Culpas de mármol.

Huellas blancas, duras, frías, sobre pasillos de éter y algodón pulidos por el tránsito incesante del dolor.

Pálidos reflejos de figuras sin alma, espectros que las pérfidas paredes brillantes de los gobiernos, inmensos espejos frustrados, le van arrancando a todo el que pasa con un papel en la mano.

Letras grabadas para la eternidad que rompen vetas primigenias y quiebran antiguos cristales para escribirle el nombre al que ya nunca lo podrá leer.

Fachadas ostentosas en los palacios de la avaricia, lugares donde la tristeza se cuenta por papeles y la esperanza se deja por escrito.

Recintos pulcros, majestuosos, limpios hasta lo impoluto, impermeables a la pérdida cotidiana, que le hacen de escenario displicente al duelo.

¿Qué culpa tendrá el mármol?

¿Por qué le robará el hombre a las montañas su entraña más preciosa para disimular con ella las verdades del ladrillo, si con ello sólo consigue vestir de domingo a la amargura y el dolor?

Porque, ¿acaso ocurre que la calcita, el talco, la mica y el cuarzo se hubieran conjurado en perversa alianza contra las esperanzas e ilusiones de los hombres? ¿O será quizás que el mármol, piedra forjada de incontables dolores telúricos, hija del peso eterno de los sedimentos, producto de infiernos subterráneos de magmas y erupciones, se pueda vengar en nosotros por su milenaria y horrible génesis?

Yo no lo creo. Si ahora es frío es porque añora el calor profundo de la tierra. Si brilla es porque manos pacientes y expertas le enseñaron a mostrarnos toda su pureza. Y si refleja es sólo porque nos quiere imitar el rostro para tratar de ser menos material, menos piedra, menos inhumano.

Pero el mármol no es culpable de ser donde lo colocan, ni de estar cuando no se le querría ver. Él no salió por sí mismo de la entraña de la tierra, ni escogió desgajarse en bloques y tablas, ni cortarse, pegarse o pulirse. No decidió crear ecos con nuestros lamentos desde las paredes, ni absorbernos las lágrimas que caen al suelo.

El pecado está en los ojos que lo miran. Pues no sabemos ver, o tal vez sea que no queremos, que cuanto nos rodea no es por nosotros, sino porque es. Encerrados en nuestras propias almas, aprisionados en ellas como los estratos de mármol bajo la tierra, nos privamos de una belleza que nosotros mismos nos ocultamos tras nieblas de hastío, de fracaso o dolor.

Nunca volvemos a esos mismos lugares despojados del motivo para el que fueron creados. Solo por verlos, solo por estar allí. Como tampoco visitamos los rincones más importantes de nuestras vidas si no existe algo que lo provoque, si no salen de pronto a nuestro encuentro o si la vida, para nuestra desgracia, nos priva de ellos y solo nos deja el espejismo de su recuerdo.

Porque solo entonces, cuando nos acercamos de nuevo a todos esos lugares libres de intenciones, podremos disfrutar de su verdadera naturaleza. Solo así podremos sentirlos de nuevo y reincorporarlos con plenitud a nuestras vidas, ajenos ya a todas esas cargas que no les eran propias, pues no eran suyas, sino nuestras.

No se puede recuperar lo que antes no se ha perdido. Pero lo maravilloso de esta vida es que, por meticulosos que hayamos sido, siempre nos queda algo que encontrar.

El mármol, como nuestras vidas, a cada nuevo paso se muestra distinto. Cambia con cada perspectiva. Deberíamos aprender de él pues, siendo siempre el mismo, crece sin parar a medida que te acercas, como esos geniales óleos de los museos que de lejos te gritan pero de cerca te susurran. Al penetrarla con la mirada la noble piedra se va enriqueciendo en el detalle y acaba mostrando al ojo su más íntima entraña, la intrincada complejidad de sus vetas y cristales, sus blancos nacarados y los brillos minerales que habitan su esencia.

Si lo dejas hacer, el mármol te puede enseñar la naturaleza tempestuosa de su génesis, puede hablarte de su silencio de eones, de manos, sierras y máquinas, de su desnudez en los almacenes, de su dolor cuando las máquinas, de traslados y manipulaciones, y también de todas las almas que ahora refleja. Y tú, que solo miras, quizás empezarías a ver.

No, la culpa no es del mármol.


