Tomb Writer.

Los últimos céntimos se fueron con la propina. Cuando terminó de contar las plantas del edificio hizo ademán de volverse para abrir de nuevo la puerta, pero el taxi ya estaba lejos. Lara apretó firme el manuscrito bajo el brazo, tiró de los bajos de su mejor chaqueta y se plantó en cuatro pasos ante la puerta.

Era consciente de lo complicado de su empeño, de lo difícil que es abrirse camino para un escritor novel, de lo infundado de sus ilusiones de ver su primer libro publicado por una gran editorial, pero nada tenía que perder por estar allí. Le había costado mucho decidirse. Había sacrificado sus últimos ahorros en imprimir y encuadernar el manuscrito, y se había puesto su mejor chaqueta con aquella falda prestada por Mary para ir allí y, si tenia que caer, hacerlo con dignidad.

Un cristal mas grande ─y mucho más limpio─ que su propio dormitorio le negó el paso, devolviéndole a cambio de su desazón el reflejo de una figura temerosa y perdida. Alguien la esquivó y pasó con determinación. Por algún capricho fotoeléctrico aquel otro vidrio si que se deslizó obediente hacia un lado. Todavía hay clases. Pero nadie la había visto aunque, de todas formas, nadie la conocía. Se coló tras su estela con pasos apresurados, pues la lujosa guillotina amenazaba con decapitarle el sentido del ridículo.

Los directorios que hay en los vestíbulos de los edificios de oficinas son mucho más eficientes que las cámaras o las alarmas detectando a los intrusos: ellos son los únicos que se paran a mirarlos. No hay trampa mejor en un lugar donde todos los que son, saben siempre a donde van.

El recepcionista, entrenado por la experiencia, se permitió hasta el lujo de espetarle «el departamento de lectura está en planta sótano, oficina doce», sin darle tiempo siquiera a que formulara la pregunta. También le ahorró la siguiente. «Ascensores A y C o puede bajar por esa escalera». Aquel hombre adoraba su trabajo.

Lara ganó tiempo perdiéndolo en cada peldaño que bajaba. Tenía que rehacerse, consciente de que sólo su imagen, por encima de sus palabras ─incluso las que llevaba bajo del brazo─, le abriría las puertas. “Es imposible dar una segunda primera impresión”. Tocó dos veces con los nudillos en la puerta numero doce.

Volvió a tocar, con algo más energía.

Pensó en volverse.

Tal vez había que entrar sin llamar. No había ningún cartel. Solo el rótulo con el número doce. Se jugaba su primera impresión.

Pensó de nuevo en irse.

Abrió, y entró. Estaba oscuro. Busco en la penumbra alguna figura, una sombra, quizás una segunda puerta, algún punto de referencia. Algo.

Nada. Debería haberse vuelto. Y no fue esta la última vez que lo pensó. 

Avanzó unos pasos a oscuras, decidida a estar allí, a sentarse y esperar a que la recibieran. Había ido con un propósito y… ¡La puerta se cerró!

¿Encerrada? La oscuridad era total. Volvió a tientas a la puerta, pero ya no pudo abrirla. Estaba atrapada en aquel despacho. ¡Menuda primera impresión! Tenía que salir de allí. Se movió despacio en la oscuridad, tropezando con los muebles, tratando de palpar las paredes a ciegas, hasta que sus ojos se fueron acostumbrando poco a poco a la oscuridad. Entonces pudo ver una rendija de luz en el suelo, justo al fondo del habitáculo. Trató de acercarse.

Sus manos palparon la pared y no pudieron descubrir la más mínima discontinuidad en su superficie. No había ninguna puerta y, sin embargo, había una linea en el suelo por la que entraba algo de luz. Se agachó para verla mejor.

