apuesto. Aunque no hubiera rehecho su vida, desde luego no parecía un misógino, ni había dado muestras de tener mal carácter. Tal vez no había mujeres a su altura en la región o, de haberlas, puede que él no deseara reemplazar el recuerdo de su esposa por cualquiera de ellas. Aún así era bastante singular que ninguna mujer hubiera pisado aquella lujosa casa desde entonces. Muy significativo, y tal vez provechoso. A situaciones desesperadas, medidas radicales. Tenía una ventaja, y tenía que hacerla jugar a su favor.

-Kristine, la he llamado porque el conde quiere que comparta su mesa y no sé bien qué dicta la etiqueta para el caso. ¿Podría ayudarme a elegir la ropa? Ni siquiera encuentro mi equipaje.

-El señor ya ha escogido un traje para usted. – Abrió uno de los armarios de la pared y sacó un precioso traje largo de color blanco y beige, entallado y con mucho vuelo, adornado con finos brocados y rematado con encajes. ─ Debería probárselo por si hay que hacerle algún arreglo.

 

Marie se quedó asombrada. Se colocó ante el espejo con el traje sobrepuesto y comprobó que era realmente espectacular. La criada le ayudo a probárselo. Le encajaba como un guante y eso, en vez de ser un alivio, era lo que más le preocupaba. Porque Marie no necesitaba preguntarse a quién había pertenecido ese traje maravilloso, y esta certidumbre le creaba ahora dudas mucho más profundas. Pero ya había tomado una decisión, y no estaba dispuesta a echarse atrás.


 

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11 Comments

    1. Bueno, ya estaba inventado. Me encantan los malos, y un buen villano no tiene por qué parecerlo.
      En el 99% de historias el villano es más creativo, inteligente, incluso seductor, que el héroe, que en realidad no es más que alguien que reacciona a las circunstancias. Pero esas circunstancias, que son el eje de la trama, las crea el villano.
      Es fácil crear un héroe, solo hacen falta unos cuantos polvos mágicos, unos pocos complejos a compensar y el póster de un gimnasio, pero el villano es el alma de todo el asunto. Y cuánto menos evidente y más profundo sea el villano, mejor será la historia.
      Por eso le he dado un pasado al conde, y pronto un esquema lógico, mientras que Marie solo reacciona, no crea, no provoca que pasen cosas: solo reacciona.

      Le gusta a 2 personas

    2. Aparte: le he cogido cariño a esta historia. He decidido no rebloguear cada entrada en mi blog, sino dejarla solo aquí, donde somos pocos pero bien avenidos: aquí nos leemos, coño, y eso me toca la fibra.
      (Soy un sentimental, si)
      Me gusta este sitio, no se, lo veo más puro, lo que pasa aquí es verdad. Estoy hasta las huevos de que la gente pase por mi blog y le de al me gusta sin leer, sin mojarse, sin decir aunque sea que es una mierda lo que escribo. Solo unos pocos hacen que todo funcione, y la mayoría están aquí.
      (Soy un iluso, si)

      (Y que? ¡Me gusta ser como soy!)

      Le gusta a 2 personas

  1. Será el villano, pero este conde de Arges tiene su “puntito”, sabe tratar a su invitada a cuerpo de rey, aunque supongo que luego “vendrá Paco con la rebaja…”
    Un relato muy entretenido, estoy deseando leer como sigue.

    Le gusta a 1 persona

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