Este texto nace a petición de Estrella, quién con estas palabras «¿Cómo se recupera la ilusión de vivir? supongo que aún no se ha descubierto la fórmula…» entiendo que pedía reflexiones sobre el cambio.

Lo cierto es que el texto, en apariencia, no parece tener mucha relación con la petición. Tampoco lo pretendía, me dejé llevar arrastrar por una intención y terminé reivindicando una piedra. Pero me comprometí a entregar una formula, así que voy a tratar de salir del paso:

La ilusión de vivir me parece algo tan personal que esa fórmula la tendría que descubrir cada uno. No hay principios generales, más allá de los consejos bienintencionados que cualquiera, desde su experiencia, pudiera ofrecer.

Pero me parece cierto, o así lo creo en mi experiencia, que todo consiste en un proceso de cambio. A veces, el cambio estriba en los hábitos, otras se emprenden viajes o actividades, y en otras ocasiones (tal vez en todas), el cambio también tiene lugar en el interior. De hecho, creo que normalmente coexisten esos dos impulsos, el externo y el interno, y no se sabe bien cual de los dos motores del cambio tira del otro, o si pueden llegar a ser independientes, o si se puede prescindir de alguno.

Pienso que el cambio interior tiene que ver con pensar, y el exterior con hacer. La fórmula pasaría, pues, por dosis personalizadas de intención y concreción, es decir, componentes de potencia y de acto. Una combinación de ganas de hacer, y de perseverancia haciendo.

Hasta aquí los ingredientes básicos. Yo suelo añadir una especia fundamental: la utilidad. Sentirse útil. Porque me parece que no basta con tener la intención y la voluntad, creo que ayuda mucho saber que aquello que se hace tiene una utilidad, que sirve para algo o para alguien.

De hecho, me parece que la ilusión de vivir puede tener mucho que ver con la convicción de servir, de ser útil, de encontrarle sentido y utilidad a la propia existencia. Si esto es así, el problema de la ilusión de vivir, y por tanto su solución, pasaría por empezar a despreocuparse de uno mismo y encontrar a alguien a quien ayudar.

Y con esto llego a uno de mis principios fundamentales: ayudar es ayudarse.

Un abrazo, Estrella, espero que te agraden el texto y las reflexiones.

 

 

 

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17 Comments

  1. No, la culpa no es del mármol…
    El mármol es la bella corteza de un mundo cruel. Lo feo es lo que envuelve que por mucho que intente travestirse no puede ocultar su frialdad y su indiferencia.
    Esas bellas escalinatas solo nos conducen a un mundo de injusticia, esas columnas abren paso a lugares donde se lucha solo por el poder y esos suelos donde se pisotean nuestros derechos no esconden la belleza del mármol con que están vestidos.

    Gracias, Israel, ahora vamos a la cuestión que te planteaba. No sé si es la edad, el cúmulo de hechos pasados, las circunstancias presente o vete a saber qué, he llegado a un punto en que me parece que ya estoy de más.
    No es cuestión de utilidad, pues creo que soy útil, de hecho estoy manteniendo a mi familia, mis dos hijos y un nieto que viven conmigo, trabajo y creo que lo hago con eficiencia, la gente con la que trato me estima porque intento hacerlo lo mejor posible… No sé, todo eso no es bastante para amarrarme aquí. Quizá solo sea efecto de un largo invierno que ya dura varios años.
    Me ha encantado lo que me has escrito, gracias de nuevo. Un abrazo.

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    1. Muchas gracias a tí de nuevo.

      Puedo comprender tu situación, pero en primer lugar te recomiendo que no desveles mucho sobre tí misma por estos lares. Nunca es bueno, nunca se sabe.

      Las personas somos mucho más que un par de párrafos y, sin embargo, tendemos a etiquetarnos y clasificarnos unos a otros. La gente no es lo que hace: alguien no puede ser simplemente un ingeniero o un albañil o una ejecutiva o una limpiadora. Las vidas son increíblemente más ricas y complejas que un par de palabras, y no tenemos derecho a negarle esa profundidad a los demás porque solo conocemos un par de categorías a las que pertenecen.

      Dicho esto, todos nos sentimos prisioneros de ciertas situaciones, y tal vez eso le roba importancia a todo lo que hacemos. Cuando algo importante se convierte en cotidiano aparentemente pierde su mérito y su valor. Y no es así. Hay que partir de ahí, reconocerse el propio valor y saberse importante en cuanto nuestros esfuerzos mejoran las vidas de los demás, a veces a costa incluso de trocitos de las nuestras.

