A hombros de gigantes.

Escojo precisamente esta frase de Isaac Newton para hablar sobre Stephen Hawking, de la misma forma que el la escogió para titular uno de sus libros, en el que sintetizaba las obras de Copernico, Galileo, Kepler, el propio Newton o Albert Einstein.

Nadie parte de cero; la ciencia y el conocimiento se construyen ladrillo a ladrillo, apoyándose cada nuevo avance en los logros de quienes lo precedieron. Concretamente Newton le escribía a Robert Hooke “Si he visto más lejos es porque estoy sentado sobre los hombros de gigantes”, en un raro alarde de humildad de este genio en reconocimiento a los citados Copérnico, Galileo y Kepler. Hawking hacía suya la frase para ahondar en el concepto, mostrando cuan importantes son todos los ladrillos por mucho que el mundo solo se fije en los que están arriba.

Hay muchos rasgos de la persona y la obra de Hawking que se destacan en estos días, después de su fallecimiento. La prensa y los medios internacionales rinden tributo a su figura de una forma que me parece más que merecida. Por otra parte, también me ha llegado por un grupo de whatsapp el chiste fácil que anda circulando por las redes, una estupidez irrespetuosa y macabra que ha sido razón suficiente para que abandone ese grupo, que en realidad le aportaba a mi vida infinitamente menos que todo lo que he podido aprender y disfrutar de Hawking.

Pasa con la figura de Hawking algo parecido a lo que ocurre con Einstein. Se cuenta que Charles Chaplin le dijo una vez, en respuesta a un halago, “Lo suyo es mucho más digno de respeto: todo el mundo lo admira y prácticamente nadie lo comprende“. De un genio a otro, y no deja de ser una gran verdad. Muy pocos comprendieron a Hawking, y no me refiero solo a entender su ciencia.

Porque mucha gente en todo el mundo sentía lástima por el científico, atado por la ELA a una existencia muy limitada desde su juventud. ¿Habrá algo más estúpido que compadecerse de alguien que jamás se compadeció de si mismo? Para Hawking la silla no era una condena, sino una tribuna; subido a ella nos dió los más grandes discursos. Lógicamente él no escogió vivir así, y desde luego lo habría evitado de haber podido. Pero nunca permitió que la silla le lastrara.

Me contaron unos amigos que, estando el genio de visita en una universidad española, le pudieron ver corriendo con su silla por los jardines como si aquello fuera una pista de karting. Joder, ¡ese hombre disfrutaba más de las ruedas que muchos de sus propias piernas!

Es que ni tan siquiera se trata de una historia de superación. Porque el verbo superar implica la existencia de un obstáculo, partir desde abajo, reconocerse inferior y esforzarse por mejorar. Nada de eso viene al caso. Al menos yo no considero a Hawking inferior a nadie en absolutamente ningún sentido; al contrario, es una de las mentes maravillosas que ha dado la evolución de la especie humana. Como Bertrand Russell, el infinitamente prolífico Asimov o todos esos gigantes que prestaron sus hombros al progreso.

¿Qué obstáculo puede haber para una mente que se entrenó a sí misma para comunicarse de una forma compleja y directa utilizando un único músculo en la órbita del ojo? Por favor, los obstáculos los tienen, y muy serios, todos los que utilizan su bocaza para hacer comentarios prescindibles, de dudosa gracia y peor gusto sobre un gran hombre que acaba de fallecer. La silla es solo un medio, mientras que la estupidez es una verdadera tara.

Me atrevo a decir que Hawking solo tenía un obstáculo, y es el mismo que tenemos todas las personas: el tiempo. La desaparición de este enorme científico va más allá de la siempre irreparable pérdida de una vida humana, por ilustre, digna o importante que se la pueda considerar. Con Hawking hemos perdido mucha, muchísima ciencia. De la misma forma que perdimos tanta música con Mozart o tanta belleza con Van Gogh. A veces lloramos por las personas, pero en algunos casos deberíamos lamentarnos aún más por lo que nunca pudieron llegar a hacer.

