Cuando la sangre. (1)

El castillo Poenari, también conocido como Ciudadela Poenari, se alza sobre un acantilado cercano al río Argeş, en las montañas Făgăraş, en la actual Rumanía. Construido en el siglo XIII, fue la fortaleza del príncipe Vlad III de Valaquia, conocido como Vlad el Empalador por la forma en que castigaba a traidores y enemigos.

1.

Marie Humsbridge corrió por todo el andén con su maleta pegada el cuerpo, tapada a medias con el abrigo para protegerla de la lluvia. El otoño habitualmente era frío y lluvioso en Valaquia, pero el año de 1.888 pasaría a los anales por la frecuencia e intensidad de las precipitaciones, tan pertinaces que llegaron a desbordar el río Arges causando inundaciones y desprendimientos de tierras.

Había un grupo de hombres bajo la estrecha marquesina de madera de la estación; cuando se detuvo ante ellos notó sus miradas esquivas y cargadas de intención. No parecían muy acostumbrados a contemplar a una joven extranjera viajando sin la protección de un hombre por aquellos parajes tan inhóspitos. Tampoco se mostraron muy dispuestos a ayudarla con su equipaje. Se sentó en un banco de madera.

La estación de Curtea de Arges estaba a las afueras del pequeño pueblo. Después de miles de kilómetros de traqueteo incesante, comidas insulsas y todo tipo de incomodidades, los raíles terminaban al fin para Marie. Ahora tenía que procurarse alojamiento antes de que la noche se le echara encima. Un puñado de monedas le consiguió el pequeño coche de caballos con el que se internó entre las estrechas calles embarradas que se iban volviendo cada vez más solitarias y oscuras.

En Curtea de Arges, el lugar desde el que Eric le había enviado su última carta, solo había una pequeña fonda con cuatro habitaciones. El propietario, un hombre bajo y rechoncho que exhibía la prosperidad de su pequeño negocio en sus dos brillantes dientes de oro, la sometió a un mudo escrutinio que la hizo estremecerse mientras la inscribía en el registro, le entregaba la llave y le ordenaba a su mujer que la acompañara con la maleta.

Una vez sola en el cuarto se cambió y colgó la ropa empapada delante de la chimenea. La mujer silenciosa e inquietante apareció de nuevo con una taza de caldo caliente y un pequeño vaso con un líquido transparente que impregnó la habitación con su penetrante olor a alcohol. Palinka, el mejor remedio local para entrar en calor. Marie deshizo la maleta y se entregó a examinar una vez más la guía de ferrocarriles, el mapa de la región y las cartas de Eric, mientras se calentaba el ánimo bebiendo el caldo a pequeños sorbos. Allí terminaba el viaje. Allí empezaba la búsqueda.

El día amaneció cerrado y lluvioso. Aunque solo hacía cinco días que París había quedado atrás, el sol ya se había convertido en un recuerdo imposible. Se sentía muy cansada. Había dormido mal, en parte por extrañar la cama y sobre todo por la angustia y la incertidumbre que la acompañaban desde hacía bastantes días. Pero había ido hasta aquel lejano lugar con un propósito y ahora no podía permitirse flaquear. Bajó a desayunar y empezó la búsqueda preguntando al dueño de la posada.

Esperanzador. Tras describirle al francés joven, alto y delgado a través de gestos, el hombre le recordó con claridad. Se había alojado allí varias semanas atrás. Estuvo algunos días y después se marchó sin dejar señas de su próximo destino. No volvieron a saber de él.

Al menos tenía un punto de partida, pero Marie sintió que allí había algo más, algo que querían decirle los ojos de la mujer del dueño que, sin embargo, parecía tener sus labios sellados, tal vez por miedo a hablar delante de su marido. Esperó unos minutos a que el hombre se fuera para tratar de hablar con ella.

-¿Sabe usted si podría haber ido a Poenari?

Aunque ella no entendía su idioma, notó la reacción que le había producido aquel nombre. Insistió.

-¿Castillo Poenari?

Los ojos de la mujer enmudecieron, y fue su boca la que negó, en susurros, rogándole atemorizada que no mencionara más ese lugar.