Sus manos le descubrieron la trampilla. Trató de abrirla, pensando que al entrar más luz podría encontrar la salida. Y la luz le mostró unos escalones. Cerró la trampilla. Sería algún almacén, un segundo sótano, tal vez un acceso al parking subterráneo. Era extraño, pero desde luego por allí no iba a volver al pasillo. Seguro que encontraría la salida en alguna otra parte.

Diez minutos más tarde estaba bajando los escalones. La luz no era uniforme, sino débil y parpadeante. Una vez abajo, pudo ver que se trataba de una vieja lámpara de keroseno, algo bastante inapropiado en aquel moderno edificio. Tal vez algún operario la estaba usando para reparar alguna avería eléctrica aunque, no, no había bombillas ni lámparas de ningún tipo. La cogió por la argolla para poder ver mejor aquel lóbrego lugar.

Poco más que cuatro paredes de hormigón sin pintar y un oscuro pasillo entre las sombras que tenía que conducir a algún lugar. Volver o continuar. Se sentó en los escalones de madera para tomar una decisión.

La estremeció de repente el sonido de un portazo. Muebles arrastrados. Golpes en el despacho. Luz a través del hueco de la trampilla. ¿Debía subir o permanecer en silencio? Si la sorprendían allí, mal iba a explicar que venía a presentarles un libro. ¡Menudo bochorno! ¿Cómo iba a explicar…? Más ruidos. Voces. La trampilla cae con un golpe seco. Muebles. Ruidos. Silencio.

Por un momento la luz se filtró por los bordes de la trampilla. Después aquel contorno se perdió en la oscuridad, se hizo el silencio y Lara dejó pasar un par de minutos. Tenía que pensar. No iba con su carácter seguir los impusos. Todavía no sabía cómo había terminado allí abajo. Pensar. Sí, pensar.

La trampilla ya no se podría volver a abrir. Seguramente habían colocado algún mueble encima. Imposible moverla. ¡Tenía que salir de allí! Pero los golpes y los gritos no sirvieron de nada. ¿Quién le habría dicho que no llevara teléfono móvil a una entrevista? Malditos consejos. Maldito libro. Maldita suerte.

Solo le quedaba una salida. El pasillo comenzaba recto y horizontal; había algunas herramientas, cajas y algo de suciedad por el suelo. Pero pronto empezó a descender. Tal vez tenía que volver, pero no le quedaba otra. Siguió caminando con cautela cuando algo cruzó ante sus ojos.

Había sido como una violenta ráfaga de aire. Aún se estaba preguntando por la causa cuando, de nuevo, algo volvió a cruzar, esta vez de izquierda a derecha. El tercero vino de frente, y para ser un murciélago común mostraba un extraño interés por la literatura: trató, como los siguientes, de aferrarse al libro. Lara empezó a bracear, protegiéndose por instinto la cabeza con rápidos movimientos de los brazos, y dejó primero el libro, y después, sin darse cuenta, la lámpara, que se hizo pedazos en el suelo ante ella. El keroseno se inflamó de pronto, lanzándola hacia atrás con la deflagración hasta quedar tumbada y aturdida sobre el suelo.

Las ultimas llamas se estaban extinguiendo cuando Lara logró incorporarse para ver como su libro ardía sin remedio. No era más que una copia, pero verla arder de aquella forma consumía a la vez sus esperanzas. Ahora ya no tenía de qué preocuparse, aparte de por salir de allí y, a ser posible, con un mínimo de dignidad.

Tenía pues que seguir adelante, y ahora estaba sin lámpara. Cogió con cuidado un puñado de páginas de su libro que, cuidadosamente enrolladas, al menos le servirían como una precaria antorcha hasta encontrar algún interruptor o dar con la puerta de algún recinto iluminado. Los murciélagos habían desaparecido, y si ellos tenían un camino, solo tenía que encontrarlo.

El pasillo bajaba cada vez más, y se estrechaba poco a poco. Las paredes eran cada vez de un acabado más grosero. Aquello se empezaba a parecer a una alcantarilla…

¡Ratas!