No hace falta entender mucho de ciencia para poner en valor la figura de Hawking. Total, la gente corriente ni siquiera sabe que su gps funciona gracias a la teoría de la relatividad, ni comprende que la pretendida inteligencia artificial que tanto nos venden hoy en día no es otra cosa que algoritmos de los años sesenta en procesadores endiabladamente rápidos. Es curioso, las masas han convertido en sus nuevos ídolos, a veces en gurús de la filosofía y el saber, a personajes como Steve Jobs, Bill Gates y similares, cuando no son más que grandísimos comerciantes, gente que ha sabido rentabilizar con un éxito incontestable los descubrimientos de otros. Yo les concedo ese mérito, y muy pocos más.

Pero no es justo, porque casi nadie sabe de Turing, de Von Neumann o Dikjstra, ni de Ramanujan, ni de tantos y tantos otros gigantes en cuyos hombros se soporta nuestra tecnología actual, salvo que se conviertan en carne de guión para película al uso.

Hawking es archiconocido, no solo por su peculiar biografía, sino también por su obra divulgativa. Pero el verdadero Hawking está oculto a la gente, pues su historia también se escribe en ecuaciones, diagramas y números, pues la matemática es el lenguaje de la ciencia. Tampoco me es asequible, la verdad, por mucho que me atriga; llego, todo lo más, a tratar de leerle con buena intención, como a su colega Penrose o a los Gamov, Jay Gould y demás autores que se esfuerzan por explicar el mundo de forma que se pueda entender.

Quizás esta componente divulgativa suponga un plus de popularidad ─de esa que tanto merecen─ para determinados científicos, mientras que otros, muchos, suelen ver pasar sus vidas sin más reconocimiento que el que les otorga su propio y cerrado mundo. Porque premios nobel no hay muchos, y no siempre los dan con la debida puntería (salvo que Suecia sea un agujero negro estadístico donde haya una enorme concentración de mentes brillantes y el resto del mundo no se haya dado cuenta).

Pero no quiero perderme (como suelo hacer). Hoy estoy triste por la pérdida de Hawking, me lamento por todo lo que no podrá llegar a cuestionarse, explicar, descubrir o hacer. Me indigno al comprobar como hay quien rebuzna aprovechando que hoy el Pisuerga pasa por un cementerio. Y doy gracias ─a quien corresponda─ por el privilegio de haber vivido en los mismos tiempos que personas como Hawking, de las que hacen de la nuestra una especie inteligente.

Y conste que no es tarea fácil.


Esta entrada es resultado de una petición de Maximo Disaster en mi blog, en los siguientes términos: “prefiero, de ser posible, que hables de una mente grandiosa encadenada a un cuerpo machacado… “.

Por mi parte es un placer escribir a instancias de alguien que escribe con tanto gusto y oficio, y por quien es imposible no sentir respeto y aprecio.

Espero que te agrade el resultado, y que te plantees convertirte a tu vez en escritora a petición, pues estoy seguro de que tus textos serían muy bien acogidos y agradecidos. ¡Un abrazo!

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2 Comments

  1. Reconozco que soy muy poco científica, pero admiro a esas personas con mentes tan privilegiadas que son capaces de cambiar el mundo. Y a Stephen Hawking le admiro sobremanera porque a su mente privilegiada se sumó su amor a la vida, es más creo que su discapacidad física multiplicó su capacidad mental.
    Me gusta mucho lo que has escrito sobre él. Me ha hecho reflexionar sobre lo poco que sé de ciencia y lo que me pierdo por mi ignorancia.
    Un abrazo.

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  2. He leído por ahí que un niño superinteligente (no recuerdo la edad…. Creo que 9 o 10 años) estaba refutando con teorías nuevas algunas de las teorías de  Stephen Hawking. No sé hasta qué punto será cierto pero ahí lo dejo…. La ciencia avanza a pasos agigantados y, ahora que estamos empezando con la inteligencia artificial, el límite es el infinito!!!

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