Cuando la sangre. (2)

La claridad se abrió paso entre sus párpados hiriendo sus pupilas. Marie empezó a reconocer formas que pronto se revelaron como oscuras siluetas que se movían a su alrededor. Los detalles se fueron aclarando poco a poco hasta que reconoció la habitación de la posada. La mujer del dueño estaba de pie ante ella y le hablaba con suavidad, pero no podía entenderla. Sintió escalofríos. Estaba empapada en sudor. La puerta se abrió con rapidez y entró el dueño con cara de preocupación, acompañado de otro hombre con chaqueta y un maletín en la mano que rápidamente se acercó a la cabecera de la cama.

Are you english?

-No, soy francesa.

Eh bien! Por su apellido creí que era inglesa. Madame, mi nombre es Alexandru y soy médico. Estas buenas gentes la encontraron desmayada en medio de la calle, muy cerca de aquí, y la trajeron a su habitación. Tranquilícese, por favor. Si me lo permite, ahora voy a reconocerla.

El mero hecho de escuchar de nuevo su idioma tuvo un efecto balsámico en Marie. Ahora podría entenderse con alguien y tal vez encontrar la ayuda que necesitaba. El médico le tomó el pulso, la auscultó y empezó a examinarla con la precisión y destreza que solo dan largos años de oficio.

-Tiene usted mucha fiebre. Diría que está usted agotada. Pero no es más que un fuerte catarro. Tiene que reponer fuerzas, mantenerse en cama y descansar unos días. Aquí la cuidaran bien.

Se puso a darle instrucciones en su idioma a la mujer del dueño; esta asentía con la cabeza a cada paso, mientras la miraba a ella con gesto contrariado. Marie trató de incorporarse y hablar.

-Perdone, pero yo quisiera saber si usted…

-Ahora no, madame. Debe usted descansar. Pasaré mañana a verla de nuevo y ya habrá tiempo para eso.

La fiebre volvió por la tarde y con ella se hicieron presentes los recuerdos, la angustia y las pesadillas. En su sueño atormentado las imágenes se sucedían unas a otras sin descanso. Recuerdos de su boda con Eric en la pequeña y hermosa ermita de Normandía. Del propio Eric, de sus horas interminables en el pequeño estudio escudriñando legajos y códices, entregado a su pasión por la historia, de su manera tan original de preparar el café o de la infinita ternura que derramaba sobre su piel en noches de amor interminables. Le gustaba contemplar su cara dormida mientras amanecía, recrearse en su tez morena, proporcionada y hermosa que, de pronto, se transfiguró en un rictus pálido y demacrado, y entonces le vio yaciendo inerme. Su alto cuerpo desmadejado sobre el suelo era incapaz de retener la vida que se le escapaba en horribles estertores. Contempló con impotencia como su mano trataba de alzarse suplicando ayuda pero ella, por más que lo intentaba, no conseguía acercarse a él, algo la retenía, una fuerza invisible contra la que sus esfuerzos desesperados eran inútiles. De la oscuridad surgió otra mano, huesuda y fría, que insistía en darle cucharadas de caldo caliente que ella no podía evitar tragar. Y después se revelaron otras presencias gélidas y oscuras, visiones de antiguos castillos en ruinas azotados por el viento que se entremezclaban en su atormentado sueño con los paisajes que la habían acompañado durante aquel viaje desesperado, la búsqueda de su marido emprendida más allá de toda esperanza a costa de sus últimos ahorros. Y cuando penetrar con la mirada alguno de esos bosques alpinos o las montañas nevadas veía aparecer en ellas escenas horribles de antiguos guerreros caídos, con sus cuerpos salvajemente mutilados y toda aquella sangre derramada formando espesos arroyos de un rojo intenso y estremecedor.

Sintió un tacto extraño en sus hombros. Una voz cálida y suave la separó de aquella pesadilla y la trajo de vuelta a la realidad de su modesta habitación en la pensión. Y Marie la siguió, mansa y obediente, dejando atrás su estupor mientras la luz volvía a su mirada.

-¿Cómo se encuentra?

Marie no podía contestar. No quiso intentarlo siquiera.

-Tenía usted sueños agitados. Deliraba. Debe olvidarlos ahora, solo son fruto del cansancio y la fiebre.

Los ojos azules de aquel hombre la miraban intensamente. Se acercó a ella, cogió su mano con ademán delicado, le apartó el pelo de la cara y enjugó el sudor de su frente con delicadeza.

-Marie, estas pobres gentes hacen lo que pueden por usted, pero está agotada y enferma. Usted necesita mejores cuidados. Ahora la vamos a trasladar a mi casa, donde podremos atenderla mucho mejor.

Marie observó a aquel hombre elegante y apuesto que le hablaba en perfecto francés. Tal vez era su mejor oportunidad para averiguar algo sobre Eric. Pero no sabía nada de él.

-¿Quién es usted?

-Mi nombre es Piotr Deac. Soy el… digamos que soy una especie de autoridad por aquí. Le aseguro que en mi hogar tenemos todo lo que usted necesita, y le garantizo que yo me voy a ocupar personalmente de que se recupere. Marie, ¿me va a permitir usted ayudarla?

Marie notó que los otros que estaban en la habitación le trataban con gran deferencia y respeto; de su porte elegante dedujo que se trataba de alguien importante en la región. Aún así, dudaba. ¿Por qué había venido? ¿Quién le había hablado de ella? ¿Por qué se tomaba tantas molestias por alguien que no conocía siquiera? No sabía bien qué hacer, pero aquella voz sugerente en realidad ya la había convencido.

A fin de cuentas, nada podía ser peor que aquel cuartucho oscuro, frío y destartalado.

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Continúa aquí esta historia escrita para Sadire, quien pidió “una de vampiros”. Cierto que no asusta, no todavía. Todo llegará.

Espero que disfrutéis de ella, y si es así, que os animéis a hacer peticiones en este blog. 

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9 Comments

  1. Y a mí que me da que este doctor la va a llevar al castillo…jijiii
    Vengaaaaa, ni cenes y sigue escribiendo que esto pinta bien.
    Un apunte: “suplicando ayuda pero ella, por más que ella lo intentaba, no conseguía ” El segundo “ella” lo omitiría 😉

    Le gusta a 1 persona

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