No podría continuar. Les tenía pánico. Mejor volverse y aporrear a ciegas aquella trampilla hasta que alguien la pudiera oír. ¡Aunque estuviera horas intentándolo! Pero… aquello era un edificio de oficinas. Era ya más de media tarde cuando llegó y, entre una cosa y otra, pronto se iría todo el mundo. Nadie sabía que estaba allí. Nadie la buscaría.

No. Tenía que continuar y encontrar una salida. Todos esos edificios solían tener varias plantas de aparcamiento en el sótano, y aquel no iba a ser una excepción.

Los papeles se estaban consumiendo rápidamente, tenía que encontrar algo mejor antes de que el fuego se apagara. ¿Cómo hacían en las películas para tener siempre una antorcha a mano? Volvió sobre su pasos hacía los restos de la lámpara. Descubrió que no se había consumido todo el keroseno, pues quedaba algo en el deposito. Encontró entre las herramientas un martillo, y entonces deshilachó una tira de tela del bajo de su preciosa falda, prestada para la ocasión, para enrollarla en la cabeza del martillo; mojada en el keroseno, ardió lo suficiente para darle algo de luz a sus pasos.

Guardo el resto del keroseno, pensando que lo podría necesitar para ver, o para ahuyentar a las ratas. Y siguió bajando por aquel pasillo que ya devenía en galería, y prometía evolucionar a albañal.

Cada vez había más humedad, y ni rastro de una puerta o una salida. Pronto se encontró con un recodo, aún más estrecho, y luego con algunos más, hasta llegar a una encrucijada donde se encontraban varios túneles.

Asomó la antorcha por todos ellos, y vio que alguno parecían ascender, y otros amenazaban con descender aún más. Pero algo le hizo elegir el túnel del centro, pese a que discurría perfectamente horizontal: había cables eléctricos en sus paredes, y eso al menos le inspiraba la confianza de que conduciría a algún lugar civilizado.

Caminó unas decenas de pasos confiada hasta que sintió como su cuerpo se hundía irremediablemente. De forma instintiva extendió los brazos al caer y su mano derecha se aferró a uno de los cables. El suelo se había hundido a sus pies y estaba literalmente colgando de su asidero. Pronto se asentó el polvo y pudo ver su linterna abajo, en el fondo, apagándose lentamente. El suelo había desaparecido por espacio de varios metros hacia adelante y atrás, haciendo imposible volver o continuar: las paredes caían a pico una altura de cinco o seis metros. Solo podía bajar, y no sabía como. Tenia que pensar, y rápido, porque a la antorcha no le quedaba mucho.

Una de las grapas que fijaban el cable a la pared saltó, vencida por la tensión del mismo, y después otra, y otra, y poco a poco el cable se fue soltando de sus fijaciones respondiendo al peso de Lara. Esto amortiguó la caída de Lara que al final acabó soltándose del cable para tratar de amortiguar el golpe flexionando las rodillas.

Llegó a tiempo de rescatar la antorcha del suelo húmedo y pudo contemplar una especie de cueva bastante más amplia. Pero la sorprendió ver unas tablas de madera rotas en el suelo. Miró hacia arriba y vio que el suelo de la galería superior estaba en realidad soportado por esas tablas, que tal vez se había roto con su peso. Pura casualidad. Como la puerta del despacho que se había cerrado, o la trampilla que había quedado atrapada por el peso de algún mueble.

¿Casualidades? ¡Para los mortales! Ella era escritora.

Lara empezó a analizar su situación desde otra perspectiva. Tal vez había algo premeditado en lo que le estaba sucediendo. ¿No se había pasado de listo aquel conserje, o es que sabía algo?

Pero, ¿Quién podría tener interés por hacerle daño, si en aquel lugar no la conocía nadie? Tan solo había contactado con la editorial para presentarles el libro, y por supuesto les había adelantado una copia del manuscrito por email. Pero esas eran las formas, no había tenido otro medio para concertar aquella cita y….