      Realizarse. Qué complejo, ¿verdad? Lo que decía, no somos lo que hacemos, somos mucho más que eso. Somos también nuestros sueños y aspiraciones, somos lo que podríamos haber sido. Somos las ilusiones que nos negamos y somos también todo aquello a lo que renunciamos. Pero, ¿Quien nos pone esos límites?

      Pues nosotros mismos.

      Porque los limites que nos ponen los demás no importan. Se pueden superar. Todo tiene solución razonable. En último extremo, quien nos quiere, quiere que seamos felices.

      En esta vida todo reside en el equilibrio. Encontrar equilibrio entre lo que se debe hacer y lo que se quiere hacer, entre lo que se da y lo que se querría recibir. Entre los deseos y las obligaciones. Entre las responsabilidades y los derechos. Entre los sueños y la conciencia.

      Y aquí si que no hay fórmula. Tan solo, si te sirve de algo, nos queda esforzarnos por poner las cosas en su justo valor y tratar de ser ecuánimes. Pero el YO nunca puede ser el último término de la ecuación. Tampoco el primero, desde luego, pero no se puede despreciar. Incluso cuando todo descansa en un solo YO que carga con todo, proteger un poco a ese YO ayudará a que todo se sostenga.

      Pero… pero… ¿Yo que hago aquí? ¡Con lo bien que me hubiera ido en un seminario! Jajaja.

      ¡Un abrazo!

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      1. ¡Ja,ja,ja! ¡Este último párrafo, Israel, ha sido el broche de oro, para tan excelente entrada y reflexiones! Tus letras te retratan de cuerpo entero: guapo por fuera y por dentro, culto, simpático, caballeroso, ingenioso, creativo, buena pluma y, además, ¡con un gran sentido de humor!
        ¡Para ti mi reconocimiento, admiración y afecto!
        ¡Felicidades a Estrella por tan estupendo resultado obtenido con su petición!
        ¡Gracias Isra! ¡Un abrazo grande!😊😊😊

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        1. Pues me quedo sin palabras! Doy fe de que nada de eso es cierto, y además soy inconstante, disperso, distraído, tengo un ojo vago y el otro se está solidarizando, fumo, soy un desastre para los negocios, lavo el coche por la aemet, me tapo la cabeza con la sabana para degustar mis ventosidades y tengo un porrón de manías y malas costumbres.
          Una prenda, vaya.😂😂😂😂

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          1. ¡Ja,ja,ja! ¡Ja,ja,ja! 😀😀😀
            ¡Cuánto me has hecho reír! ¡Ya te imagino en esos menesteres tan singulares!😖
            ¡Vaya, vaya! ¿Con que intentando echar por tierra mi fascinación? No lo conseguirás; estoy muy clara de que no somos perfectos y que hasta podemos tener un lado B.

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          1. ¡Muy agradecida! Tengo que decirte que, en muchas ocasiones, eres bastante “españolísimo” en tus expresiones y no logro comprenderlas a cabalidad. Eso del aemet, ¡ni idea! Lo mismo que la mención de ” cinco jotas”. Pero los abrazos son idioma universal, ¡otro de vuelta!

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      2. Lo del seminario mejor no, estoy segura que tú mujer no lo hubiera querido, jaja.

        En cuanto a lo demás, gracias, ¿quién no se hace un millón de reflexiones al día? seguramente me iría mejor si pensara menos y actuara más. La vida no es una ciencia exacta donde cada cosa tiene su sitio, la vida es lo que sentimos y es difícil controlar los sentimientos. Tienes mucha razón, el quid de la cuestión es encontrar el equilibrio, creo que eso es lo que me falta, encontrar ese punto medio donde pueda vivir para los demás al mismo tiempo que vivo para mí.
        Un abrazo.

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  2. Reblogueó esto en caminando…y comentado:
    Israel se ha ofrecido para escribir sobre un tema que le propusiéramos y esto tan hermoso es lo que ha escrito atendiendo a mi petición.
    Está abierto a todo tipo de peticiones, así que ya sabéis… siempre es un placer leer lo que escribe, pero si no le pedís nada, os lo estáis perdiendo.

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