Marie terminó su desayuno, despreciando de nuevo el vasito de Palinka, y se echó a la calle para investigar. Recorrió sin rumbo algunas calles del pequeño pueblo, luchando contra la lluvia y contra su propio cansancio que llegó a hacerla tropezar en alguna ocasión. En ninguno de los comercios, talleres de artesanos o tabernas del lugar le pudieron dar razón sobre Eric; trató de soslayar la dificultad del idioma con gestos que poco a poco iba completando con palabras sueltas en húngaro cuyo significado iba deduciendo, pero su búsqueda resultó infructuosa. El desánimo y la fatiga la iban venciendo poco a poco.

Las gentes del lugar se mostraban hoscas y poco hospitalarias. Eran personas sencillas y reservadas, poco dadas a la conversación. Apenas la atendían cuando les describía a Eric, mas cuando nombraba el castillo de Poenari reaccionaban con aprensión y a veces con espanto; unos se santiguaban, otros conjuraban el nombre maldito con extraños gestos y algunos, los menos, la conminaban sin miramientos a marcharse de allí y dejarles en paz.

Pero aquel castillo era su mejor oportunidad, la única en realidad. Eric lo había citado a menudo en sus estudios y en sus cartas, y de hecho fue el gran motivo de su viaje: conocer y explorar el hogar del príncipe Vlad, el héroe de la defensa contra el imperio otomano, pieza fundamental del gigantesco rompecabezas de sus investigaciones históricas. El castillo era la clave, y si Eric había ido allí a buscar, ahora ella tendría que ir a Poenari a buscarle.

Siguió toda la mañana con su fatigosa búsqueda de respuestas bajo la lluvia incesante, intentando averiguar más sobre el castillo. Pero nadie parecía dispuesto a ayudarla. El cochero que la llevó la tarde anterior se negó en redondo a ir al castillo, incluso a pesar de que esta vez el montón de monedas era mucho más grande. A mediodía estaba ya empapada, sus pasos eran cada vez más lentos y pesados, y sintió que le fallaban las fuerzas y no podía continuar. Decidió volver a la posada. Al cruzar una calle sintió un agudo escalofrío y de repente todo se volvió oscuro.

Siguiente entrega ->


¡Ay que débil es la carne! Nada, que después de todo lo que he dicho, resulta que ya no podía aguantar más sin enseñar esto.

Sadire, mi más entrañable y muy mejor amiga de este mundillo, compañera de fatiguitas varias, y sobre todo la persona a quien debo tanto por todo lo que me ha hecho pensar y reír… Pues resulta que se dejó caer con un petición: quería una de vampiros.

¡Maemía!

Y si mi niña quiere una de vampiros, ¡se escribe una de vampiros!

Y además, por entregas, leches. ¡Con un par!

(aviso para navegantes: ya tengo escritas dos escenas más, y pensadas otras tres, y un final de morirse; las iré dosificando porque este blog necesita un poco de meneo y así os hago ir y venir… y de paso a ver si nos vamos animando a hacer peticiones, ¿no? ¡Abrazotes!)

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15 Comments

    1. Pues resulta que la recogen en una limusina y la llevan a la presentación del nuevo libro de Belen Esteban, y allí agoniza durante horas y al final muere por sobredosis de incoherencias agravada por diez ataques epilépticos provocados por los flashes y un shock anafilactico porque la chica, pobretica, es alérgica a las faltas de ortografía. ¡Vaya final terrorífico! ¡Ni Stephen King!
      Pero… no… es demasiado previsible… mejor sigo por donde iba…😂😂😂

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      1. Gracias, me parece una idea brillante…pero llevo un “retraso” que sería digno de una niñata de culebrón. (ella en sus cosas y amoríos, yo en dedicarle tiempo al dolce far niente…
        Si se me da el Euromillones, te aviso…

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        1. Prímum vivere… bueno, también estamos en empeños más nobles. Por cierto que este finde hay hueco para una epístola, mañana recojo la pluma del afilador…😂😂😂
          Un abrazo,

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  1. ¡Qué bueno…! de momento, me muero de impaciencia por ver que se esconde en el castillo, puede que el señor del castillo haya secuestrado a Eric para que Marie venga a rescatarlo, porque ha visto una fotografía de ella y ha quedado apasionadamente enamorado, jaja.
    Voy a por la segunda entrega que creo no se parecerá en nada a lo que he escrito arriba.
    Un abrazo.

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