¿No estaba oliendo a gas? Empezó a mirar a un lado y a otro buscando el origen de aquel aroma conocido y penetrante cuando, sin pensarlo dos veces, apagó la antorcha pisándola una y otra vez. Ahora estaba totalmente a oscuras y el olor a gas se hacía cada vez más intenso. Sabía que, fuera como fuera, tenía que salir de allí. Había caído colgando de un cable, y si todavía llevaba corriente, cualquier chispa podría tener consecuencias devastadoras.

Empezó a gatear por el suelo, tratando de recordar lo poco que había visto de aquella cueva y, guiada por su instinto, escogió una dirección y se movió rápidamente, cayendo una y otra vez, hasta que chocó irremediablemente con la pared.

Palpando con las manos a un lado y a otro pudo dar por fin con la galería que recordaba, y siguió por ella con decisión. Al menos, cada vez olía menos a gas. Cuando más lejos estuviera de aquel peligro, más segura se encontraría.

Cayó una y otra vez, pero continuó; notaba ya las heridas en sus manos y sus rodillas pero no podía dejar de moverse, adelante, siempre adelante.

Sus ojos se empezaban a acostumbrar a la oscuridad. Había oído hablar de la fosforescencia natural que iluminaba algunas grutas, pero ella no percibía más que penumbras y leves manchas de luz. Aún así, podía seguir avanzando por aquel nuevo túnel que, de pronto, empezó a ponerse cuesta arriba. Y eso eran buenas noticias. Volver a la superficie. Volver a la luz, encontrar al fin una salida. La onda expansiva la dejó literalmente pegada al suelo.

Dos segundos más tarde, un viento imparable de fuego recorrió el techo de la galería por un instante, seguido por una violenta ráfaga de aire causada por la diferencia de presión. La oscuridad volvió de nuevo, y solo entonces pudo incorporarse y supo que no habían ardido su ropa o su pelo, pero la llamarada había consumido el oxígeno y el túnel se estaba llenando de humo. Apenas podía respirar. Entonces recordó aquel documental sobre los bomberos y se echó rápidamente al suelo, buscando el poco oxígeno que quedaba.

Siguió arrastrándose por la galería, lo mas deprisa que podía, alejándose de la explosión y buscando algo de aire limpio. Tras doblar algunos recodos y seguir por un tramo recto y ascendente de unos pocos metros, pudo ver algo de claridad en uno de los muros, que pronto se convirtió en un leve haz de luz. Corrió hacia él.

La luz entraba por una rendija en el techo de la galería. Pero estaba demasiado alto. Tenía que alcanzarla, era su única conexión con el mundo, y se aferró a ella. Notó como el aire se filtraba por aquella oquedad, que seguramente era más grande de lo que parecía desde abajo. Tal vez podría agrandarla y salir por allí.

Buscó por todas partes pero no pudo encontrar piedras, cajas ni nada en lo que poder subirse. Aquello no podía ser. Estaba tan cerca, tenía la salvación tan a mano, que casi podría llegar a la fisura con la punta de los dedos, pero por mas que buscaba no encontraba en qué subirse ni como llegar a ella.

No podía más. Aquello no era justo: tan cerca y a la vez tan lejos de la superficie, condenada a morir en aquella maldita galería que sería una tumba fría, húmeda, alargada y tan estrecha que podía tocar ambas paredes estirando los brazos.

Tan estrecha.

Rápidamente empezó a apoyar las manos y los pies en los muros para, balanceando el peso del cuerpo, tratar de ir ascendiendo aferrándose a cualquier oquedad, piedra o saliente. Había visto a escaladores hacer algo muy parecido, y sabía que solo tenía que hacer presión contra las paredes para conseguir mantenerse y subir.

Tras varios intentos logró elevarse hasta la rendija y, tirando de uno de los bordes, las piedras empezaron a desprenderse, a ceder a sus tirones hasta que pudo alzar la vista y ver un largo agujero que terminaba en un circulo blanco y luminoso.

No sin esfuerzo logró pasar su cuerpo hasta el estrecho pozo y ascender por el asiéndose a las anfractuosidades de sus paredes cilíndricas. Varias veces resbaló o perdió el apoyo, estando a punto de caer, y todas se recompuso y siguió su camino hasta llegar al extremo superior, donde la esperaba la luz blanca y salvadora.

─Pase, ¡pase por favor!

─¿Do… donde estoy?

─Departamento de lectura. ¿Es usted Lara Bold? ¡La estábamos esperando!

 

 


 

Esta historia esta inspirada por, y por supuesto dedicada a, “El Pensadero de Yai“, quien dejó una petición en estos términos: “¿Qué tal si le dedicas unas palabras de ánimo a una joven escritora con miedo a TODO? 😉☘”

Me ha parecido que sería edificante armar un pequeño cuento sobre una heroína, Lara Bold, una especie de Tomb Writer, capaz de vencer cualquier dificultad para entregar su manuscrito a una editorial. Si esto no arrasa con todos los miedos habidos y por haber, las demás soluciones que se me puedan ocurrir no se venden sin receta.

¡Hay que echarse al camino! ¿No lo hago yo, publicando este ladrillo de más de 2700 palabras escrito de corrido y sin corregir? 

¡¡¿¿Quien dijo miedo??!!

¡Un abrazo!

 

 

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9 Comments

    1. ¡Gracias Israel! Lo reblogueo, que tiene mucha chicha este relato y es un soplo de ánimo para cualquiera que esté en esta senda que es la escritura y quiera publicar algún día. Porque… dime tú, ese zulo/cueva/trampa no existe, ¿verdad? Si es así, me quedo más tranquila y casi que me creo que puedo con todo.

      Me ha encantado, de verdad que muchas gracias😊☘️.

      Le gusta a 1 persona

      1. Te garantizo que no existe! Es solo una metáfora de las dificultades, las trampas por el camino y todo lo injusto que he visto que tiene este mundillo. Y conste que nunca he publicado.
        Pero también he intentado plasmar la lucha de la chica que vence sus dudas y sus miedos, y al final se da cuenta de que todo es un montaje, y la “primera impresión” importaba un bledo: es la voluntad, la perseverancia y el espíritu de superación lo que nos acerca a nuestros objetivos.
        Mucho ánimo, lucha, y nunca dejes de creer en ti misma.
        Un abrazo!

        Le gusta a 2 personas

  1. Buen guion para un corto, yo pensaba que era una pesadilla, justo la noche anterior a la entrevista, con todas sus fobias para prepararla ante el rechazo editorial como miedo del último nivel de su aventura literaria 🙂

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    1. De hecho estuve tentado de terminarlo con el timbre de un despertador, pero eso le habría quitado mucho peso al mensaje. Aparte de que era previsible. Bueno, el desenlace que le he dado también es previsible, pero más atrevido!
      Un abrazo!

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  2. ¡Escrito de corrido y sin corregir? ¡Eres todo un héroe! Pensé que te habías echado el lazo al cuello con la idea de escribir a medida; pero vas más que bien, ¡felicitaciones Isra!
    La historia me hizo sentir bajo la piel de Lara; experimentar su miedo, pero al mismo tiempo su tesón y empeño por encontrar una salida. Iba leyendo con el corazón medio encogido por todo lo que vivía la protagonista. ¡Muy bueno! ¡Más que bueno!

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  3. ¡Qué maravilla, Israel! tener esa capacidad de escribir solo está reservada a unos pocos, imaginación y facilidad, no puedo por menos que envidiarte…
    Vivir es una aventura y si lo analizamos fríamente así es la vida, una sucesión de trampas para conseguir algo y no siempre se consigue. He sufrido con Lara su aventura y he vivido su llegada como un triunfo mío…

    Le gusta a 1 persona

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